Aurora Yaqui


Entre la luna y el sol, no media algún arcano, sólo el alba; instante acuarela que entinta los cristales del que despierta, negro segundo la noche que en el siguiente se hace mañana, a veces gris, casi siempre azulada, esta vez es roja. Ciudad de México, 6 de octubre de 2011, se presenta la aurora adelantada, eran casi las 10:00 p.m., temprano para mirarla, pero ahí está, con el cabello negro y lacio cubriéndole la cara. Aurora Yaqui se coloca en una silla al centro de la nave, a sus pies un micrófono, un sofisticado aparato que graba-reproduce sonido y la luz granada.
            Paredes con arcos de aguja apuntan al cielo, cubierto de lona porque no hay techo; nos cobijan las ruinas con la promesa institucional que se anuncia a un costado de la puerta: futura restauración por parte del INBA. Pero no hoy: este día, como cada jueves en la semana inicial del mes, el espacio se interviene artísticamente, iniciativa de las sesiones de improvisación y experimentación sonora de VOLTA 07, proyecto independiente gestionado por Juan José Rivas (http://juanjoserivas.info/volta/).
            El primer descubrimiento es que en medio de la calle, en el centro de la urbe, se ladea sin ser vista una vieja capilla anglicana en predios del Museo Británico Americano en México, en la calle de Artículo 123, casi esquina con Bucareli; ahí, muy cerca del campamento de indigentes que hace no tanto llegaron de La Alameda, temporales y en los márgenes como ellos, atestiguamos la construcción de piezas sonoras desde la performatividad y la voz amplificada que propone-dispone Aurora Yaqui.    
            No hay mar, pero dentro de la nave se escuchan tempestades que provienen de un centro más interno, el viento sale con fuerza desde el plexo femenino que se arquea. Del misterio a los buenos augurios está tendido el puente: en un extremo el oculto daño, en el otro la confianza ciega; en el medio, el cangrejo se descoraza, sin pinzas lo da todo, sólo entrega, deja el sombrero para que se oculte la liebre. Luego un ave (o varias), llamados agudos cuelgan del aire que aún suena y aparece con chasquidos de lengua una serpiente que sumerge el cascabel entre las aguas.
            No es magia, aunque ésta sin duda le presta más de un ingrediente: es momento que a fuerza de sonido se hace alquimia para llenar la laguna donde no hay reflejo: aguas oscuras del agorero que palpa lo incierto, porvenir, nunca se sabe si llegará a tiempo. Si en el fondo solemos pensarnos humano abismo, la voz sin palabras de Aurora Yaqui nos muestra el universo de adentro, el que nos habita, con frecuencia sin saberlo.
            “Aullidos, fonemas, gritos, suspiros y ronroneos desde el centro de mis huecos”, así es como presenta esta creadora lo que hace, pero hay más, mucho más: de las oquedades que la artista abre surge el aliento, da vida, hay árboles, ríos, montañas, alas, picos que graznan. De pronto, el llamado ritual de una vieja cantora que parece apoderarse de las jóvenes entrañas, “hervidero de gemidos vivientes hasta el soplo cálido de la diosa del clan”, como lo han descrito en la página web de Interregno (http://interregno.org/?q=node/26), a propósito de una presentación anterior de la artista en el Museo del Juguete Antiguo de México.
            Para mí, la creación de Aurora Yaqui derivó en sonósfera, la “armonía de las esferas”, de la que me enteré por Sofía Blanco y que los primeros habitantes de Babilonia y los antiguos griegos oyeron quizá entre sueños. Los sonidos inaudibles de los planetas, el ruido amortiguado del cosmos entero, ahora suben por la garganta de una mujer con blusa amarillo-negro, loop de por medio, para instalarse en el ambiente; desde ahí se van filtrando, líquidos, por las rendijas corporales de los que escuchamos.
            Atenta, empiezo a preguntarme ¿qué sonido me duele de la galaxia?; ¿cuál se aloja detrás del ovario izquierdo?; ¿por qué pasé de la calma que se vive en la cima         -aliviada cuando, esperando mar, encontré montaña-, a las ligeras punzadas en un costado de la cadera, justo en el momento celeste de lo inmenso?; ¿por qué el regreso de los cantos de la hechicera y de lo que oigo como un águila, tal vez más terrestre aunque vuele, coincide con la huída del rastro que se hincaba en el revés del vientre?
            No me atrevo a preguntarle a Aurora Yaqui si tiene las respuestas; no podría, ella parece existir únicamente en el instante (“espacio-ya”, diría la poeta brasileña Clarice Lispector) que fabrica exorcista este alter ego, apoderándose del organismo de otro ser también alterno: Bárbara Lázara (http://barbaralazara.yolasite.com/aurora-yaqui.php); mujer sonriente que camina despreocupada al término de la presentación… como si nada hubiera hecho.
            Lo confieso, me sorprendió el poder inmenso del arte sonoro, me cautiva la huella (presencia de la ausencia) que deja el sonido profundamente vivo del cuerpo: al inicio no fue el verbo, quizá un grito despacito, casi en secreto. “Esta mujer es bruja-cueva, mar de helechos, pluma-carda”, pienso, pero me falla la metáfora: para el arte de Aurora Yaqui no puede desearse sino largo aliento.

