Mejor juntas que difuntas: Solidaridad femenina y violencia contra las mujeres

Estoy indignada. Hace unos días escuché algo que me dejó con la boca abierta: en un programa televisivo de Monterrey dedicado a seguir la vida de los miembros de la farándula, la conductora invitada, a propósito de los golpes que sufrió en Estados Unidos una de sus colegas por parte de su recién adquirido marido (so pretexto de los celos que a éste le causó encontrar mensajes de la pareja anterior en el teléfono de la chica), dijo: “qué bueno que le pusieron unos ‘cates’, por andar fajando”. Lo anterior pretendía ser un comentario inocente y gracioso dicho en el contexto de un programa de espectáculos, aparentemente sin mayor importancia para el conjunto de la sociedad. Sin embargo, me parece que hay varias cosas que debieran cuestionarse seriamente en torno a este hecho tan lamentable. Las primeras preguntas que me surgen tienen que ver con la función social de los medios de comunicación, sobre todo en lo que respecta a su programación de entretenimiento: ¿acaso, por tener como objetivo únicamente divertir y entretener a la audiencia, los contenidos de este tipo de programas pueden estar al margen de la ética?, si pensamos que justamente dichos espacios comunicativos se reservan a la hora en que su público estará conformado mayoritariamente por mujeres amas de casa (muchas de ellas víctimas de abuso), ¿no deberían cuidarse de manera atenta los mensajes que trasmiten, en particular cuando se refieren a temas tan delicados como lo es la violencia doméstica? ¿De qué sirven las, por cierto escasas y con mínima difusión, campañas para concienciar a las mujeres sobre sus derechos? Aún más, ¿para qué las televisoras hacen programas de corte feminista (como Mujer: casos de la vida real o Lo que callamos las mujeres), si por otro lado en su propia programación se siguen alentando los preceptos misóginos que justifican el maltrato al interior de las familias? ¿Es en verdad inocente y gracioso difundir en un programa con altos índices de raiting la idea de que existen situaciones en las que es “normal” e, incluso, “bueno” que las mujeres sean violentadas por sus cónyuges? Yo no lo creo. Desde mi forma de entender las cosas, no existe razón alguna que justifique el abuso de cualquier tipo contra otro ser humano. Decir que una mujer “recibió lo que se merecía” cuando es golpeada por su marido (sin importar lo que ella haya hecho), equivale a creer que las chicas vestidas con minifalda son responsables de haber sido violadas. Me indigna todavía más que el comentario referido haya sido expresado por una mujer. No cabe duda que la misoginia (odio a las féminas) no es exclusiva de los hombres machistas; la educación patriarcal ha hecho uso de las propias mujeres para denostar a su mismo género. Esto es algo que molesta de manera especial a algunas feministas (yo diría hembristas) que no están dispuestas a admitir la responsabilidad que también las mujeres tenemos en la reproducción del machismo: “una vez más se nos culpa”, vociferan ellas cuando se dice que nosotras debemos aprender a ser solidarias con nuestras pares. Por supuesto, coincido con la defensa de la corresponsabilidad de ambos géneros en la educación que se trasmite a hijas e hijos, pero sin dejar de lado a los varones (muchos de ellos a favor de la equidad), creo que en la lucha por una vida libre de violencia para las mujeres nosotras debemos poner el ejemplo. Es francamente inmoral que una mujer se refiera a un suceso de violencia doméstica del modo que lo ha hecho la conductora invitada a aquél programa. Pensé en poner su nombre y hacer de este artículo una suerte de denuncia, pues creo que nada habrá que justifique su irresponsabilidad como comunicadora y, ante todo, como mujer. Sin embargo, creo que no es necesario evidenciar a la persona, cuando lo que importa es que esta situación se repite con frecuencia. Cuando escuché el desafortunado comentario, inmediatamente se me vino a la cabeza un viejo dicho: “mujeres juntas, ni difuntas”. Me sorprendió tener tan presente ese enunciado, al que de manera personal siempre he considerado como muestra palpable de la célebre estrategia “divide y vencerás”, esta vez aplicada a la lucha de los derechos femeninos. No hay nada que justifique la violencia doméstica. Ninguna circunstancia, por terrible que parezca, otorga a un hombre el derecho de golpear a su compañera. Si una mujer es infiel (asumiendo sin conceder, que así hubiera sido en el caso que nos ocupa) o insoportable, o quejumbrosa, o lo que sea, el marido puede optar por divorciarse. A mi juicio, tampoco existen buenas razones para que entre nosotras se alimente la misoginia. Ser solidarias con nuestras pares muchas veces es una cuestión de vida o muerte; si nosotras no contribuimos a modificar los mandatos sociales, mediante los cuales se imponen grandes cantidades de dolor emocional y físico a la existencia femenina ¿quién lo hará? Señoras, tomen conciencia, no se trata de reunirnos contra los hombres (esa postura hace décadas fue superada), pero antes de agredir con palabras, pensamientos o indiferencia a otra mujer, recuerden que siempre será mejor juntas que difuntas.

La vida en un aparador: Redes de interacción social y seguridad en Internet


En la particular creación de la convivencia por Internet, primero fueron los chats, programas que permitieron la conversación en tiempo real entre usuarios de la WEB. Más tarde llegaron los sitios de contacto, donde los internautas se vinculan con otras personas, lo mismo buscando “su media naranja”, que “amigos” o “colegas con intereses similares”. Surgieron después los blogs, páginas personales en las cuales los navegantes de la RED suben textos y reciben las opiniones en torno a ellos de sus lectores. Con el tiempo ganaron espacio virtual los creadores de imágenes (fotógrafos, pintores, caricaturistas, dibujantes, videoaficionados, etcétera) que buscaban exponer su obra a quien quisiera mirarla. Muy pronto se conjuntaron todas estas posibilidades, dando lugar al nacimiento de las llamadas redes de interacción social; las más conocidas Hi5, Facebook y My Space.

Los tres sitios mencionados anteriormente comparten algunas características: son espacios de interacción social que promueven los vínculos interpersonales (utilizando mensajería pública o privada con otros miembros de la red) y las páginas constituyen una suerte de “carta de presentación” del usuario, conformada mediante fotografías, videos, textos y otras aplicaciones (como las mascotas virtuales, los avatares e imágenes de todo tipo). No obstante, la forma en que dichas redes surgieron y el universo de consumidores a quien iba dirigida inicialmente cada una de ellas, en cierto modo les imprimen algunas diferencias: mientras que Hi5 es el lugar “de reunión” para todo tipo de gente, My Space se “especializa” en brindar un foro a grupos musicales y Facebook pretende vincular entre sí a estudiantes y académicos.

Como sucede siempre en el universo de la Web, la realidad es que los usuarios de estos sites han modificado de manera importante los propósitos iniciales de sus creadores. En la actualidad, My Space dejó de ser el espacio al que despectivamente definían como “la red de yo y mis bandas favoritas”, albergando las páginas de toda clase de personas fuera del ámbito musical. Lo mismo sucedió con Facebook, originalmente hecho para la convivencia entre estudiantes de Harvad y que hoy en día cuenta con la participación de personas que nada tienen que ver con el mundo universitario. Quizá sea Hi5 el único de estos sitios que se ha mantenido fiel a sus objetivos, pero esto no era realmente difícil pues, desde su nacimiento, se consideró que esta red debería servir a cualquiera que tuviera los medios necesarios (acceso a internet) para registrarse como integrante de ella.

En las redes de interacción social, como en el resto del espacio cibernético (y de la vida misma), se encuentra de todo: adolescentes que dilapidan sus recursos creativos, utilizándoles para fomentar el acoso escolar, la violencia contra sus pares o contra sí mismos (como en el caso de la anorexia, la bulimia o las prácticas autolesivas); jóvenes que, por el contrario, emplean esta herramienta con el fin de comentar sobre cine y literatura o individuos que palian la soledad debida a circunstancias personales (como la extrema timidez, la falta de tiempo libre o el padecimiento de enfermedades incapacitantes), relacionándose de manera efectiva (y quizá también afectiva) con otros seres humanos dispuestos a escucharles.

Por supuesto, el hecho de que las redes de interacción social en la Web sean espacios públicos, abiertos a cualquiera que cuente con el equipo necesario (computadora y acceso a internet), implica ciertos riesgos. Uno de los peligros que encarna la mala utilización de estos sitios, es que la información personal de los usuarios caiga en manos de gente cuyo propósito está muy lejos de ser inocente (delincuentes sexuales o secuestradores, por ejemplo). No se trata de dejar de aprovechar recursos que pueden ser sumamente beneficiosos; está bien tener una página personal y formar parte de estas redes que, a fin de cuentas, son las nuevas formas de interacción humana. Pero, es un hecho que brindar datos sobre nuestra forma de vida de manera indiscriminada nunca es buena idea, por eso es importante saber usar este tipo de espacios a nuestro favor sin exponernos más de lo debido.

La convivencia virtual, como cualquier relación con personas desconocidas, requiere de ciertas precauciones, algunas de ellas son: nunca poner información detallada (nombre, dirección, teléfono, e-mail, etcétera); utilizar preferentemente un pseudónimo y pedirle a los contactos conocidos que no se refieran a nosotros en los mensajes públicos utilizando nuestro nombre completo u otro tipo de datos personales; evitar subir fotografías que muestren el lugar donde vivimos, trabajamos o estudiamos, así como todo tipo de propiedades (carros, por ejemplo) y no poner los nombres de familiares y amigos que aparecen en las imágenes. Para evitar que otras personas se enteren de nuestras actividades, estos sitios cuentas con algunos candados de protección: existe la posibilidad de hacer privado nuestro perfil, de modo que no tenga acceso al mismo, aquella gente que no hayamos autorizado previamente. Si no se quiere cerrar totalmente el sitio a los desconocidos, se puede optar por la privacidad en las fotografías y es recomendable tener control de los mensajes que se nos dejan públicamente, haciendo que los mismos no aparezcan hasta que nosotros lo decidamos así.

Finalmente, no está de más recordar que es útil usar la mensajería privada (para acordar sitios de reunión o pasar números telefónicos y direcciones, por ejemplo) y que, antes de aceptar ver a alguien “conocido” de esta manera, bien valdría la pena evaluar ciertas cosas (¿tienen amigos en común?, ¿qué tanto sabes de él o de ella?, ¿has verificado si trabaja o estudia donde dice hacerlo?, etcétera); si se decidiera el encuentro, este siempre tiene que ser en un lugar público y abierto, de día, sin alcohol de por medio y asegúrate de que alguien sepa a dónde vas y con qué propósito. Sin duda, las redes de interacción social en la web son espacios interesantes que no deben ser desaprovechados; desde el punto de vista creativo, estos sites proveen de recursos a quienes no tienen otra forma de promover su arte o sus ideas. En muchos casos se encuentra gente valiosa con la que no podríamos haber charlado e, incluso, la escucha de algún “amigo virtual” en momentos de desasosiego puede ayudarnos enormemente. No obstante todo lo anterior, para evitar problemas y enseñar a los más jóvenes el cuidado de sí mismos en la WEB, es fundamental conocer y emplear las reglas básicas de seguridad en Internet; para ello resulta útil consultar los vínculos que al respecto se añaden a este texto. Pero, sobre todo, es primordial tener claro que nuestra vida privada no puede, por ningún motivo ni circunstancia, exponerse como en un aparador.

