A Enrique Campos Romo, apasionado conocedor del tema.
Ahora resulta que el vacío no es tal. Cuando miramos hacia arriba y nos maravillamos con el brillo de los cuerpos celestes suspendidos en la nada, lo que vemos son estrellas y planetas que se sostienen en una suerte de molde energético, cuya fuerza contrarresta la de la gravedad. Se trata de la Teoría de la Materia Oscura, producto del pensamiento de varios astrónomos que, desde hace al menos dos décadas, intentan explicar la estructura del universo invisible.
Aunque el cosmos ha sido motivo de observaciones científicas mediante instrumentos cada vez más precisos, en la actualidad sólo “conocemos” el cuatro por ciento de sus componentes. Esto es así, en gran medida porque únicamente sólo es posible ver aquella parte del universo que refleja la luz o irradia energía u ondas electromagnéticas (galaxias, estrellas, planetas); el resto, es decir, el noventa y seis por ciento, sigue siendo un enigma.
Hasta ahora, la pregunta de cómo podían estrellas y planetas estar suspendidos en el vacío, se resolvía con la Teoría de la Gravedad. Desde niños se nos enseñó que en la Tierra existe una fuerza ejercida constantemente sobre la materia y que la misma era responsable de que los objetos se precipitaran siempre hacia abajo. Se nos decía que, según diversos factores (como la fricción, el peso, el volúmen, etcétera), cada cuerpo presentaba mayor o menor resistencia ante la atracción gravitacional y que había un punto en el que se hacía posible el equilibrio.
En el caso del universo, la gravedad también está presente y desempeña la misma función. Sin embargo, los astrónomos no lograban entender cómo es que la masa y características de los cuerpos visibles en el cosmos eran insuficientes para contrarrestar la fuerza de gravedad, de modo que empezaron a suponer que existía mucho más de lo que podían observar. Así surgió la hipótesis de la estructura oscura o invisible, también conocida como la telaraña cósmica.
Según esta teoría, la mayor parte del universo está constituido por un tipo de energía que acelera la expansión del universo (que, por tanto, contrarresta la acción gravitacional) y por materia oscura. Esta estructura es invisible (aun con telescopios de alta resolución) porque no emite ni refleja luz alguna u ondas electromagnéticas. El modelo más aceptado entre los astrofísicos para explicar la constitución del cosmos, señala que la materia oscura se distribuye en el universo, formando una gigantesca telaraña cósmica que se condensa en filamentos y halos galácticos por acción de la gravedad que la comprime. Los halos atrapan el gas de la materia visible, atrayéndola a su interior y gestando en su centro, a manera de grandes semilleros, las constelaciones y las estrellas. Tejida en filamentos, con nudos en sus intersecciones y grandes espacios huecos, esta estructura sostiene, nada más y nada menos que al universo.
El modelo computacional que recrea este cosmos invisible y la teoría que lo sustenta, fueron desarrollados en la Universidad de Durham, Inglaterra, por un grupo de científicos encabezados por el astrónomo mexicano Carlos Frenk Mora. Gracias al trabajo de este talentoso equipo, hoy es posible reconstruir en tercera dimensión las miles de galaxias que conforman al universo y pone sobre la mesa la maravillosa posibilidad de seguir estudiando el origen del mismo. Por eso, la estructura invisible figura ya entre los diez problemas más relevantes de la ciencia actual.
El descubrimiento es fascinante por sí mismo, pero se vuelve verdaderamente extraordinario cuando se piensa en las puertas de conocimiento que abre: probablemente sea el inicio para la reformulación de viejas teorías, hasta ahora cimientos fundamentale de nuestra ciencia, como la de la gravedad y el famoso Big Bang; anuncia nuevas preguntas sobre los elementos que conforman la mayor parte del universo (algunos piensan en partículas exóticas como los neutrinos y el vacío cuántico remante) y se plantea la posibilidad de que existan otras dimensiones cósmicas.
No sé a usted, pero a mí este universo invisible me deja, casi literalmente, gravitando. Pienso en que, con toda la arrogancia que nos distingue, los humanos somos tan mínimos con nuestra pequeña galaxia: la Vía Láctea (de la que el sistema solar, donde se encuentra nuestro planeta, ocupa únicamente una millonésima parte). Para la astrofísica esto es un avance de enorme relevancia, pero la telaraña cósmica trae consigo también cuestionamientos de tipo existencial; piense únicamente en lo que significa comprobar que hay cosas que existen, aunque no las podamos visualizar. Más de un filósofo ha pensado antes en el asunto y yo creo que los poetas, licántropos irremediables, miraremos de un modo distinto la luna.