Aurora Yaqui

Between the moon and the sun no arcane mediates, only the dawn; watercolor instant that inks up the crystals of those who awake, black second the night that becomes morning at the next, sometimes gray, almost always blue, this time red. Mexico City, October the 6th of 2011, the dawn comes ahead of schedule, it was almost 10:00pm too early to see her, but there she was, with black hair covering her face Aurora Yaqui places herself upon a chair on the center of the structure, at her feet a microphone, a sophisticated device that records reproduces sound and the pomegranate light.

Walls with needle arches pointing to the heavens, covered with a tarp because there is no roof; we are sheltered by the institutional promises advertised alongside the door: Soon to be restored by the INBA. But not today: on this day, as on every Thursday of the first week of the month, the space has been artistically intervened, as an initiative form the VOLTA 07 sound improvisation and intervention sessions, an independent project managed by Juan Jose Rivas (http://juanjoserivas.info/volta/).

The first discovery is that in the middle of the street, smack in the metropolis core, there crumbles unseen an old Anglican church inside the British-American Museum of Mexico’s land, on Articulo 123 street almost at the corner of Bucareli; there, very close to the homeless campsite that not so long ago arrived at the Alameda, temporary and in the margins like them, we witness the construction of sound pieces from the performance and the amplified voice that Aurora Yaqui proposes-decides.

There is no see, but inside the structure tempests are heard coming from an innermost center, the wind is powerfully expelled from within the feminine plexus that arches up. From mystery to good omens is set the bridge: on one end the hidden damage, on the other blind faith; in the middle, the crab sheds its shell, without claws it gives it all up, it only gives away, leaves the hat for the rabbit to hide. Then a bird (or many), loud shrieks hang from the air that still rumbles and a snake appears with tongue clicks and submerges her rattle into the waters.

It is not magic, although it surely borrows more than one ingredient: it is a moment that thanks to the sound becomes alchemy to fill up the lagoon where there is no reflection: dark waters from the oracle that palpate uncertainty, the future, one never know whether we will be on time. If at the bottom we usually think of ourselves as human abyss, the voice without words of Yaqui Dawn shows us the inner universe, the one that inhabits us, often unknowingly.

“Howlers, phonemes, screams, moans and purrs from the core of my holes”, that is how this creator presents her work, but there is more, much more: from the hollows that the artist opens flows the breath, gives life, there are trees, rivers, mountains, wings, beaks that croak. Suddenly, the ritual calling from an old singer that seem to take over the young entrails, “boiling of living moans all the way to the clan’s  goddess’ warm blow”, as it was described on Interregno’s web site (http://interregno.org/?q=node/26), about a prior presentation of the artist at the Mexican Museum of Ancient Toys.

To me, Aurora Yaqui’s creation became sonosphere, the “armony of the spheres”, about which I heard from Sofia Blanco same that the very first inhabitants of Babylon and the ancient Greeks perhaps heard in dreams. The inaudible sounds of the planets, the muffled noise of the whole cosmos, now going up through the throat of a woman in a black-yellow blouse, via loop, to settle in the ambience, from there they gradually filter in, liquid, through the bodily cracks of us listeners.

In attention, I start to wonder, in what galaxy’s sound am I hurting? Which one is lodged behind the left ovary?; why did I go from the calm felt at the top –alleviated when, expecting sea I found mountain-, to the slight twinge on the side of the hip, right at the celestial moment of the immense?; why the return of the sorceress chanting and or what I perceive as an eagle, maybe more terrestrial eve if it flies, coincides with the flight of the trace that sat on the back of the gut?

I do not dare ask Aurora Yaki whether she has the answers; I could not, she seems to exist only in the instant (“now-space” Brazilian poet Clarice Lispector would say) that this alter ego exorcises manufactures, taking over the organism of another also alternate being: Bárbara Lázara (http://barbaralazara.yolasite.com/aurora-yaqui.php); smiling woman who carelessly walks at the end of the presentation… as if she had done nothing.

I confess, I was surprised by the immense power of sound art, the footprint (presence of the absence) left by the body’s profoundly alive sound captivates me: on the beginning it was not the verb, perhaps a quiet shout, almost secret. “This woman is witch-cave, sea of ferns, feather-teasel“, I think, but I am lacking the metaphor: for the art of Aurora Yaki one cannot wish but for a long breath.

Antes y después

Novelista, cuentista, poeta, investigador y promotor de letras indígenas, el escritor Carlos Montemayor ha sido, ante todo, voz que denuncia la violencia de Estado en México: lo hizo siempre, valiéndose del arma de las letras. Como novelista, su ficción nunca ocultó la realidad, cruda y sangrienta, que marcó el sino de movimientos como el de Lucio Cabañas en Guerrero o el del grupo comunista -encabezado por Arturo Gámiz, Salvador y Salomón Gaytán, y Pablo Gómez- que participó del Asalto al cuartel Madera en su estado natal, Chihuahua. Como poeta, tampoco renunció a su compromiso ideológico y social, enérgico alzó la voz en las estrofas de Las armas del viento y Elegía de Tlatelolco. Analista riguroso y crítico, registró en varios ensayos, como pocos se han atrevido, valiente y claro, la historia contemporánea de los movimientos sociales que el Estado mexicano ha agredido de manera sistemática: La guerrilla recurrente, Chiapas, la rebelión indígena de México, La violencia de Estado en México, antes y después de 1968, por ejemplo.