Las bendiciones de Noé: mascotas y calidad de vida

Cuenta la Biblia que, cuando se avecinaba el Diluvio Universal, Noé se dio a la tarea de construir un arca que sirviera para guarecer a todas las especies animales que existían sobre la tierra. Según relata el Génesis, este hombre “justo y cabal entre la gente de su tiempo”, salvó a su familia y cumplió la promesa de proveer a los animales de refugio y alimentación durante los cuarenta días que duró la catástrofe. Si hacemos caso a la leyenda del libro sagrado, permitir que sobreviviera la fauna con la que convivimos en este planeta, fue una tarea encomendada a Noé por el mismísimo Yhavéh. ¿Se ha preguntado alguna vez por qué Dios (en la forma que usted lo entienda) estaba interesado en la existencia de los animales? Yo sí, y cada vez me convenzo más de que ellos cohabitan con nosotros el mundo, entre otras cosas para auxiliarnos en el difícil arte de sobrevivir. Sin duda, desde épocas muy remotas la convivencia con los animales ha permitido a la humanidad vivir de manera más llevadera: al principio mediante la caza, y más adelante con la domesticación, la existencia de la fauna proveyó de abrigo, alimento y seguridad a los primeros habitantes de la tierra. Con el tiempo, los animales fueron integrados en los procedimientos curativos, encontrando en ellos antídotos para sus propios venenos, pero también sustancias que ayudan a combatir los molestos síntomas de algunas enfermedades (como el dolor causado por la artritis reumatoide que aminora sustancialmente cuando se utiliza la picadura controlada de abejas). En la actualidad, la zooterapia ha mostrado su utilidad en la obtención de una mayor calidad de vida para algunos seres humanos. La intervención terapéutica con animales más conocida es la delfinoterapia; mediante el contacto con estos cetáceos mejora notablemente la capacidad de atención de los niños autistas y es auxiliar en los casos de Síndrome de Down, depresión, ansiedad, bulimia, anorexia, problemas motores y secuelas de accidentes cardiovasculares. De igual manera, las sesiones con caballos (equinoterapia) son utilizadas como complemento para tratar deficiencias sensoriales, parálisis cerebral, mal de Parkinson y enfermedades psiquíatricas como la neurosis, la psicosis y la esquizofrenia. Así mismo, hay animales que, por estar entrenados para cumplir funciones específicas, son más que esenciales en la vida de la gente; tal es el caso de los perros que guían a los ciegos o que encuentran a personas perdidas. Recuerdo en particular, la manera en que un monito capuchino resolvía de forma sumamente efectiva un sinnúmero de situaciones para su dueño quien, casi paralizado por completo, no podría sobrevivir de manera independiente sin el auxilio de su mascota. Pero no hace falta encontrarse enfermo o en situaciones complicadas para beneficiarnos de lo mucho que nos brinda la compañía de un animal. En efecto, el sólo hecho de incluir, siempre de manera responsable y amorosa, a una mascota dentro de nuestro hogar, beneficiara a los integrantes de la familia. Aunque usted no lo crea, la adopción de un perro o de un gato pueden marcar una sustancial diferencia en la educación de los más pequeños: cuidar a un ser vivo es la mejor forma de incentivar el control de las emociones en los niños y de hacerlos sensibles con las necesidades de los demás. Tener un animal incentiva el movimiento de los infantes cuando aprenden a andar, les causa una sensación de seguridad, afianza su autoestima, les enseña a relacionarse emocionalmente de manera sana, positiva, responsable, disciplinada y, en estos tiempos algo fundamental, pacíficamente (no es por nada que se ha relacionado el maltrato a los animales como una práctica frecuente en la infancia de psicópatas y asesinos seriales). Para la gente mayor, la compañía de un animal ayuda a mantener su apego por la vida, siendo una importante fuente de alegría ante las usuales depresiones que aquejan a la vejez. Pero además, múltiples estudios han demostrado que las mascotas mejoran la salud física y psíquica de sus dueños; en algunos casos también son de real utilidad en el ámbito de las relaciones sociales y emocionales. ¿Sabía usted, por ejemplo, que la interacción con los felinos domésticos puede disminuir la presión arterial elevada y los episodios de taquicardia? No sólo eso, acariciar a un gato relaja y genera endorfinas dentro de nuestro organismo que nos ayudan a superar la ansiedad, el estrés, los episodios de angustia y el insomnio. Tener una mascota en casa conlleva ciertamente responsabilidades, razón por la cual algunas personas deciden abstenerse de su compañía. Sin embargo, es tan palpable la mejoría en la calidad de nuestras vidas cuando las compartimos con algún animalito, que se lo digo sinceramente: las obligaciones que adquirimos con su presencia valen enormemente la pena. Un dato curioso es que el nombre de Noé, originalmente Noah, proviene del verbo Naham que quiere decir consolar. Jugando un poco con la idea, esto podría explicar el hecho de que muchos animales (por él salvados) tienen entre sus funciones más conocidas la de brindar consuelo a los humanos que se hacen cargo de ellos. Quienes amamos a los animales y les hemos dado un lugar en nuestra vida, sabemos muy bien lo que significa llegar a casa un mal día y encontrarnos con alguien que nos ama sin juzgar nada de lo que hemos hecho. Créame, adoptar una mascota puede ser la mejor idea que se le haya ocurrido en años; ni siquiera hay necesidad de gastar dinero: desafortunadamente hay muchos animales abandonados que esperan ser acogidos por alguien que los quiera. Existen asociaciones que acogen animales desamparados y que promueven su adopción responsable, visite las páginas de estos sitios y pronto se dará cuenta de que las bendiciones pueden llegar de muchas formas, ¿qué tal adquirir una que hoy está en el mundo desprotegida y que mueva el rabo cuando nos vea?

Rata de dos patas: RS334, el gen de la infidelidad

Se llama RS334, gen que gestiona la vasopresina, una hormona implicada en el deseo sexual y la generación de afectos cuya mayor presencia se encuentra en los varones: es, según algunos, el causante de la infidelidad masculina. Un grupo de científicos suecos descubrieron hace poco que poseer ciertas variantes del famoso gen influye en la capacidad de los hombres para ser o no monógamos: entre los voluntarios del estudio que duró cinco años, los sujetos que carecían de la variación genética referida eran mucho más devotos con sus parejas y no temían a la formalización del compromiso, mientras que aquellos con uno o dos pares del gen eran mucho más promiscuos y desapegados emocionalmente. La noticia del descubrimiento de la infidelidad genética no tardó en hacerse eco en el mundo, al fin y al cabo encontrar razones de peso por las cuales nos han “puesto el cuerno” no es algo que pueda pasarse por alto sin mayor atención. Para los infieles, en el hallazgo se encuentra la mejor excusa para sus aventuras extramaritales y las mujeres se sentirán más tranquilas creyendo que ellas nada tienen que ver en la crisis matrimonial. Además, ya con la imaginación puesta en marcha, existe la posibilidad de que en un futuro cercano la ciencia nos ayude a determinar, antes de casarnos por supuesto, si el ejemplar elegido será leal a la relación que entabla con nosotras. La mala noticia es que, como toda conducta humana, la infidelidad no puede explicarse tomando en cuenta un sólo factor, mucho menos cuando se trata de algo meramente biológico y es que en el terreno de la naturaleza humana lo que impera son las predisposiciones, lejanas a ser elementos determinantes. Con el gen de la vida conyugal, como también se le conoce, pasa lo mismo que con el historial de enfermedades familiares; es decir: uno puede tener tendencia a la diabetes y no desarrollarla nunca, porque parte de lo que hará que se padezca este mal tiene que ver con el entorno sociocultural donde se desarrollan los hábitos (alimentación, actividad física, etcétera). Ante el escándalo que ha provocado la investigación mencionada, Hasse Wallum, uno de los responsables de la misma, ha matizado la información dejando claro que el descubrimiento de la relación entre el gen RS334 y la capacidad para vincularse socialmente, de ninguna manera implica que los portadores de la variante genética estudiada estén condenados a fracasar cuando entablan un vínculo de tipo monogámico. Hay que decir también que este trabajo no buscaba excusar la promiscuidad masculina; se hizo con la intención de conocer mejor algunos trastornos de la afectividad como la fobia social o el autismo (en este último caso se encontró que los individuos autistas tienen múltiples copias del gen que nos ocupa). Hay varias cuestiones preocupantes en torno a la manera en que la información obtenida por los investigadores suecos está siendo socializada. Sacando de contexto los datos proporcionados por el estudio, ya hay quien busca justificar el engaño, sin cuestionar el hecho de que el compromiso al que se falla fue libremente adquirido (en pocas palabras, si no puede ser fiel el señor, pues que no prometa serlo). Pero, además, resulta que son los varones quienes presentan un trastorno en la producción hormonal de vasopresina cuando poseen el gen de la infidelidad, de modo que en el caso de los hombres esto será una atenuante para su comportamiento, mientras que las mujeres seguimos teniendo únicamente intenciones malévolas y malintencionadas. La verdad es que, aún en el caso de que las características genéticas dificulten en cierto grado la permanencia de los vínculos sociales que entablan ciertos hombres, esto no explica por qué mienten al respecto, ni les ayuda para justificar la falta de honestidad consigo mismos y con quienes les rodean. Si leemos las cosas de un modo parcial y tendencioso como se ha hecho hasta ahora en varios artículos sobre el tema, cabe entonces hacer uso de la información como más nos convenga a las mujeres; en este caso, poco se menciona que el célebre gen del engaño es compartido por otras especies animales como los roedores, en específico las ratas. Así, los hombres cuya falta de vasopresina les impide comprometerse con una pareja estable, podrían ser definidos por sus mujeres como ratas de dos patas, ya lo decía Paquita la del Barrio ¿no?

Empatía: el ingrediente secreto para ser feliz

La empatía, también llamada inteligencia interpersonal, es la capacidad que tiene un ser humano para vivenciar y compartir los sentimientos de otro individuo, de manera que es posible comprender mejor sus actitudes y decisiones frente a cualquier situación. En pocas palabras, ser empático significa “ponerse en los zapatos del otro”, lo que nos permite evaluar sus acciones desde el contexto emocional que le es propio. A menudo confundida con la simpatía, la empatía abarca mucho más que la simple identificación con las personas que nos son afines; es, como se ha dicho, una capacidad y no sólo la emergencia de sentimientos positivos frente a la interacción con alguien que “nos cae bien”. Si bien es cierto que la cercanía afectiva promueve en nosotros actitudes empáticas con la gente a la que apreciamos, esta forma de inteligencia permite que nos relacionemos de mejor manera también con aquellos que no son parte de nuestro círculo social e, incluso, con quienes suelen parecernos desagradables. La gente empática suele ser generosa en su interés por los demás, de hecho es una de las características que distinguen a quienes practican el altruismo o se dedican al servicio en beneficio de otras personas. En el ejercicio adecuado de ciertas profesiones, como en el caso de la medicina, de la psicología o del trabajo social, es indispensable ser empático, pero casi en cualquier otro aspecto de nuestras vidas, esta capacidad facilita la interacción con quienes nos rodean y, más importante aún, la comprensión profunda de las motivaciones de los otros puede ayudarnos a eliminar de nuestra existencia emociones sumamente negativas como la ira o el rencor. La habilidad de experimentar la realidad subjetiva de nuestros seres amados sin perder la perspectiva de nuestro propio marco de identidad, permite la resolución efectiva de muchos conflictos y es que la empatía tiene que ver con la comunicación que, ya sabemos, es fundamental en las relaciones de pareja y en el vínculo que establecen padres e hijos. De igual manera, la capacidad de ubicarnos en la posición del otro, por ejemplo de un adolescente cuyo comportamiento no es, a nuestro juicio, adecuado, posibilita la guía responsable, respetuosa y afectiva por parte de sus progenitores. Así mismo, lo mejor que puede pasarnos cuando nos agobian los problemas es hablar con algún amigo empático, de esos que saben escuchar con atención lo que nos pasa, sin emitir juicios precipitados, entendiendo verdaderamente la situación y sin devolvernos a casa con un rápido e incomprensible “no te preocupes”. Con el resto del mundo, es decir con aquellos a los que no incluimos nosotros en nuestra vida, pero que en cierto modo se encuentran lo suficientemente cerca como para que sea imposible ignorarlos, a veces inclusive a nuestro pesar (vecinos, compañeros de trabajo, etcétera), la empatía es una herramienta útil para sobrellevar aquello que nos molesta. En este sentido, la clave de ser empático radica en no tomar de manera personal las acciones o comentarios de los demás, entender que la gente no nos hace cosas, sino que simplemente las hace, es decir, las actitudes de los otros no tienen que ver con nosotros y sólo en muy pocos casos están dirigidas intencionalmente contra nuestro bienestar. En este último caso, marcar límites será necesario, pero ello no forzosamente implica actuar con violencia o dejar de entender el contexto de quien hace mal. Esto último puede parecer un exceso de bondad ¿cómo y para qué querría alguien comprender las razones y motivos de un individuo que le ha hecho daño? La respuesta es simple: para perdonar. En la medida en que seamos capaces de entender una situación dolorosa y lo que ha llevado a alguien a lastimarnos, podremos superar la pena que nos provoca. Perdonar no quiere decir justificar; el hecho de que logremos erradicar el rencor, no significa que evaluemos con ligereza una acción grave, ni que mantendremos relaciones con personas indeseables o que dejemos de promover las acciones correspondientes (en los casos legales, por ejemplo). El perdón es algo que nos regalamos a nosotros mismos (y no a quien se portó injustamente) para seguir viviendo felices, sin el asalto constante de recuerdos que nos martiricen y que mermen la alegría de nuestra existencia. Como toda capacidad, la empatía no es algo innato y, aunque en algunos individuos ella se presenta con mayor facilidad que en otros, todos podemos adquirir hábitos que nos conduzcan a ser empáticos en la comunicación: 1- cuando converse con alguien, dispóngase física y psicológicamente a prestar atención a los mensajes hablados y corporales de su interlocutor; 2-intente mantener la cordialidad durante las pláticas, sin evadir temas importantes o complicados; 3- exprese verbal y corporalmente a quien habla que ha comprendido su mensaje; 4- evite juzgar o descalificar lo que se le trasmite; 5- no dé su opinión si ésta no ha sido solicitada y cuando haya que darla sea sincero, aún si la misma no es del todo favorable y 6- nunca interrumpa a quien le está expresando y trate siempre de mostrar su disposición a escuchar aunque no coincida en las ideas que se trasmiten. La empatía es parte del aprendizaje emocional que debe inculcarse a los hijos desde sus primeros años; que los infantes logren identificar sus emociones y las de los demás es fundamental para formar generaciones de jóvenes generosos y valientes que no rehúyan al conflicto, logrando sortear cualquier situación incómoda fuera del marco de la violencia. De este modo, lo mismo para perdonar a las personas que nos provocaron algún daño, que para resolver de manera certera e inteligente los roces en la interacción con los demás o para consolar a quienes nos rodean escuchando atentamente sin invalidar sus ideas ni sus sentimientos, la empatía es el ingrediente secreto para tener una existencia feliz.

Amores que duelen: violencia en las relaciones de noviazgo

El 22 de julio pasado, el Instituto Mexicano de la Juventud presentó los resultados de la primera encuesta nacional sobre violencia en las relaciones de noviazgo. El estudio referido dio lugar a la publicación del documento titulado “¿Te dan tanto amor que hasta duele?” donde, por primera vez en América Latina, se brindan datos concretos en torno a este fenómeno. Según el resumen ejecutivo que la dependencia oficial dio a conocer, para realizar la investigación fueron aplicadas (en la totalidad del territorio mexicano) entrevistas dirigidas a individuos de entre quince y veinticuatro años de edad y de ambos sexos. En lo que se refiere a la violencia física (el tipo de agresión mejor identificado por lo evidente que el mismo resulta), 15% de los y las jóvenes encuestados refirieron haber sufrido un incidente de esta índole en el transcurso de la relación de noviazgo que sostenían cuando se realizó el estudio. Así, aunque parezca increíble, en ocasiones los golpes entre los miembros de una pareja se dan durante el “idilio” que viven antes de haberse siquiera casado. No es que el maltratado deba ser tolerado en el matrimonio, pero mucho menos debería ser de este modo cuando los involucrados tienen toda la vida por delante y pocos compromisos que les dificulten la ruptura de una relación. Por su parte, los episodios de violencia psicológica (que incluye el abuso emocional) ocuparon un lugar preponderante en las parejas: un 76% por ciento de los hombres y mujeres a quienes se preguntó al respecto señalaron haberla vivido. El porcentaje en este rubro se dispara dramáticamente y es que este tipo de actitudes violentas (como el control sobre la vida de la pareja y los celos desproporcionados) se han normalizado socialmente, lo que hace complicado que se les considere como expresiones de maltrato que no pueden ser pasadas por alto. La violencia sexual es un rubro al que la investigación del Instituto Mexicano de la Juventud abordó poniendo énfasis en la perspectiva de género; esto porque en una primera fase encontraron que dos terceras partes de quienes dijeron haber padecido acoso y abuso sexual en alguna época de su vida fueron mujeres. De las chicas entrevistadas y que contestaron afirmativamente a las preguntas sobre este tema, el 16.5% han sido agredidas las parejas que tenían al momento de la aplicación de la encuesta. Los conflictos al interior de la pareja son, según los varones, el “tener muchos amigos” (36%), “quedar en algo y no cumplir” (35%), “pasar más tiempo con su familia que con él” (11.8%) y “no dejarse acariciar” (11.2%); por su parte, ellas dicen sentirse disgustadas porque “quedan en algo y no lo cumplen” (47.2%), “por celos” (38.1%) y “porque fuman o toman” (28.7%). De acuerdo con el estudio, los estereotipos de género que definen los roles culturales asignados socialmente a hombres y mujeres son la base de las relaciones violentas; sobre ello se ofrecen los siguientes datos: 33.4 % de los jóvenes encuestados se mostraron convencidos de que “el hombre es infiel por naturaleza” (más alarmante resulta que del total de mujeres entrevistadas un 36.8 % lo piensa de igual manera). Para un 75.8 % de quienes contestaron a las preguntas formuladas, las mujeres están “naturalmente capacitadas para cuidar a un hijo enfermo”; mientras que el 59% considera que un buen hombre “es aquél que provee económicamente a su familia”. Entre las conclusiones a las que arribaron los encargados de este estudio, destaca que en las relaciones de noviazgo establecidas por los y las jóvenes mexicanos existen diversas formas de agresión, algunas tan sutiles que pasan desapercibidas por los propios involucrados. Muchas de las actitudes violentas que son vividas durante lo que, se supone, debiera ser el periodo más armónico y dulce de la relación amorosa entre dos personas, son de tipo psicológico y emocional. Esto hace que los amores que duelen sean vistos como relaciones “apasionadas” y no como lo que realmente son: el principio de una espiral de agresiones que seguramente derivará, más temprano que tarde, en vínculos sumamente destructivos. Dicen que “un noviazgo sin besos es como una noche sin estrellas”; disculpará usted la ironía, pero para estos jóvenes parece que el cielo del amor se está nublando.

Orlan: la crítica radical en Internet

En esta época son muchas las mujeres que consideran la posibilidad de modificar su cuerpo mediante el bisturí, asegurándose de ese modo una apariencia “más agradable” para sí mismas y para quienes las rodean. Pero, ¿estarían dispuestas a transformarse de manera extrema, a cambiar su imagen totalmente y dejar de verse como eran? Más aún, ¿dejarían que las cirugías a las que fueran sometidas pudieran ser observadas por múltiples internautas en el momento mismo en que son realizadas? Pues, aunque no lo crean, hay quien lo hace. Este es el caso de Orlan, artista del perfomance y de la multimedia nacida en Francia en 1947, quien ha encontrado en Internet el sitio idóneo para protestar contra los patrones de consumo y el ideal estético que los mismos imponen a las mujeres. La propuesta de Orlan consiste en “darse vida” utilizando su cuerpo como espacio vital y entrañable para modelarse, reensamblarse, reconstruirse; para diseñarse en libre albedrío, rebelándose frente a aquellos que consideran a las féminas como objetos ornamentales. Gracias a las múltiples cirugías a las que se ha sometido, Orlan tiene hoy la frente de la Gioconda, los ojos de la Psique de Gérard, la boca de la Europa de Boucher, la barbilla de la Venus de Botticelli y la nariz de una Diana de la escuela de Fontainebleau. La artista modifica su cuerpo a voluntad, tratando de despojarlo de los límites que ella misma atribuye a nuestra dimensión carnal. “Nuestros cuerpos han sido alienados por la religión, por el trabajo, por el deporte e incluso por la sexualidad, y han sido formateados en función de unos modelos prefijados. Yo obtengo seres híbridos, cuerpos mutantes, posibles apariencias de civilizaciones que no poseen las mismas ideas preconcebidas que nosotros. En mi opinión, el cuerpo se ha quedado obsoleto, no ha podido adaptarse al ritmo de los acontecimientos”, asegura enfática cuando la entrevistan. Como si con ello no bastara, Orlan graba en video desde hace varias décadas las operaciones a las que se somete, haciendo de estas intervenciones quirúrgicas instalaciones musicalizadas y donde la poesía también tiene lugar. En los últimos tiempos, ella se expone a los ojos de quien quiera verla en el quirófano en “tiempo real”, utilizando para ello cámaras web cuyas imágenes son enviadas a sitios específicos de la Internet. Así, mientras los médicos intervienen su cuerpo, ella se mantiene consciente (con el mínimo de anestesia posible) para leer en voz alta algo de poesía y estar al tanto de todos los detalles artísticos (música y efectos visuales) que incluye su excéntrico montaje. Cuando esta mujer (“de profesión mutante”, según sus propias palabras), es cuestionada sobre la legitimidad “moral” de sus actos (¿es válido exponer como algo estético la violencia que infringe a su cuerpo?, ¿acaso sus obras no nos colocan en un terreno parecido al de la polémica a la cual da lugar la delgada línea que separa al erotismo de la pornografía?), ella contesta enojada: “De ninguna manera, en mis performances hay mucha poesía, lo dicen los mejores críticos, la música está muy cuidadosamente elegida, el vestuario, las lecturas durante la operación, todo es muy elaborado”. Sin duda Orlan tiene razón cuando asegura que su trasgresión es brutal, revolucionaria, totalmente radical y, por tanto, no es fácil que lo entiendan todos. “Yo -apunta la artista- confío en el dictamen del próximo siglo; de todos modos nunca produciría un arte que sea aceptado sin cuestionamientos, porque sólo creo en un arte radical y absoluto”. Así es, esta artista pone en entredicho mucho más que el estatuto original del cuerpo o la validez que socialmente brindamos al hecho de exponerlo herido y mutilado. Con su propuesta, Orlan vive (habría que preguntarse si intencionalmente o no) de una manera radical la “moral abierta” que Bergson (filósofo francés) celebra: “la de los profetas, de los innovadores, de los místicos y de los santos”; la moral del movimiento que, fundada en la emoción, “es un impulso de renovación coincidente con el mismo arranque creador de la vida”. De este modo, individuos como ella, hacen de la WEB el habitat natural de aquellos que se proponen dejar de ser creación (y sujetos de los patrones de consumo que acosan a las sociedades modernas) para convertirse en creadores. En este sentido, el Internet posibilita al ser humano inventar y construir en rubros que antes nos estaban vedados, pues pertenecían al ámbito exclusivo de lo divino: el hombre, la realidad y el universo. No cabe duda de que la era de las nuevas tecnologías nos ha cambiado.