Me atrevo a decir que este último libro, La violencia de Estado en México, antes y después de 1968, contiene las claves para comprender de una buena vez la magnitud del poder gubernamental en el país (que no es enemigo pequeño) y, sobre todo, para entender que muchas de las estrategias que el Estado ha implementado para “quebrar” los movimientos sociales que emergen a él contrarios, siguen vigentes; las alimentan los propios participantes en dichos movimientos o los simpatizantes de ellos que, en el mejor de los casos por ingenuidad, en el peor por actitudes que no puedo sino considerar de ego, “compran” las versiones del Estado, sin darse cuenta de quién realmente se las está vendiendo.

Así, tenemos casos en los que la historia no oficial, ¡qué curioso!, termina siendo la oficial: La noche de Tlatelolco, el ejemplo más claro, libro del que nadie se pregunta nada, pues su autora ha sido arropada por la izquierda mexicana, sea lo que quiera a estas alturas decir eso. Nadie se pregunta, por ejemplo, cómo es que en un momento histórico en el que prevalecía la censura y la persecución, una mujer, de la nada, tuvo acceso a toda la “información” que le permitiría escribir el libro que, hasta hoy, da cuenta de lo sucedido el 2 de octubre de 1968; un libro tan distinto a los escritos por José Revueltas o por el propio Carlos Montemayor, desafortunadamente menos leídos por las nuevas generaciones.

Como el título lo indica, el análisis de Carlos Montemayor va más allá de lo evidente. Primero en términos históricos: antes y después de 1968; sí, lo que ahora sucede no se gestó, como muchos todavía creen, en 1968, sino antes, mucho antes, en otros contextos geográficos e ideológicos: 1956, por decir lo menos, con el movimiento de médicos del Instituto Politécnico Nacional que terminó con la ocupación militar de las instalaciones de dicha institución el 23 de septiembre y con la aprehensión, un 2 de octubre también, de Nicandro Mendoza, líder estudiantil; o 1959 en la sierra de Chihuahua, donde se empezaba a gestar el movimiento popular que ocupó al autor en su novela las armas del alba; o 1963 en Morelia, donde surgió una organización estudiantil de ascendencia comunista: la Cened. Mención aparte merece la huelga que se gestó en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional Autónoma de México en 1966 y que, ¡otra vez sorprende!, culminó con la renuncia del rector. Mención a parte digo, porque ese “triunfo” deja de sorprender cuando se sabe, años después, que el grupo “triunfante” nada tenía que ver con las demandas de los estudiantes, fue pues un “triunfo” gubernamental.

Después también, 1968 no fue el final: le siguió el Jueves de Corpus de 1971, con la intervención de “Los halcones”, grupo paramilitar creado por el Estado y puesto “a prueba” durante la masacre de Tlatelolco de 1968; luego la guerra sucia, particularmente en Guerrero, más adelante Chiapas, Atenco y de ahí, “pal real”, como diríamos: todos y cada uno de los movimientos sociales surgidos en México han sido combatidos por el Estado de frente, pero también soterradamente, mediante grupos de guardias blancas, de agentes infiltrados en las organizaciones, de verdaderas masacres contra las poblaciones “simpatizantes” de dichos movimientos, pero sobre todo, con la generación de mitos.

Creer, por ejemplo, que el movimiento estudiantil de 1968, fue apoyado y financiado por grupos comunistas cubanos, es sostener la versión del Estado, falsa como lo prueba el análisis de Montemayor, pues en aquel entonces, el régimen cubano cuidaba con esmero la buena relación diplomática que tenía con México: no intervino para ayudar al gobierno mexicano, pero tampoco aceptó entrenar militarmente a los exiliados que sí recibió más tarde (¿podemos culparlos por ello?, a mí me parece natural que lo hayan hecho, su Revolución era lo primordial y en ese momento, sólo el gobierno mexicano se mantenía al margen del bloqueo que impuso a la isla el capitalismo encabezado por Estados Unidos de Norteamérica). Hasta la fecha, en Cuba se conoce más el perfil izquierdo que les mostraba Echeverría, aparente simpatizante de Fidel Castro y Salvador Allende, aunque ahora se sepa que, por la derecha, hacía planes con Nixon para “quitar la bandera de Latinoamérica a Castro” y para ayudar, como hizo, al grupo golpista en Chile contra Allende.

El Estado también crea a modo “traidores” dentro de las organizaciones sociales: si bien es cierto que es práctica frecuente la infiltración de agentes de Gobernación, e incluso de la CIA, entre los participantes de movimientos sociales, también es verdad que la paranoia creada mediante este método por el gobierno, es utilizada por el propio Estado para “descabezar” a los movimientos: basta con decir que el líder más carismático es un “provocador” para que el rumor corra como la pólvora y estalle la bomba en el mismo centro de la organización que se dispone, presta, a enjuiciar y condenar (ahí están los juicios casi sumarios que dictaminaron la salida de José Revueltas del Partido Comunista; en su caso, por ser “demasiado” crítico).