Amor múltiple sin mentiras: los poliamorosos

“He tenido un romance de verano interesante. A la vez, Laurel, la novia de mi marido está progresando muy bien con su embarazo”. Así reseña parte de su cotidianidad Juliette, una chica estadounidense que, junto con su esposo y la novia de él, practica desde hace años el amor múltiple, también conocido como poliamoría. Este amor sin exclusividad nació en la California hippie de la década de 1960 y cuenta con adeptos en todo el mundo. No obstante, el poliamor es un fenómeno poco conocido y al que frecuentemente se confunde con las llamadas “relaciones abiertas”, calificándolo a la ligera de promiscuo y poco comprometido. Si bien, para la mayoría de nosotros es imposible concebir una relación de tipo amoroso sin que la misma incluya exclusividad sexual y emocional, las estadísticas muestran que en buena parte de las parejas actuales la fidelidad brilla por su ausencia. Así, los poliamorosos se pronuncian contra nuestras sociedades, promotoras de los juramentos incumplidos que basan la perdurabilidad del amor en el éxito de las estrategias para el engaño; “ojos que no ven, corazón que no siente” es el lema que nos rige ante la posibilidad de ser traicionados y que, de paso, justifica las andanzas clandestinas de los poligámicos. Aunque los poliamantes sin duda no son monogámicos, su forma de vida va más allá de las “relaciones abiertas”, pues no se conforman con aceptar de común acuerdo las prácticas sexuales que los miembros de la pareja puedan mantener con otros individuos. Para ellos es posible amar (en toda la extensión de la palabra) y establecer vínculos estrechos con varias personas a la vez, sin necesidad de mentirle a ninguna. Según aseguran los practicantes de esta forma alternativa del amor conyugal, la honestidad es el principio que sustenta su manera de vivir. Sin embargo, también es importante la autoestima pues, obviamente, los amantes múltiples no pueden darse el lujo de ser celosos. Hablar de amor en este caso es lo que marca la diferencia, pues aquí no se trata de pasar por alto “las aventuras” de nuestra pareja, sino de aceptar con toda conciencia que él o ella tienen un nexo emocional con otras personas. Estoy cierta que esto no debe ser fácil para nadie, ya que ni siquiera podríamos apear nuestras inseguridades en pensamientos del tipo “a quien ama es a mí”. En efecto, los poliamorosos dicen comprometerse de manera íntegra en cada relación que entablan; no buscan tener encuentros casuales, sino vínculos estables y duraderos con personas que pueden, incluso, llegar a habitar juntos al más puro estilo de las famosas comunas hippies. Quizá nos parezca raro, pero el poliamor es una forma de amar que nada tiene que ver con la promiscuidad (definida siempre por la falta de afecto), ni con necesidades carnales insatisfechas; es, simplemente, amor múltiple sin engaños de por medio. Como todas las alternativas que implica la diversidad, la poliamoría causa preocupación entre los defensores de la familia nuclear (como hasta ahora la hemos entendido); no están equivocados sus detractores cuando cuestionan la funcionalidad de este tipo de vínculos, pero antes de condenar a sus practicantes bien valdría la pena comprender su idea del amor. Para ello, basta con navegar por las múltiples páginas de Internet que albergan información sobre el tema. Muchas veces he escuchado decir que lo que duele de la infidelidad es el engaño. Si esto verdaderamente es así, me parece que los poliamorosos han resuelto el problema de los infieles. No es que intente hacer una apología de un modo de vida del que personalmente ni siquiera estoy segura que podría sobrellevar sin sentirme desdichada. El poliamor no es para todos, pero hay quien lo considera una opción viable y, mientras no se dañe a nadie, me parece que siempre será mejor que la mentira y la doble moral. Sólo por eso, los practicantes de la poliamoría resultan más dignos de respeto que quienes no cultivan la honestidad, haciendo exactamente lo mismo pero ocultándolo. En todo caso, yo preferiría tener la oportunidad de decidir si quiero o no estar con alguien que no me será fiel, antes que descubrir que mi relación de pareja no es como la creía ¿usted qué piensa?

El sexismo lingüístico: la discriminación hablada

Cada vez son más frecuentes los textos plagados de artículos en masculino y femenino antecediendo una palabra (como los y las jóvenes) o donde se utiliza el mismo vocablo repetido pero con género distinto (los niños y las niñas, por ejemplo). Si bien, en términos literarios esta reciente costumbre resta calidad a lo que escribimos, hay quienes la defienden y argumentan razones de peso para adquirirla como un hábito. El lenguaje refleja el sistema de pensamiento colectivo, es decir a la sociedad que, a su vez, se moldea por los estereotipos afianzados mediante el habla cotidiana. Se tiene un lenguaje sexista cuando el hablante trasmite mensajes que resultan discriminatorios de algún género, ya sea por las palabras que utiliza, por la manera en que estructura las frases o porque el contenido de las ideas expresadas implica prejuicios al respecto. Quienes son activistas contra la discriminación de género hacen hincapié en que la lengua contribuye a elaborar imágenes negativas de las féminas y a perpetuar su situación subordinada en las sociedades patriarcales. Hablamos como pensamos y pensamos como hablamos, un sistema circular que se retroalimenta continuamente en el ejercicio de la socialización y que ha normalizado, con el uso del masculino para nombrar a los colectivos (los hombres en lugar de la humanidad, por ejemplo), la invisibilidad de las mujeres. En efecto, el lenguaje sexista excluye a las mujeres, dificulta su identificación o las asocia a valoraciones peyorativas. El hecho de no nombrar las diferencias supone irrespetar uno de los derechos fundamentales que tenemos: la existencia y representación de nuestra presencia en el lenguaje, siendo éste la base misma de las sociedades a las que nos adscribimos. Así, la lengua no es neutra, indica la naturaleza de las relaciones sociales que entablamos y, cuando es sexista, mantiene en una posición subordinada y desventajosa para las mujeres. Pero ¿qué se entiende por sexismo? Puede calificarse así a todo lo que exalta los logros de un solo género (generalmente esto sucede con el masculino), haciendo invisibles o subordinando a los del otro (casi siempre el femenino). En lo que toca al lenguaje, los errores más frecuentes de este tipo son: 1-la utilización del masculino en plural o del masculino en singular para englobar al conjunto de mujeres y hombres, 2- el uso del artículo masculino en plural seguido de un nombre común para ambos sexos, 3- orden de aparición anteponiendo el masculino a lo femenino, 4-problemas de concordancia y 5- la subordinación del femenino al masculino. Sin duda resulta muy complicado intentar hacer un texto siguiendo todas estas reglas, pero existen algunas guías que ofrecen lo que se ha dado en llamar “opciones libres de sexismo” y que no implican la fastidiosa cacofonía de la repetición de palabras. Por ejemplo, la frase “los mexicanos protestan contra el alza de los precios” puede sustituirse por “la ciudadanía protesta contra el alza de precios”. Algunos otras alternativas son: “profesorado o personal docente” en lugar de “profesores”, “alumnado” a cambio de “alumnos”, “las demás personas” mejor que “los demás”, “humanidad” y no “los hombres”. La palabra crea realidades y determina la manera en que conceptualizamos el mundo y a la humanidad. Este esfuerzo aparentemente vano y sin sentido por transformar el lenguaje, trae consigo la posibilidad de renovar estructuralmente el pensamiento colectivo. Las modificaciones que socioculturalmente pueden lograrse de este modo son verdaderamente necesarias y podrían marcar la diferencia, ya no a nivel de lo que se dice o se escribe, sino de las relaciones humanas. Así, el lenguaje no sexista pretende contribuir a la conformación de sociedades más equitativas, donde la violencia hacia las mujeres deje de tener lugar. Claro está, no basta con que los políticos se refieran a hombres y mujeres alargando sus discursos so pretexto de un enfoque de género: la manera en que hablamos es sólo el principio y lo que más debe importar son las acciones contra la discriminación.

Arsología: una Teoría del Arte hecha en México

Pocas veces en la historia se producen tratados en los que se busca conformar teorías que revolucionen la manera en que se ha entendido el mundo y sus quehaceres. Con la especialización en los procesos educativos, estos intentos por explicar la esencia misma de lo que hacemos disminuyen y son en verdad escasas las personas que valientemente se animan a reflexionar de manera profunda para poner por escrito el resultado de su saber. Por otra parte, si hay algo que falta en las ciencias sociales, en las humanidades y en el arte son definiciones claras sobre nuestra labor, mismas que posibilitarían la comprensión cabal de lo que producimos sociólogos, antropólogos, filósofos y artistas, entre muchos otros. A diferencia de lo que sucede con las llamadas “ciencias duras”, en el ámbito artístico existen una serie de cuestionamientos que, hasta ahora, han sido considerados como irresolubles por sus propios practicantes: ¿qué es el arte?, ¿para qué sirve?, ¿cómo funciona? Jaime Jiménez Cuanalo, egresado de la Escuela Nacional de Artes Plásticas de la Universidad Nacional Autónoma de México y actualmente director de la Escuela Superior de Artes Visuales en Tijuana, se dio a la tarea de responder las preguntas anteriores en su libro Arsología. Una ciencia del Arte. Parte de la controversia que este libro empieza a suscitar tiene que ver con un postulado inquietante: según el autor, los seres humanos no somos producto de la evolución biológica, sino de una artificial que, mediante el descubrimiento del arte, nos permitió trascender el estadio de animales con inteligencia muy evolucionada, para transformarnos en los únicos seres capaces de crear. De acuerdo con esta teoría, nuestros antepasados homínidos descubrieron la representación, ganando con ello el poder de la mediatez (distancia emocional, espacial o temporal) que les posibilitó la “invención” de cosas independientes (previo al ser humano sólo había un universo continuo). A partir del proceso antes descrito se desarrollaron el resto de las creaciones humanas (el lenguaje, la razón, la tecnología, la religión, etcétera). De ser aceptadas sus principales tesis, esta teoría resolvería de manera contundente y quizá definitiva muchas de las preguntas fundamentales que conciernen a otras disciplinas como la Antropología (¿qué es el ser humano y cómo surge?), la Ontología (¿cuál es la esencia del ser?) y la Lingüística (¿cuál es el mecanismo de creación del lenguaje?), entre muchas otras. Así, la Arsología representa para el conocimiento un cambio radical de paradigma, cuyas implicaciones rebasan por mucho el campo del Arte, pues aventura respuestas a cuestiones de tipo existencial: ¿qué somos?, ¿de dónde venimos?, ¿cuál es el sentido de la vida? Dicho sea de paso, la propuesta del autor en este último sentido resta validez a la mezcla de materialismo, posmodernismo y superstición que constituye buena parte del pensamiento contemporáneo, restituyendo así la esperanza de vivir en un mundo mejor, más humano y lleno de significado. Más allá de ser una lectura obligada para quienes se dedican a todas las disciplinas artísticas (danza, poesía, pintura, música, cine, etcétera), el libro de Jaime Jiménez Cuanalo es de gran importancia porque, por primera vez en la historia registrada, propone un método científico específico para el estudio del Arte. Así mismo, este tratado consigna la segunda ocasión en que se conforma un marco metodológico en lo que al mundo artístico se refiere (el primero fue la Estética, método filosófico creado alrededor de 1790). Además, desde la época de la Grecia Clásica, esta sería la tercera vez que se presenta una Teoría General del Arte en Occidente. Todo esto, producto del rigor académico, la disciplina y el talento de un investigador que ha nacido y fue formado en nuestro país. Muchos motivos para sentirnos orgullosos de esta Teoría del Arte hecha en México ¿no cree usted?

Niños que matan: las consecuencias extremas del maltrato infantil

Escuchar sobre algún asesinato es siempre algo que nos conmueve y, por decir lo menos, que nos deja con un mal sabor de boca. Sin embargo, cuando los autores de un crimen son niños, no podemos sino estremecernos y es que estamos acostumbrados a considerar el ejercicio de la violencia como algo que atañe de manera exclusiva al mundo adulto, lleno de frustraciones y enojo. Si bien es cierto que la agresión se presenta con mayor frecuencia en individuos que han pasado la adolescencia, la realidad es que también los menores pueden desarrollar conductas nocivas desde edades tempranas. Entre las razones que se han brindado para explicar este fenómeno, no faltan aquellas que refieren a los males producidos por la época moderna. En efecto, todo parece indicar que la sociedad de consumo es el contexto idóneo para alimentar las patologías colectivas que cada vez más aquejan a las generaciones jóvenes. Uno de los casos de infantes criminales que más ha impactado a la opinión pública sucedió en Buenos Aires a principios del siglo veinte. Se trató de Cayetano Santos Rodino, “el petiso orejudo”, que a los ocho años de edad apedreó hasta matar a un bebé de poco más de un año en un descampado de Buenos Aires. Aquél nene no fue sino la primera víctima de este jovencito que se convirtió en el primer niño asesino en serie de la historia registrada. Cayetano dio muerte a cinco críos más y lo intentó con otros siete; fue detenido por la policía a los dieciséis años de edad y enviado al penal de Ushuaia (en la región patagónica), donde murió treinta y dos años más tarde. La historia de Cayetano es la de un niño maltratado, en completo abandono y dejado a su suerte por la sociedad de la que formaba parte; su padre, alcohólico y sifilítico, apaleaba al pequeño de maneras tan cruentas que la revisión médica a la que fue sometido antes de su ingreso a prisión da cuenta de veintisiete cicatrices en el cráneo de este chico. Como dato curioso queda que Cayetano fue uno de los primeros pacientes de la cirugía estética (siendo un preso le operaron las salidas orejas que le caracterizaban, pues se creía que en este defecto físico podía radicar la razón de su maldad) y que el director de la cárcel donde vivió sus últimos días conservó un fémur de Santos Rodino para usarlo como pisapapeles. Uno de los sucesos más recientes que involucran la violencia fatal entre niños curiosamente también tuvo lugar en Buenos Aires: un domingo del pasado mes de mayo, la pequeña Milagros Belizán (con sólo dos años de edad) se perdió en las calles de su barrio en el sur de la ciudad. Pasadas algunas horas, su cuerpo fue hallado a unas doce cuadras de la casa en que habitaba la nena; yacía desnuda, golpeada y con un cable de teléfono rodeándole el cuello. Los autores de tan tétrica escena eran sus vecinos, dos hermanos de siete y nueve años que confesaron el crimen, a decir de los testigos en el juicio, “sin mostrar remordimiento”. Una vez más, los chicos que torturaron y asesinaron a Milagros, procedían de una familia violenta en que el maltrato y el abandono eran cotidianos. Casi una década antes, en Gran Bretaña, Robert Thompson y Jon Venables (ambos de diez años de edad) secuestraron en un centro comercial a un nene de dos años al que mataron. Presos y enjuiciados, estos dos chicos fueron conocidos por la opinión pública mediante los medios de comunicación que pusieron énfasis en las similitudes de su vida: venían de familias violentas donde el abuso del alcohol y los golpes eran cosa de todos los días, sus padres sostenían relaciones conflictivas y, para colmo, sufrían el acoso constante por parte de sus compañeros de escuela. Dicho sea de paso, estos datos fueron argumentados en su defensa, lo que les permitió obtener la libertad condicional desde 2001 y, con ella, la posibilidad de reinsertarse socialmente dado que, según los psicólogos encargados del caso, se han rehabilitado por completo. Hace apenas un año, la India fue el contexto de una tragedia similar: un grupo de adolescentes asfixiaron a dos hermanos de ocho y cinco años en una granja cercana a la escuela Ashlam Shala en la localidad de Partur. El motivo de los jóvenes que participaron en el crimen es para no creerse; argumentaron que lo hicieron con la idea de que el colegio cumpliera con una de las normas establecida en su reglamento, a saber, la de suspender las clases por dos semanas cuando alguno de sus estudiantes muere. Siendo el sur de la India un sitio donde prevalece la violencia, es posible considerar que el doble asesinato al que referimos, una vez más tiene como ejecutantes a chicos crecidos en entornos emocionalmente desfavorables. A riesgo de caer en la insistencia, apunto nuevamente que lo que tienen en común todos estos casos es que sus autores son niños que han sido vejados y humillados desde muy pequeños, que han crecido en espacios familiares donde los problemas no se resuelven negociando, sino golpeando e insultando. Sin duda existen muchos otros factores que explican los asesinatos perpetrados por los más jóvenes, pero el maltrato infantil parece estar en el centro mismo de este fenómeno. Aunque ninguna de las historias antes expuestas pasó en el territorio nacional, hay muchas razones por las cuales deberíamos sentirnos preocupados: el año pasado, por ejemplo, la Organización de las Naciones Unidas (ONU) calificó a México como uno de los países menos favorables para la niñez, dado que por más de tres décadas han muerto un promedio de dos menores cada día a consecuencia de la violencia doméstica. La UNICEF, por su parte, ubica a México, junto a Estados Unidos y Portugal, como parte de las naciones que ostentan el número más alto de niños muertos por maltrato. Si pensamos que la violencia contra los menores es la fuente de la que se alimenta la agresión de los niños que acaban asesinando a sus pares, los datos anteriores son en verdad alarmantes ¿no cree usted?

Empleadas domésticas y amas de casa: la fuerza laboral silenciosa

En nuestro país, alrededor de dos millones de mujeres trabajan como empleadas domésticas; de éstas el noventa y seis por ciento lo hacen sin contar con ningún tipo de prestación social. Según datos obtenidos por el Instituto de las Mujeres del Distrito Federal, las asistentas del hogar suelen iniciarse como tales entre los trece y catorce años de edad; hasta los sesenta es muy probable que sigan trabajando sin tener atención médica, vacaciones o planes de jubilación y, en muchas ocasiones, sufriendo explotación y acoso sexual, lejos de sus lugares de origen y vulnerables ante la falta de redes sociales. Un buen número de las asistentas del hogar laboran “de planta” en las casas de quienes las contratan, razón por la cual sus jornadas rebasan por mucho las ocho horas reglamentarias y lo frecuente es que sólo gocen de un día de descanso a la semana. Pero la situación no es mejor en el caso de aquellas que están “de entrada por salida”, pues al término de sus labores seguramente tendrán que hacer lo propio en su vivienda y atender a la familia que les espera. Los datos antes citados indican el poco valor que se otorga al trabajo referido, aún cuando se trate de un empleo más o menos regulado. Ni qué decir de lo que sucede con las amas de casa quienes no obtienen remuneración alguna por lavar, planchar, cocinar, cuidar enfermos, atender a niños y ancianos, coser, trapear, barrer, sacudir, aspirar, limpiar vidrios, hacer composturas diversas y un interminable etcétera. Mucho menos son reconocidas las dobles o triples jornadas que cumplen aquellas mujeres que trabajan fuera y dentro del hogar. Según el Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática (INEGI), anualmente las féminas usamos un millón setecientos mil horas en tareas domésticas, por las cuales no se nos paga absolutamente nada. Si las amas de casa recibieran un sueldo por las tareas cotidianas realizadas en su hogar y para con los integrantes de su familia, ellas deberían estar percibiendo un aproximado de treinta y tres mil pesos mensuales. Dicho sea de paso que tal salario sigue estando por debajo del ingreso de muchos legisladores que trabajan muchísimo menos, puesto que las mujeres dedican aproximadamente siete horas diarias de lunes a viernes (y el doble durante el fin de semana) exclusivamente al cuidado y mantenimiento de la familia. Más allá de las reivindicaciones de tipo feministas, hay que decir que el trabajo doméstico aporta de manera sumamente importante a la economía de las naciones. En México, por ejemplo, un estudio realizado durante el 2002 concluyó que casi el veintidós por ciento del Producto Interno Bruto del país correspondía a las labores hechas por amas de casa. De este modo, no cabe duda que la invisibilidad del trabajo en casa es una verdadera injusticia, no sólo porque se ha hecho de él algo casi exclusivamente femenino (sin que exista una buena razón para ello), sino porque nadie toma en cuenta lo fundamental que éste resulta para los colectivos sociales. Por todo lo anterior, en 1983, en el marco del Segundo Encuentro Feminista y del Caribe celebrado en Perú, el 22 de julio fue declarado como Día Internacional del Trabajo Doméstico. Desde entonces, la fecha elegida ha servido para realizar actividades que fomentan el reconocimiento de las arduas labores que realizan las mujeres fuera del campo laboral socialmente legitimado. Este año, en nuestro país algunas organizaciones procuraron hacer visibles las tareas domésticas de lo que se ha calificado como la fuerza laboral silenciosa. Para ello, se propuso una huelga de brazos caídos, con la que se esperaba fuera evidenciado todo lo que hacen quienes se encargan del hogar en México. Lo malo de tal iniciativa es que, me sospecho, las señoras habrán de realizar en algún momento lo que este día no hicieron, y es que parece muy optimista pensar que el resto de los integrantes de cada familia tomarán conciencia tan rápidamente. De cualquier forma, nunca está de más intentarlo. Todos podemos sumarnos a esta causa repartiéndonos equitativamente las labores del hogar y recordando el 22 de julio como una fecha tan o más importante que nuestro sagrado 10 de mayo; al final, en ambas ocasiones lo que reconoceremos es la importancia de la ardua labor que día con día ocupa a las mujeres ¿o no? .

Miss Bimbo: ¿juego de niñas o escuela de vanidades?