Personalmente he vivido las consecuencias. Conozco bien la urdimbre sutil que teje el Estado para callar, no sólo a los líderes, sino a las siguientes generaciones que habremos de pensar muy bien si es conveniente para cualquiera a nuestro alrededor que nuestro nombre aparezca y es que, tienen razón, uno no lo hurta, lo hereda; ya sabemos que al Estado le preocupan las “semillas” incluso en el vientre, lo vimos con la masacre de Acteal o con el encarcelamiento de los hermanos Cerezo; lo vemos ahora con el reciente asesinato de la esposa de Lucio Cabañas; lo veo yo, con mi familia, callada hasta ahora en que me atrevo a sentarme aquí para hablarles de lo que nunca hablamos porque sabemos que, en nuestro caso, la acusación contra mi padre nos resta legitimidad, no desde la derecha, sino desde la propia izquierda, como seguramente calculó el Estado que sucedería.

Soy hija de Sócrates Campos Lemus, el “infame”, como hace poco vi en Internet que pregunta por él un joven en un foro de Yahoo, al que otro joven responde que “desafortunadamente sigue entre nosotros”; soy hija de “la leyenda negra”, como leí que una chica lo llamaba en su bien intencionado blog cuando intentaba informar sobre el movimiento estudiantil de 1968; soy hija del “provocador”, del “agente pagado por Gobernación” que luego se convirtió a golpe de discursos en “agente de la CIA”, como aseguran algunos de los integrantes del Comité de la Verdad (ante quienes, por cierto, compareció sin que resultara de ello una denuncia formal); soy hija del que “fue diputado tres veces” (por lo visto sin que nosotros, su familia, nos enteráramos), como señaló frente a mi madre una periodista sin imaginar a quién tenía enfrente. Durante mucho tiempo, por obvias razones, me negué a hablar sobre mi padre y sobre el movimiento de 1968; es más, hubo momentos en que yo misma me preguntaba qué había de verdad en lo que de él se ha dicho, buscaba saber, no pretendía defenderlo si no tuviera defensa e, incluso, ahora sabiendo que la tiene, no defiendo porque nada hay que defender. Si hablo ahora de esto es porque considero importante sacar a la luz los hilos que, al parecer, no vemos: como bien dice Carlos Montemayor, “las cosas no son simples (…) la guerra y la represión no son simples”.

En el caso de mi padre, para quienes no lo sepan, la acusación se “sostiene” en dos argumentos principalmente. El primero es que era un “provocador” porque “en un mitin en el zócalo, tomó el micrófono y preguntó a la gente si querían quedarse en un plantón hasta el día del Informe Presidencial”. Es cierto, lo hizo, hay videos que así lo atestiguan, pero podríamos pensar que era un joven de 23 años radical, sí, como lo sigue siendo, como lo soy yo también, como quizá muchos de ustedes lo son igualmente; de ahí a considerar que él calculaba la represión que esto provocaría hay largo trecho, pues nadie entonces imaginaba que el Estado haría lo que finalmente hizo. Además, habría que preguntarse, entonces, por qué si era empleado de Gobernación, fue encarcelado, torturado y exiliado.

El segundo argumento es que “traicionó al movimiento” porque hizo una declaración ministerial implicando a varias personas, entre ellas a la escritora Elena Garro (compañera sentimental de Octavio Paz, quien acababa de manifestar abiertamente su rechazo a la “mano dura” del gobierno mexicano) y porque, según algunos testimonios, le llevaron celda por celda a señalar a cada uno de sus compañeros. Sí, también es cierto: la declaración puede incluso consultarse por Internet, lo que habrá que preguntarse es si puede llamársele traición a las palabras “dichas” luego de sesiones interminables de tortura, ¡como si no conociéramos los métodos!, tortura que pocos soportan sin abrir la boca, mucho menos negándose a firmar documentos ya redactados por el propio Ministerio Público (como sí pudo negarse Tomás Cabeza de Vaca, mis respetos, cuando quisieron del mismo modo implicar con su “denuncia” a quien era entonces Secretario de Agricultura); es conocido que dentro de los movimientos guerrilleros se impone un plazo de unas cuantas horas en el que el detenido soporte la tortura, antes de “abrir el pico”, para dar tiempo a que los demás se cambien de lugar y no sean aprehendidos por lo que él acabe diciendo. En cuanto al señalamiento de sus compañeros, me parece que es una práctica de tortura o parte de la misma: ¿qué necesidad tiene la policía de que algún miembro de un movimiento que no es clandestino, como fue el caso, diga los nombres de los otros presos que aparecían en todos los periódicos?

En fin, por acusaciones sobre la actuación de mi padre en el Movimiento Estudiantil de 1968 no paramos. A estas principales, le siguen muchas más: desde que andaba armado (cosa que en realidad desconozco), hasta que le prestó un suéter color cereza a otro de los dirigentes del movimiento con la intención de que los del Batallón Olimpia lo detectaran con facilidad; no sé, puede que lo del color del suéter sea cierto, porque a mi padre le gusta la ropa subida de tono, digamos. Sin embargo, tanto José Revueltas como Carlos Montemayor, refieren que el líder al que principalmente se buscaba apresar en el Edificio Chihuahua era mi padre y no al que portaba el colorido, dichoso, suéter. Podría también hablarles de la historia de mi madre y de las medidas de precaución que ella debió tomar por años, muy distintas a las que haría la esposa de un servidor del Estado que habría sido premiado por el buen servicio de acabar con todo un movimiento, el mismo cuyo origen atribuyeron eventualmente a mi madre porque era extranjera. Ya ven que en las versiones oficiales y no oficiales, los movimientos se traen y se llevan en la cartera de una sola persona. Pero esa historia no es mía y, además, reitero que mi intención con este suerte de “confesión-rendición de cuentas pendientes”, no es en realidad hablarles de mi familia, sino de cómo el Estado teje fino y se apoya en la necesidad de creer en algo que todos tenemos, quizá con mayor urgencia quienes denunciamos la violencia de Estado.