¿Recuerda la polémica que hace algunos años se desató en torno a la figura corporal de la muñeca Barbie? Entonces se decía que la señorita de plástico podía convertirse en un modelo a seguir para las niñas que jugaban con ella. Entre otras cosas, lo preocupante para sus detractores era que el cuerpo de la esbelta mujer simplemente no podía conseguirse: para ello habría que medir al menos dos metros de altura y pesar por debajo de los cincuenta kilos, desarrollar un busto de más de noventa y seis centímetros y contar con una pequeñísima cintura de cuarenta y cinco; todas ellas características que, literalmente, no permitirían a nadie mantenerse en pie. Pero si en los mejores tiempos de Barbie, creada por Ruth Handler para Mattel a fines de la década de 1950, nos preocupaba que las niñas fueran forjándose un estereotipo peligroso para la salud en torno a la belleza femenina, hoy en día existe un juego virtual que refuerza ideas sumamente destructivas para la autoestima de las mujeres. Se trata de Miss bimbo, espacio “lúdico” virtual, inventado por un veinteañero francés de nombre Nicolas Jacquart y que es usado en Francia e Inglaterra por millones de usuarias, algunas de ellas con sólo 9 años de edad. El juego inicia con la asignación gratuita de un personaje virtual (adolescente y femenino) al que habrá de convertirse en la chica más popular y sexi del site; para conseguirlo es necesario estar al tanto de las últimas tendencias en imagen e ir modificando el aspecto físico del avatar. En cada nivel, la muñeca deberá bajar de peso, hacer ejercicio, vestir ropa de última moda, cambiar el color de cabello y realizarse alguna cirugía estética, por ejemplo, todo con el fin de mejorar su apariencia. Los cambios sugeridos tienen un costo en “bimbodólares”, de los cuales mil son entregados a cada usuaria cuando se registra. Es por demás evidentemente que lograr una figura y una imagen impecables para ganar, cuesta mucho más que la cantidad con la que se inicia el juego, por eso las chicas tendrán que ingeniárselas para ganar el dinero que les hace falta. Una de las formas en que pueden obtener liquidez monetaria suficiente es comprar “bimbodólares”, mediante mensajes de texto con un costo aproximado de dos euros (ahí está el negocio y lo que alertó a algunos padres de familia). Pero lo verdaderamente preocupante son las otras maneras en que las niñas consiguen hacerse de un nuevo vestuario para su “bimbo”, una de las más socorridas es “levantarse” un novio que pague las cuentas. A sólo un mes de su lanzamiento en Inglaterra, el juego fue objeto de grandes discusiones; psicólogos y nutricionistas cuestionaban el efecto que tendría en las adolescentes participar de un mundo virtual donde las píldoras adelgazantes y las dietas restrictivas eran condición para ganarse un lugar socialmente privilegiado. Con tales ideas, el mundo virtual de las “bimbo” abonaba de manera importante el incremento de la anorexia y la bulimia entre las jóvenes, fomentando una imagen corporal delgada que debía ser ganada “como fuera”. Frente a las críticas recibidas, su creador sustituyó el consumo de pastillas para enflacar por las consultas con nutriólogos y argumentó el fomento de una dieta sana en su defensa. Así mismo, para evitar las demandas legales por los gastos en los que incurrían niñas menores de edad, incluyó una advertencia en el registro “si tienes menos de 18 años, deberás pedir permiso a tus padres” que se resuelve fácilmente dando un click en el recuadro donde se indica que lo has hecho. Es claro que los arreglos antes mencionados no resuelven de fondo la problemática planteada por quienes consideran a Miss Bimbo como un juego “socialmente irresponsable” y es que la imagen corporal sigue siendo el centro de atención en esta escuela de vanidades, como si lo más importante en la vida de una mujer fuera lucir radiante, todo con el fin de conseguir un hombre que la mantenga y que le permita seguir ocupándose de su aspecto ¡vaya enseñanzas! ¿Habrá forma de que las niñas jueguen a estudiar y ser profesionistas como un modo para hacerse cargo de sí mismas? No es que esté mal que aprendan a cuidar su salud y que “verse lindas” ocupe algún sitio en sus vidas, pero si se les inculca desde pequeñas que esas son sus principales funciones, pronto estaremos frente a una nueva generación de mujeres dependientes emocional y económicamente, lo que abre las puertas de par en par al ejercicio de la violencia doméstica ¿no cree usted?

Las bondades de llanto


Ayer por la noche, mi padre (un hombre que goza de la sabiduría que los años otorgan a quien ha sabido encontrar las enseñanzas que deja lo adverso), comentó que en uno de mis escritos me faltó hablar de las bondades que tiene el llanto para los seres humanos. Como siempre sucede cuando hablo con él, sus palabras me dejaron pensando; reflexionaba sobre cómo, en efecto, llorar sin límites me ha permitido enfrentar de mejor manera algunas situaciones difíciles y sumamente dolorosas (las cuales, he de decirlo, por fortuna son escasas en mi vida).

Así es, si hay algo que agradezco profundamente es la capacidad que tengo para llorar sin avergonzarme y en cualquier lugar donde las lágrimas me asalten, consejo tomado de una terapeuta que defendía con vehemencia el derecho a sentir y expresar emociones sin censura. Todos hemos escuchado que llorar es bueno. Sin embargo, pocos sabemos que las lágrimas vertidas como resultado de un sentimiento son, junto con la risa, de las pocas cosas que diferencian a nuestra especie del resto de los animales.

Por los estudios que al respecto se han hecho, es posible considerar que, más allá de las funciones meramente orgánicas del lagrimeo (compartido con los mamíferos en general), el llanto sirve a las personas para liberar emociones que, de otro modo, podrían ser devastadoras física y psicológicamente. De este modo, llorar es una suerte de mecanismo protector con el que naturalmente contamos para preservar nuestra psique y nuestro cuerpo, haciendo frente, e incluso evitando, la aparición de diversas enfermedades.

John Hopkins, por ejemplo, encontró relación entre la mala costumbre de contener el llanto y la presencia de trastornos generados por estrés (como la úlcera intestinal y el asma); así mismo, este investigador estadounidense halló que los individuos que no manifiestan libremente sus sentimientos son más propensos a sufrir cáncer que las personas extrovertidas. Otros estudios han revelado que el sistema inmunológico (que nos protege de las enfermedades) sufre graves alteraciones cuando no se expresan las sensaciones de angustia y dolor emocional. No llorar ante situaciones de gran tensión puede provocar en las personas el desarrollo de depresiones profundas, procesos mentales distorsionados y la aparición de ataques de ansiedad o de pánico, todos claros indicadores de que se están reprimiendo sentimientos sumamente destructivos como la rabia.

Un dato curioso sobre el llanto nos lo ofrece el doctor Juan Murube. Este oftalmólogo español interesado en el tema, aplicó una encuesta entre los estudiantes de la Universidad de Alcalá de Henares, encontrando que hay al menos 465 emociones distintas por las cuales un ser humano puede llorar; según el estudio referido, las más comunes son la admiración, la aflicción, la ira, la angustia, la ansiedad, la aprehensión, la confusión y el arrepentimiento. De la clasificación de tales sentimientos, se hizo una división en dos tipos: las lágrimas vertidas con el fin de pedir ayuda y aquellas que tienen como objetivo la expresión del algún tipo de solidaridad. Lo interesante de este trabajo es que, contrario a lo que supondríamos, es mucho más frecuente llorar como señal de apoyo y empatía ante el sufrimiento o las victorias de los demás, que hacerlo por situaciones negativas e individuales. El dato anterior sin duda habla bien de nuestras sociedades, pues en ellas aparentemente todavía ocupa un lugar de importancia el sentido de colectividad.

Por el contrario, conocer las estadísticas en cuanto a la frecuencia con la que lloran hombres y mujeres debiera alarmarnos, ya que a los primeros se les ha sometido culturalmente, evitando que expresen su dolor o frustración de la manera más sana y natural (que es llorar), fomentando con ello las salidas emocionales destructivas que derivan en neurosis y actos violentos. Es así que llorar es mucho mejor de lo que hemos imaginado: evita enfermedades, permite que sobrellevemos situaciones dolorosas de mejor manera sin perder la razón y expresa mucho más que únicamente la necesidad de apoyo ante eventos que nos hacen infelices. La gratitud y el afecto no tienen una expresión más profunda y sublime que el llanto honesto.

Por eso me alegra saber llorar y me siento feliz, aunque solidariamente también lloro, cuando mi padre confiesa que le brotan copiosamente las lágrimas viendo crecer a mis hermanos pequeños. No es para menos, aquilatar la magnitud del privilegio que es vivir, de las oportunidades que la existencia nos ofrece siempre (a pesar de los errores cometidos) y de las enseñanzas que los niños nos dejan sólo con su entusiasmo, es una más de las buenas razones que existen para llorar. No se trata de vivir con los ojos arrasados pero, así como celebramos la risa, deberíamos respetar y valorar las lágrimas, pues también son curativas. Dicen que los buenos amigos son aquellos que te hacen reír con pequeñas mentiras y llorar con grandes verdades; mucha gente acompaña nuestras carcajadas con las suyas, pero sólo quien en verdad te quiere llorará contigo.

Resiliencia: la capacidad de renacer

En Física, la palabra resiliencia designa la capacidad que tienen algunos metales para recobrar su forma original, luego de haber estado sometidos a altas presiones. Este término fue retomado hacia la década de 1970 por el psiquiatra Michael Rutter, quien lo definió para la psicología como una suerte de flexibilidad social adaptativa. Con el paso del tiempo el concepto se amplió, gracias a los estudios hechos por el etnólogo Boris Cyrulnik con sobrevivientes de los campos de concentración nazis y con niños de orfelinatos en Rumania y en situación de calle en Bolivia. Desde entonces, la resiliencia ha sido investigada como un factor decisivo para la superación exitosa de múltiples eventos traumáticos o situaciones vitales como la vejez y la enfermedad. Así, son comunes los trabajos que en este sentido elaboran psicólogos, tanatólogos, antropólogos, médicos y sociólogos, quienes buscan comprender la manera en que cierto tipo de individuos logra salir avante de tragedias diversas o vencer los obstáculos que un entorno desfavorable representa para cualquier persona. De este modo se han encontrado algunas respuestas sobre por qué hay gente que, a pesar de vivir en condiciones extremas, sobrellevan el dolor emocional de mejor forma que la mayoría. Entre los descubrimientos que al respecto se han hecho, suele insistirse en que una actitud resiliente es resultado de múltiples procesos de tipo psíquico que permiten a una persona contrarrestar las situaciones nocivas; es una dinámica estrechamente relacionada con el equilibrio emocional, la idea de superación, la responsabilidad y la creatividad de los individuos, pero también con la educación que en este sentido inculca cada sociedad en los miembros que la componen. En efecto, aunque la resiliencia es una capacidad que se presenta, a veces, de manera casi innata, tiene un fuerte componente cultural y, por tanto, es posible cultivarla desde la infancia. Una de las aspiraciones que cualquier grupo humano debiera tener es la de forjar en su seno personas emocionalmente fuertes y equilibradas. En este tenor, hablar de la resiliencia adquiere importancia, pues en la medida en que podamos enseñar a los más jóvenes la superación correcta de eventos traumáticos de cualquier tipo, seremos capaces de estructurar sociedades más saludables. Además, con ello bajarían notablemente los índices de suicidio y la presencia de enfermedades mentales, cada vez más frecuentes entre los adolescentes actuales, quienes viven en un mundo narcisista y egocéntrico, circunstancias sumamente adversas para la adquisición de una actitud sabia frente a los problemas que inevitablemente la vida trae consigo. Ya que no podremos evitar sufrimiento a las generaciones que nos siguen, no está por demás ayudarles a contar con las herramientas que les otorgarán la posibilidad de transformar en algo positivo el dolor. Para lograr lo anterior, es necesario promover una educación mediante la que se afiancen los pilares de la resiliencia: autoestima consistente (fruto del cuidado afectivo recibido en la niñez y la adolescencia), introspección (preguntarse a sí mismo y responder con honestidad sobre nuestros actos), independencia, capacidad de relacionarse, iniciativa, humor (aun en situaciones adversas), creatividad, moralidad (entendida como compromiso con los valores y el respeto a los demás) y la capacidad de ejercer un pensamiento crítico que permita analizar las causas de lo que nos sucede, así como el grado de responsabilidad que tenemos frente a la situación vivida. La Asociación de Psicología Estadounidense considera posible fortalecer una actitud favorable cuando tenemos problemas y brinda los siguientes consejos destinados a lograrlo: 1- establecer buenas relaciones con vecinos, amigos y familiares, aceptando la ayuda de quienes nos tienen afecto y participando de actividades colectivas; 2- evitar ver las crisis como obstáculos insuperables (si bien no podemos cambiar ciertos eventos, sí es posible elegir la manera en que los interpretamos) y considerarlas temporales; 3- aceptar que el cambio es parte de la vida; 4- tener metas realistas y buscar su consecución; 5- llevar a cabo acciones decisivas (es mejor equivocarse actuando que quedarse paralizado); 6- Buscar en la tragedia la oportunidad para descubrirse y mejorar como ser humano; 7- cultivar una visión positiva de su persona; 8- mantener las cosas en perspectiva; 9- No perder la esperanza y 10- cuidar de sí mismo. La educación afectiva y comprometida es condición ineludible para formar adultos con habilidades para la vida; quizá la más importante de ellas sea la resiliencia, pues en la misma radica nuestra propia capacidad para continuar viendo. Ser resiliente significa amar y respetar por sobre todas las cosas la existencia de la que gozamos, encontrando en la desgracia motivaciones para continuar y enseñanzas valiosas que nos engrandecen como personas y como sociedad. Como bien dice Alicia Navarro de Steiner, la resiliencia no es “la capacidad de sufrir, sino de resurgir y renacer”; no se trata de tolerar el dolor y “cargar con la cruz que nos ha tocado”, sino de otorgarle un sentido, de vivir a la usanza del Budismo, siendo fuertes pero flexibles como el bambú.

Los hombres también lloran: violencia y masculinidad

Cuando yo era adolescente, una señora mayor me dijo mirándome a los ojos “hijita, ten cuidado con los hombres que lloran”. En aquel entonces mi respuesta se limitó a observarla azorada, preguntándome por qué sería tan malo que un varón se deshiciera en lágrimas; supuse entonces que se refería a las famosas “lágrimas de cocodrilo” que tienen como fin chantajear. Sin embargo, mi voluntaria consejera no aclaró el sentido de sus palabras y, a veces, creo que lo decía de manera bastante literal, creyendo “a pie juntillas” que un hombre “chillón” era poco fiable y menos viril. Del mismo modo en que la feminidad tiene mucho de aprendizaje, ser hombre no es una condición que esté exenta de los valores que socialmente se le atribuyen a lo masculino y que, por tanto, son inculcados en los niños desde que son muy pequeños. Si para una mujer el enojo está prohibido, para un hombre la expresión del dolor ha sido vetada; así, ellas intentan no ser calificadas como histéricas ocultando las expresiones de molestia y ellos procuran mostrarle al mundo que no son cobardes, transformando su sufrimiento en agresividad. Es cierto que hombres y mujeres somos distintos (y qué bueno que lo seamos, porque la equidad de derechos no implica renunciar a esas diferencias que enriquecen nuestra humanidad). No obstante, en tanto que somos seres humanos, los sentimientos y las emociones pueden asaltar por igual a ambos sexos. Entre la diversidad que nos distingue genéricamente, los aspectos biológicos han sido utilizados en innumerables ocasiones para justificar acciones y comportamientos que son, en realidad, producto del entorno sociocultural en el que nos desenvolvemos. De esta manera, por ejemplo, se atribuye la violencia de algunos varones a que su organismo presenta mayor cantidad de testosterona (con relación a la producida por las mujeres), pasando por alto que muchos de ellos fueron criados en entornos sumamente hostiles, que es donde aprendieron a dirimir sus diferencias con golpes e insultos, en lugar de emplear la negociación. La violencia no es exclusiva de los hombres, pero en nuestra sociedad la masculinidad ha sido asociada a los comportamientos agresivos, lo mismo que para las mujeres los estados depresivos son considerados “normales” y sin mayor importancia. Así, las mujeres hemos aprendido a convertir en depresión la rabia, mientras que los hombres vuelven violencia su tristeza o su frustración. Nos relacionamos a partir de mandatos erróneos que se interiorizan desde las más tempranas edades, cuando se nos enseña, muchas veces mediante el ejemplo, que los hombres deben ser fuertes, rudos, “con carácter”, decididos, pragmáticos, etcétera, y que a las mujeres nos corresponde la ternura, la dulzura, la amabilidad, la fragilidad o la delicadeza. Una mujer enojada, enérgica y con ímpetu es vista como poco femenina; un varón triste y asustado pone en entredicho su virilidad ante quienes le rodean. No obstante, las mujeres también sentimos rabia y deberíamos poder expresarla constructivamente, lo mismo que los hombres tienen deseos de llorar y no hay buenas razones para que únicamente se permitan hacerlo cuando están borrachos o en franca crisis. Si bien la agresión deliberada no es justificable (venga de quien venga, sin importar el género), tiene explicaciones y una de ellas es, desafortunadamente, los mandatos sociales que inculcamos a nuestros hijos cuando se les educa sin equidad. Cuando un hombre es acusado de violentar a su familia es condenado por las leyes (y está bien que sea así, porque la violencia no debe ignorarse en ningún caso), según la gravedad de la denuncia interpuesta en su contra. En general, ante situaciones de violencia intrafamiliar, suele ofrecerse a las mujeres que han sido afectadas diversas alternativas para cambiar las condiciones de vida que han llevado junto a su agresor. Sin duda, todo el apoyo brindado a las víctimas de maltrato es necesario y sigue siendo insuficiente. Sin defender causas perdidas, como lo es la violencia que ejerce un padre de familia contra su cónyuge y sus hijos, para estos hombres que no aprendieron a relacionarse de otra manera todavía hay muy pocas opciones. No obstante, celebremos que existen organizaciones que se preocupan por mostrar a los hombres que, en el caso de los comportamientos impulsivos y violentos, eso de que “lo que bien se aprende, nunca se olvida” es una falacia. Todo está en la construcción sociocultural de una forma de “ser hombre” errónea y que puede muy bien modificarse si se entiende que la agresividad no es algo inherente a la masculinidad, sino una conducta aprendida. Bajo esta premisa, grupos como Hombres por la Equidad y Colectivo de Hombres por Relaciones Igualitarias, imparten talleres donde se busca transformar la idea que tenemos sobre cómo deben actuar los varones frente a los distintos ámbitos sociales en los que se desenvuelven. Las pláticas y cursos a los que nos referimos abordan temas como la paternidad afectiva y no ausente, el manejo responsable de las emociones y la equidad de género. Todos con contenidos que deben importarnos lo mismo a hombres que a mujeres. Sí, a nosotras también, porque nos toca entender que crear las condiciones para erradicar la violencia es una tarea compartida; labor que comienza fomentando en nuestros hijos de ambos sexos el ejercicio de uno de sus derechos más fundamentales: expresar sus emociones sanamente. Sólo así formaremos generaciones amorosas y equilibradas psicológicamente que, a su vez, serán capaces de entablar relaciones de pareja sólidas donde lo que impere sea el respeto y la dignidad. Por eso, y sumándome a la causa de los varones que rompen los moldes en los que socialmente se les ha confinado, yo hoy respondería a la advertencia que me hicieron en la adolescencia: señora, ¡le tengo pavor a los hombres que no se permiten llorar!

La felicidad es de quien la trabaja

“Es más fácil prescindir de la felicidad futura que de la pasada” asevera Fernando Savater, filósofo español contemporáneo. Pero ¿qué hay del presente, este único instante que tenemos cierto en nuestras vidas? ¿Será, como dijo Henry Thoreau, también fiolosófo, que cuando perseguimos la felicidad ésta se aleja como las mariposas? Pues todo parece indicar que la respuesta es no, ya que la felicidad tiene que ver con nuestra capacidad para procesar de manera positiva lo que la vida nos brinda, es decir que la felicidad es en gran medida una elección.

¿Cuántas veces hemos escuchado a alguien preguntarse por qué no es feliz? No es inusual que nosotros mismos justifiquemos este lamento cuando sabemos que la persona en cuestión ha sufrido diversas desgracias durante su vida. Sin embargo, hay individuos que tienen una capacidad verdaderamente sorprenderte para resguardar su amor por la vida, incluso en condiciones tan dramáticas como las que prevalecieron en los campos de concentración nazis, por ejemplo. Este es el caso de Viktor Frankl, psiquiatra y escritor sobreviviente del horror alemán durante la Segunda Guerra Mundial y padre de la logoterapia (método psicoterapéutico, según el cual la búsqueda del sentido de la vida personal está en la base del bienestar de los individuos).

A propósito de su experiencia en los campos de la muerte, Frankl reflexionó sobre la libertad humana; se preguntaba por qué algunas personas sobrevivían de mejor manera que otras a las constantes vejaciones que les eran impuestas por sus captores. La conclusión de Frankl es que el ser humano no está completa e inevitablemente determinado por su entorno, sino que mantiene su capacidad de elección, lo que le permite (si es que así lo decidiera) conservar un reducto de libertad espiritual y de independencia mental, incluso en los crueles estados de tensión psíquica y de indigencia física que los prisioneros de los nazis vivieron por años.

En su libro más conocido (El hombre en busca de sentido), Viktor Frankl explica que a las personas se nos puede arrebatar todo, salvo una cosa: la elección de la actitud personal que adoptamos frente al destino. Cada individuo, aún bajo condiciones en verdad atroces, guarda la libertad de decidir quién quiere ser espiritual y mentalmente. Mediante el ejercicio de esta libertad interior, asegura el psiquiatra judío, podemos conferir a nuestra existencia una intención y un sentido, sin los cuales la supervivencia no es posible. En palabras de Nietzsche, “el que tiene un por qué para vivir, puede soportar casi cualquier cómo”. La clave está en dejar de esperar algo de la vida y buscar qué es lo que la vida misma espera de nosotros, porque como apunta Frankl, “vivir significa asumir la responsabilidad de cumplir con las obligaciones que la vida nos asigna a cada uno en cada instante particular”.

El ser humano es “el ser que siempre decide lo que es”, señala Frankl, por eso es inútil esperar el momento en que la felicidad llegará a nuestras vidas; sentirse feliz no es una condición dada por el destino, sino una elección individual y cotidiana. La felicidad no es aquella que recordamos con nostalgia por “los buenos tiempos”, ni la que vendrá en un futuro incierto, sino la que hacemos día con día. Así, la felicidad es una construcción que depende de nosotros mismos; no importa cuán difíciles sean las circunstancias que nos toque vivir, siempre tenemos la posibilidad de elegir cómo les haremos frente: podemos lamentarnos de la situación en que nos encontramos, quedándonos paralizados ante nuestras desgracias, o encontrarle un sentido y una enseñanza a cada vivencia, lo que sin duda nos hará mejores personas.