Dos de octubre no se olvida, pero debemos reconocer que la memoria es hoy recuerdo acotado, dirigido por el propio Estado, alentado porque le conviene: da para marchas; da también para no enterarnos de fechas igual de importantes antes y después de 1968; da igualmente para no saber la cifra exacta de los muertos que hubo en el país mientras marchábamos; da para que el enojo y la indignación por lo que ahora mismo está pasando, se encauce en el río de consignas, de pancartas, de palabras que está bien decir, pero que nos dejan agotados, sin ganas, sin ánimo para asistir, por ejemplo, al movimiento mundial de indignados que en México no sumó ni 500 personas. Estamos (y me refiero a los activistas, a los luchadores sociales) muy ocupados rastreando entre nosotros mismos la sospecha que el gobierno promueve: ¿quién es el próximo agente de la CIA infiltrado?, ¿quién el extranjero que manipula los movimientos sociales?, ¿quién el líder al que haremos mártir para conducirlo al cadalso?, ¿quién el próximo sacrificado? Mientras tanto, casi 60 mil muertos y un número indeterminado de desaparecidos, son resultado de una “guerra contra el narcotráfico” que un señor llamado Felipe Calderón Hinojosa inició como respuesta a su bien ganada ilegitimidad, una “guerra” que bien podría estar ocultando la “limpieza social” y la agresión contra activistas o grupos guerrilleros como lo han apuntado varios analistas, entre ellos Carlos Fazio.

Tiro la piedra de la autocrítica, siempre en el sentido de la construcción, con el afán de dejarles pensando; lleva buena intención, la prueba es que no escondo la mano: hay que conocer de fondo la violencia de Estado, reconocer, alertas, las estrategias con las que nos ha ido desarticulando, con las que poco a poco, luego de décadas, nos han callado. Leamos para ello, además de los libros que he mencionado, Rehacer la historia, Guerra en el Paraíso, Las mujeres del alba y Los informes secretos. Leamos a Carlos Montemayor, por cierto, padre de mi amiga Victoria, como también es amiga mía la hija de Nicandro Mendoza, primer líder estudiantil apresado; causalidad más que casualidad: somos otra generación, quizá más generosa, menos dispuesta a comprar la cizaña sembrada por el Estado. Sólo quien carece de raíces, del árbol caído hace leña; llegadas desde el poder, en las manos de algunos militantes, las buenas intenciones dejaron de ser piedras y se hicieron dudas, filosas como hachas: igual conducen al infierno, hay que tener cuidado. A los intereses de la derecha les falló conmigo: aunque en esa misma tierra se abonen las acusaciones contra mi padre, esta semilla cayó en el surco izquierdo del arado; no sé de alguien que haya nacido con el corazón del otro lado; los hay, pero eso es una malformación genética.

Verde Shangai de Cristina Rivera Garza

Aludo a algunos de los factores que conforman mi identidad o, si lo prefieren, a unas cuantas de mis múltiples identidades. Lo hago, no por un afán egocéntrico que, confieso, tengo sin duda en cierta medida, sino porque la presentación de Verde Shangai, el libro de Cristina Rivera Garza que nos reunió en la Universidad Autónoma de Querétero hace poco más de un mes, me convoca de forma irremediable a empezar con un tono un tanto autoreferencial.

Podría hablarles de este libro como lectora que suelo ser de casi todo lo que pasa por mis manos y tiene letras; entonces les diría que las diversas historias que conforman Verde Shangai “me atraparon”, que iba de página en página persiguiendo la continuación, el fin, el destino de alguien o de algo, para encontrarme con una esquina donde otro personaje o suceso me llamaba a una nueva persecución que dejaba momentáneamente en la siguiente encrucijada. En ningún momento logré saber, ¡vamos, ni cerca estuve!; imposible adivinar lo que sucedería con nadie y con nada. Ahí seguí, hasta el último punto, literalmente encantada.

Como persona que necesita escribir, con ese apremio que, supongo, tenemos la gran mayoría de quienes no conocemos otro modo de vivir que el constante reinscribirnos (dichos para los hechos) en el mundo, admiro el talento y la capacidad de Cristina Rivera Garza para narrar, para construir la realidad con toda la complejidad que cualquier realidad, incluso la ficticia, supone. Verde Shangai no es una historia “plana” por la que se vaya de principio a fin con facilidad, siguiendo el hilo tendido desde el inicio; fluye, sí, pero como agua que hace meandros, que va subterránea a veces, que cae en cascadas imprevistas, que se bifurca múltiples arroyos, que llega a esteros donde los finales son río y mar al mismo tiempo. Las letras de Cristina son, para mí, líquidas. Eso, tengo que aclararlo, es un elogio; el tipo de arte escrito que me gustaría lograr algún día.