Si pensamos que cada uno de nosotros es un ser irrepetible e insustituible, entenderemos lo trascendente que resulta encontrar un sentido a nuestra vida. Vivir es un privilegio que conlleva obligaciones; la primera de ellas y la más importante es ser feliz. En términos matemáticos es tan improbable que se produzca un nacimiento que, para quienes nos encontramos en este mundo, la felicidad es un deber. Se requiere la misma cantidad de esfuerzo para estar bien que para estar mal, sólo hay que elegir cuál de estos dos caminos recorreremos. Si, como aseguran los católicos, Dios nos hizo a su imagen y semejanza, estoy cierta de que compartimos la creación; no es ninguna blasfemia considerar que podemos, en alguna medida, construir parte de nuestra existencia. Aboquémonos entonces a nuestra labor y decidamos ser felices ahora, porque la felicidad es de quien la trabaja.

Depresión posparto: más allá de la melancolía de la maternidad

La maternidad es una condición que cambia por completo la vida de las parejas, el término de un embarazo suele ser un suceso que se espera con alegría, pensando en las futuras dichas que nos brindarán los niños recién llegados. Pero ¿sabía usted que para algunas mujeres un parto puede ser el inicio de una crisis depresiva severa? De hecho, la mayoría de las mujeres presentan cambios en el estado anímico durante el embarazo debido a la fluctuación de los niveles hormonales, esto se considera normal e, incluso, es algo que se espera como parte de la experiencia vivida. Entre el 50 y el 70 por ciento de las embarazadas pueden también experimentar lo que se conoce como “depresión puerperal” o “melancolía de la maternidad”, un periodo corto en las primeras semanas luego de haber parido durante el cual la madre manifiesta sentimientos de tristeza, angustia, ansiedad e inquietud; estado que no se prolonga en el tiempo y que no requiere de medicación alguna. No obstante, entre el 7 y el 20 por ciento de las mujeres están en riesgo de padecer depresión posparto, un trastorno más grave y que debe ser atendido con seriedad. La depresión posparto es un tipo de depresión grave que comparte con esta última los síntomas que la caracterizan (tristeza, desesperanza, pesimismo, cambio en los patrones de sueño y alimentación, pérdida de energía, falta de placer en la mayoría de las actividades, dificultad para concentrarse, aislamiento social, pensamientos suicidas, etcétera), pero a la cual se suman algunos otros como los sentimientos negativos hacia el bebé y la sensación exacerbada de culpa por no sentirse útil o capaz en su nueva función como madre. Algunas condiciones que incrementan el riesgo de sufrir depresión posparto son: el haber tenido crisis de ansiedad antes del embarazo, contar con antecedentes familiares de depresión, la presencia de alguna situación estresante (la muerte de algún ser querido, el nacimiento prematuro del bebé o dificultades médicas, entre otras), ser menor de 20 años, no haber planeado o deseado el embarazo, el consumo de alcohol y otras drogas, la falta de apoyo por parte de la familia o de la pareja y tener una situación económica inestable. Como sucede con muchos de los trastornos emocionales y psicológicos, la depresión posparto es un padecimiento difícil de diagnosticar, sobre todo cuando sus síntomas aparecen hasta un año después de haber dado a luz, situación que no es inusual y que complica la posibilidad de relacionar los sentimientos depresivos con la maternidad (vínculo que resulta importante establecer porque, en ocasiones, el origen de la enfermedad es hormonal). A ello hay que agregarle el hecho de que este mal irrumpe en un ámbito social que ha sido terriblemente mitificado: el ser “una buena madre” implica, en nuestra cultura, la posesión de una serie de cualidades que, evidentemente, una mujer deprimida no puede mostrar (alegría, demostraciones de afecto, paciencia, etcétera). El hecho de que este padecimiento incluya sentimientos hostiles hacia el hijo que se ha tenido o pensamientos donde el infringir daño a sí misma y a su bebé son comunes, añade al sufrimiento de la afectada fuertes sensaciones de culpabilidad ante algo que es socialmente condenado. Muchas de las mujeres que padecen depresión posparto sufren solas y ocultan lo que les pasa; temen ser juzgadas por ejercer mal sus funciones maternas básicas (como prodigar amor y protección a su hijo) y por sentirse desgraciadas frente a uno de los sucesos que se consideran más importantes para la existencia femenina. En realidad, estas madres no se equivocan al creer que, muy probablemente, serán incomprendidas por quienes las escuchen: existen infinidad de testimonios donde las afectadas narran cómo se minimizaba su sentir cuando se atrevían a expresarlo e, inclusive, la forma en que se les acusa de ser malas personas, irresponsables y desalmadas por no mostrarse cariñosas y felices cuando han tenido “la bendición de un hijo”. Así, estas madres deprimidas, encima de lidiar con la tristeza y angustia que les invade, han de hacerle frente a los tratos crueles o indiferentes de quienes, en realidad, ignoran lo que está sucediendo. La depresión posparto es una enfermedad que puede tener consecuencias graves. Existen casos en los que personas afectadas por este mal han asesinado a sus niños antes de quitarse ellas mismas la vida, pero estas situaciones son fáciles de evitar si se cuenta con la atención médica adecuada e, incluso, hay formas de prevenir la emergencia de este padecimiento; informarse sobre este tema puede marcar la diferencia para muchas mujeres, para sus hijos y para sus parejas.

Acoso escolar en la era de las nuevas tecnologías

Tengo un par de amigos que recuerdan con verdadera angustia sus años preadolescentes; ambos eran “buenos niños”, tímidos y tranquilos, poco extrovertidos y nada “populares", por eso cada día en la escuela tenían que enfrentarse a las bromas pesadas e, incluso, a las agresiones de otros jovencitos que se divertían a sus costillas. Hoy adultos, la situación que vivieron mientras cursaban la educación Primaria y Secundaria los marcó de manera irremediable, al grado que sólo después de algunos años en trabajo psicoanalítico lograron restaurar su autoestima y su seguridad que habían sido minadas de manera muy importante por el llamado acoso escolar.

Si antes las víctimas de los pequeños tiranos sufrían porque eran amedrentadas, ridiculizadas o, en los casos más extremos, violentadas dentro las instalaciones escolares, actualmente la situación padecida por los niños acosados puede ser en verdad alarmante, debido a que la tortura se extiende más allá de la escuela gracias al uso de las nuevas tecnologías. Los chicos de la llamada generación digital crecen haciendo uso de celulares que toman fotografías y video, acceden a internet y son expertos en el manejo de la WEB, herramientas que les sirven lo mismo para hacer investigación que para llevar sus “travesuras” a terrenos insospechados.

Lejos quedaron los tiempos en que un chicle puesto estratégicamente en la silla del compañero martirizado era motivo suficiente para la diversión o cuando la advertencia “nos vemos a la salida” anunciaba el inminente pleito entre dos o más estudiantes (la verdad es que pocas veces se pasaba de algunos golpes y la rotura de los uniformes). Ahora, ser el blanco de los acosadores significa sufrir situaciones mucho más violentas física, emocional y psicológicamente, desde ser el triste protagonista de una página de Internet hecha con el fin exclusivo de denigrar a la víctima mediante comentarios hirientes dejados por sus compañeros, hasta tolerar golpizas que son grabadas por los agresores para subirlas a la red donde quedará registrado el maltrato para satisfacción de quienes se jactan de sus actos delincuenciales.

Entre las muestras de acoso escolar que se sirve de las nuevas tecnologías existen diversas modalidades, cuál más cruel y dañina para los afectados: amenazas recibidas continuamente por medio del celular, blogs que acaban con la reputación de los jovencitos (evidenciando su vida sexual, por ejemplo, mediante fotografías y videograbaciones) o que son utilizados para burlarse de ellos de manera constante, etcétera. Pero quizá lo más grave es que, con el acceso a la tecnología, se ha incrementado el grado de violencia del que son capaces los niños; las fechorías que cometen van subiendo de tono, en parte porque el hacerlas públicas aumenta la demanda de “mejor material”, lo que en este caso implica someter y vejar de maneras cada vez más audaces.

Así, en las páginas usadas como bitácora de los actos violentos cometidos en contra de algún infortunado, son usuales las convocatorias mediante las cuales se invita a “colgar” en el site registros visuales de las agresiones cometidas en su perjuicio. De este modo, no sólo hay episodios más violentos, sino que se es víctima del maltrato ejercido por un número mayor de personas que estarán encantadas de grabar sus propias hazañas, aún cuando antes no tenían en realidad una actitud hostil hacia el individuo que es atormentado.

En la red es fácil encontrar videos en los que puede verse cómo, sin explicación alguna, un grupo de jóvenes ataca a alguna persona. Hace no mucho tiempo, fue dado a conocer en los noticieros el caso de una adolescente a la que golpearon sus compañeras, hecho que denunciaron los padres de la niña utilizando como prueba de la agresión el video que las propias implicadas habían subido al sitio de videos YouTube.

Pero el llamado ciberacoso estudiantil no se limita a la violencia entre iguales: cada vez con mayor frecuencia algunos adultos se ven implicados en estos acontecimientos, en ocasiones siendo víctimas de los jóvenes (como en el caso del bibliotecario de una universidad en Londres que fue golpeado en varias ocasiones por estudiantes del mismo centro educativo en el que él laboraba), pero en otras haciendo de verdugos contra adolescentes que sufren de baja autoestima. Este último es el caso de una mujer juzgada infructuosamente en Estados Unidos por la muerte de una amiga de su hija, un niña de 13 años que se suicidó en octubre de 2006, luego de que Josh, el “amigo” virtual inventado por la señora en My Space (red de socialización en internet) para ganarse la amistad de la chica y entretener a su hija con el engaño, atacara emocionalmente a esta jovencita que padecía depresión y estaba en tratamiento psiquiátrico.

En la era de las nuevas tecnologías, el acoso escolar adquiere dimensiones impactantes que no podemos pasar por alto. Junto a los muchos peligros que supone la ampliación del universo social de las nuevas generaciones, este es un fenómeno frente al cual los padres de familia tienen que estar atentos. En la actualidad, la educación de los hijos, de por sí complicada, tiene que incluir valores en torno a la utilización de los medios de comunicación. Si antes se procuraba enseñar a los vástagos la manera en que debían cuidarse cuando andaban por la calle, ahora es fundamental también trasmitirles información sobre los riesgos de las navegaciones que hacen en Internet.

No se trata de aislar a los jóvenes de los espacios cibernéticos que son parte esencial del mundo en el que viven, pero sí es necesario asegurarnos de que no se expongan a situaciones riesgosas y de que sean personas de bien lo mismo en la vida cotidiana que en la virtualidad. Los adultos no pueden ser analfabetos tecnológicos, pues de su conocimiento en estos terrenos dependerá en buena media la protección que serán capaces de brindar a los adolescentes. Por ello no está de más indagar sobre las formas que existen para hacer del Internet un sitio más o menos seguro; afortunadamente hay asociaciones que brindan este tipo de información en sus páginas web.