Como antropóloga, la única materia en la que los grados me avalan (cualquier cosa que ello quiera decir, con la poca importancia que eso tiene ahora y siempre en mi vida, además), tengo mucho que decir. Es que, aunque de literatura se trata, Verde Shangai aborda por lo menos tres “problemas” fundamentales para el quehacer que desvela a los etnólogos como yo: la identidad-alteridad, la nominación y la complejidad del objeto social.

Empiezo por el final: la realidad social es compleja, no complicada, compleja, es decir, no puede explicarse alguno de los múltiples factores que la conforman, sin afectar con la propia explicación el resto del entramado sociocultural. Los antropólogos contemporáneos intentamos interpretar, ya ni explicar, el mundo social de ese modo: complejizándolo.

Eso, complejizar la realidad, es precisamente lo que hace Cristina Rivera Garza en Verde Shangai: describe los mundos y las realidades (temporales, espaciales, sociales, culturales, históricas, emocionales) que habitan sus personajes; ubicados en una suerte de laberinto, abren puertas que conducen por pasillos sinuosos a distintos tiempos y geografías, a veces lejos, a veces cerca, recuerdos que viven no sólo en la memoria, que asaltan la vida, tan reales como pueden serlo las percepciones de un color, por ejemplo el verde. Aguamarina que, dicho sea de paso (aquí me concedo en legítimo derecho de todo antropólogo a exponer el dato folk), es justo el tono que en otras culturas no tiene un vocablo particular: se llama igual que el azul, aunque para ellos, me refiero a los pueblos hablantes de lenguas mayences, exista una variedad de palabras que designan con mucha precisión lo que, para nosotros, es solamente negro.

Decía hace un momento que la nominación es otra de las cosas que nos ocupan y preocupan, sobre todo esto último, a los antropólogos (y no sólo a nosotros, pregúnteles a los psicoanalistas y a los filósofos). Nombrar es mucho más que colocar un nombre, el acto de nombrar es también significar, dar un significado a lo que se nombra y, si nos ponemos estrictos, es destinar. No es casual que se prefiera llamar Abel que Caín, Jesús que Judas, Flor que Espina, aunque no falten Dolores y Angustias. El nombre es tan importante que existen culturas donde se mantiene en secreto el nombre real de la persona y se le llama con algún sobrenombre que indica cosas como que es el más pequeño de la familia; el nombre real es al que responde el alma, la esencia de la persona, debe cuidarse puesto que con él se puede enfermar a su portador.

Verde Shangai comienza con un accidente donde hay cristales rotos, heridas, sangre, pero sobre todo, donde se nombra: Xian, mujer, lugar y tiempo. Marina que se hace mujer, lugar y tiempo a la caza de Xian, la chica que fue porque no es y es necesario que sea. Xian, esencia que enferma de memoria para curar de olvido. Marina no se equivoca: “los nombres siempre significan algo”, recordarlos nos salva del olvido porque, cita la autora en la página 118 a Margaret Atwood, “somos, preponderantemente, lo que olvidamos”. Buscando a Xian, Marina se encuentra a sí misma; entre la gente con la que fue y es (Julia, Cristóbal, Su Muy, Horacio, Chiang) recuerda aquello que no ha sido para saber quién es.

Entramos entonces en los terrenos de la identidad-alteridad, la tercera “ocupación preocupada” de la antropología. En síntesis, la identidad se construye mediante la negación, es decir, los seres humanos nos definimos a partir de lo que no somos y que es (re) presentado por el “otro”: la alteridad, lo distinto a lo que somos. Cristina Rivera Garza nos muestra en Verde Shangai el juego de espejos que es la identidad, el “nosotros”, móvil, dinámico, que se convierte en “ustedes”; la invención recíproca de la interacción humana: dime quién soy y te diré a dónde perteneces.

Dejo fuera de mis comentarios gran parte de los senderos que se recorren leyendo este libro; muchos más merecería, por ejemplo, la virtud de los “subtextos”, por llamarlos de algún modo inexacto, en la novela de Cristina Rivera Garza; textos dentro del texto: las referencias históricas y sociológicas; los escritos que comparten mutuamente Marina y Chiang; los cuadros que pinta Xian; las cartas de hijos sin más nombre que iniciales, olvidados letra a letra por el padre que se borra; las noticias de los periódicos; los pensamientos de cada personaje, el diálogo interno sobre un día corto o largo; los poemas y el sentir que “es un verde demasiado amplio”, o la cercanía de la “araña que ora” cuando se añora.

Un par de semanas antes de ser invitada a la presentación (causalidad más que casualidad, creo yo), escuché una entrevista que le hicieron a Cristina en algún programa de radio del que no recuerdo el nombre. La autora decía que el barrio Chino descrito en su libro era el de Ciudad de México, pero también el de San Francisco y cualquier otro en distintas urbes. De visita en Cuba, movida por la curiosidad que me causaron sus palabras y con su libro en la mano, fui al Barrio Chino de La Habana. Bastante cerca de la calle Amargura (donde, por cierto, se sirve el más dulce chocolate) y muy lejos de la de Dolores en el Distrito Federal, encontré el contexto, sujeto-laberinto con puertas por las que también podría llegarse al Verde Shangai.

Escuela Mexicana de Escritores: el oficio como iniciación (Mexican School of Writers: Craft as initiation)

En los terrenos del arte y la cultura, la innovación debe ser siempre bien recibida. Cada espacio que emerge con nuevas propuestas de formación para actores, pintores, bailarines, escultures o escritores, es un lugar ganado a favor de quienes sostienen, a fuerza de creación, la certeza de que es posible construir un mundo mejor.

In the field of art and culture, innovation must always be welcomed. Each new space that emerges with new initiatives of training for actors, painters, dancers, sculptors or writers, is conquered land for those who carry, by the strength of their creation, the certainty that it is possible to build a better world.


Sin duda, la reciente instauración de la Escuela Mexicana de Escritores es uno más de los logros que hemos de celebrar. Resultado de la solidaridad gremial (luego de algunas diferencias de las cuales no daremos cuenta aquí, por considerar que lo valioso es la creación como tal y no lo conflictos que pudieron originarla), esta escuela se constituye como un espacio amable, transparente y riguroso, en el que se dan cita personas interesadas en reflexionar y crear.

Without a doubt, the recent inauguration of the Mexican School of Writers is one more achievement that we must celebrate. Resulting from the guild’s solidarity (after some differences of which we will not give an account here, because we consider that what is valuable is creation per se and not the conflicts that might have originated it), this school becomes a kind, transparent and rigorous space, where people interested on reasoning and creating meet.

A decir de sus fundadores, la propuesta educativa de la EME se basa en una premisa rectora: “El escritor se forma a partir de la abierta interlocución con el alma del mundo y sus congéneres; es escritor quien se atreve a imaginar e indagar las coordenadas de la realidad y el misterio de lo humano. El desarrollo del trabajo literario no es un problema de redacción, pues además de saber usar las palabras y ejercitarlas en los géneros literarios que más se avengan al propio talante, la misión del escritor requiere del auxilio de muchas disciplinas y conocimientos; además del arte de escribir precisamos de la mitología, la filosofía, la psicología, la historia, la antropología y el arte todo”.

As its founders say, the educational initiative of the EME (MSW in English) is based on a leading premise: “The writer is formed by the open dialog with the soul of the world and their fellow humans; writers are those who dare imagining and inquiring into the coordinates of humanity’s reality and mystery. Literary work’s development is not a problem about syntax, because beyond knowing how to use words and applying them into the literary genre that most suits our own personality, the writer’s mission requires the help from many disciplines and knowledge fields; besides the art of writing we have need of mythology, philosophy, psychology, history, anthropology and art above all”.


Para quienes integran esta escuela (maestros y alumnos, socios todos de la Asociación Civil que constituyeron), el oficio de escritor requiere, más que de valores curriculares y experiencias puramente académicas, de la iniciación: “somos concientes de que esa aptitud llamada talento no se puede trasmitir y que el oficio de escritor no se puede enseñar; lo aprende quien se siente llamado a ello, quien sabe mantener una dialéctica consigo mismo y reconocer interlocutores. Como en cualquier actividad donde el individuo se haga cargo de sí mismo, no se llama escritor quien obtiene un diploma, sino quien crea una obra y es preciso dejarse asombrar por el mundo para no apresurarnos a ponerle límites ni reglas”.

To those who constitute this school (faculty and alumni, all of them members of the nonprofit they created), the craft of writer requires, more than curricular credits and purely academicals experiences, of the initiation: “we are conscious that this skill called talent cannot be transmitted and that the craft of writer cannot be taught; only those who feel called to it learn it, those who can keep a dialectics with themselves and acknowledge those with whom they maintain a dialog. As in any activity where the individual takes charge of themselves, we do not call writer those with a diploma, but rather those who create work and it is necessary to let ourselves be dazzled by the world so that we don’t rush to set limits nor rules to it”.


Así, la propuesta es la iniciación de talentos y, como toda iniciación, diríamos los antropólogos, se enmarca en el proceso de un ritual de paso. En este caso, el pasaje por la EME promete culminar con la creación de una obra literaria que permita a los egresados reconocerse con certeza como escritores. Como es deseable en cualquier comunidad, de nuevo dicho con una perspectiva antropológica, los integrantes de la EME procuran el apoyo colectivo para que cada individuo consiga sus objetivos; esto, hay que decirlo, no sólo es laudable, sino digno de agradecimiento, pues quienes sentimos la urgencia vital de liarnos con las palabras, sabemos bien que es en sumo difícil sortear sin guía los obstáculos que impone el mundo editorial y el del arte institucionalizado. Por lo anterior, aunque no sólo por eso: ¡buena fortuna para los creadores de la Escuela Mexicana de Escritores! Las inscripciones han iniciado ya y toda la información (instalaciones, Consejo Académico, Plan de Estudios, etcétera) sobre esta escuela puede consultarse en su página electrónica (www.escueladeescritores.com).

So the proposal is the initiation of talents and as any initiation, as we anthropologists would say, it is the framework for a rite of passage. In this case, passage through the EME promises to end with the creation of a literary piece that allows graduates to recognize themselves as writers with certainty. As it is desirable in any community, again said from an anthropologic perspective, the members of the EME procure collective support so that each individual achieves their goals; that is, we must say it, not just something to be praised, but thanked, for those of us who feel the vital urgency to entangle ourselves with the words, know all too well that it is very hard to navigate without guidance the obstacles imposed upon us by the editorial world and institutional art. Because of the above, and not just for that: Godspeed to the creators of the Mexican School of Writers! Enrolment has started and all information (campus, Faculty, Curricula, etcetera) about this school can be found at their website (www.escueladeescritores.com).


“Quien sigue su vocación, sigue la voz del destino”, aseguran sus actuales integrantes; coincido plenamente y agrego: cada individuo que atiende el llamado de su sino, contribuye a construir sociedades más felices.

“Those who follow their calling, follow the voice of destiny”, their current members assure us; and I fully agree and ad: each individual who hears the call of their fate, contributes to create happier societies.

Marcha con rumbo... hacia la paz

Curiosa paradoja la de nuestros tiempos. La "modernidad" va quitando obstáculos en los senderos que recorren buena parte de los seres humanos. Aquí estamos, procurándonos alimentos que no hemos tenido que cultivar o cazar; haciendo uso del agua que llega hasta nuestras viviendas a través de largas tuberías que conducen al grifo que tenemos más próximo; prendiendo una computadora para saber de los amigos, arreglar negocios e, incluso, cumplir con nuestro trabajo sin tener que aparecernos necesariamente en una oficina que nos quede lejos de casa.

Sí, la "sobremodernidad", como llama Marc Augé, antropólogo francés, a la abundancia de esta época en las sociedades capitalistas, nos allana el camino y facilita la consecución de metas, sobre todo de aquellas que están dirigidas al consumo y a la generación de capital, pero también nos quita el sentido, el rumbo y eso, hay que decirlo, es probablemente lo peor que puede sucederle a un ser humano. Estamos tan inmersos en la lógica del consumo, que vamos perdiendo el camino, un día nos sentimos perdidos, tan perdidos que cada vez más seres humanos jóvenes y en pleno uso de sus facultades optan por el suicidio. "¿Pero cómo?, si lo tenía todo", exclaman consternados los familiares... Todo no. Había algo que le faltaba a su vida: no tenía sentido.

En términos estrictos, vivir no requiere forzosamente un sentido; al parecer, animales y plantas viven cumpliendo el cometido que la vida les ha asignado, sin conciencia del mismo y sin falla. Nacen, crecen, se reproducen y mueren; de este modo dan continuidad a la existencia de su especie que, a su vez, posibilita la vida de otras especies, en un delicado equilibrio al que llamamos naturaleza. Sin embargo, los seres humanos somos "bichos raros", pensamos de un modo, sino exclusivo, sí único y, por eso, nuestra vida es algo que no podemos asimilar sin un sentido, al menos no de manera que nos satisfaga y nos permita sentirnos felices. 

Como ha demostrado Viktor Frankl, psicoanalista sobreviviente a los campos de exterminio alemanes durante la Segunda Guerra Mundial, incluso para sobrevivir, los seres humanos necesitamos otorgarle un sentido a nuestra vida. En su libro "El hombre en busca de sentido", Frankl asegura haber visto cómo algunos reclusos en los campos de concentración nazis eran capaces de sobrevivir a los peores tormentos. La gran mayoría de los que sobrevivieron a las atrocidades del mandato de Hitler, lo hicieron entre otras cosas gracias a que su vida tenía sentido para ellos, un sentido que ellos eligieron darle; si su vida entera llevaba un rumbo definido conciente y previamente por sí mismos, cualquier suceso en el camino tendría sentido de igual manera.

No se trata de resignación, sino de comprensión, de saber que lo que nos pasa sucede dentro de un contexto más amplio: el de nuestra vida que no se reduce a los momentos de desgracia. Se trata también de compromiso, de actuar conforme el sentido que otorgamos a nuestra vida. ¿Se ha preguntado para qué vive?, no por qué vive, sino para qué. Saber cuál ha sido la intención de un ser supremo o de alguna energía divina (a la que podemos llamar Dios o como usted prefiera) cuando nos puso, a cada uno de nosotros, en este mundo a vivir, es imposible; podemos creer lo que mejor nos parezca, pero saberlo con certeza no es algo que nos esté permitido, por eso resulta ocioso preguntarse en tales términos para qué vivimos.

La única respuesta que podemos dar a la pregunta "¿para qué vivo?" es la que nosotros elijamos arbitraria e individualmente. Vivimos para lo que decidamos que vamos a vivir. Así de sencillo, así de complejo. Umberto Eco, erudito italiano, considera que la ética laica (la de quienes no nos asumimos como practicantes o creyentes de alguna religión institucionalizada), se funda en la certeza de "un otro futuro", es decir, en la convicción de que el sentido de nuestra vida es construir y heredar a las siguientes generaciones un mundo mejor del que tenemos. Coincido. Para mí (ya que ésto es personal) el sentido de mi vida es seguir el camino que creo que desemboca en la consecución de una sociedad mexicana más equitativa, menos violenta, más creativa, más constructiva. En el rumbo que sigo, el próximo 8 de mayo me encuentro con otras personas, las que vienen caminando en la Marcha por la paz.  ¿Idealismo? Quizá, pero el sentido vital de cualquier persona tiene que ser un ideal que le mantenga vivo, con rumbo, luchando, ganando, en este caso la paz social.





    




    

Creación con causa: Ciclo de Teatro Útil

“¿Para qué sirve el teatro?, se preguntaba William Shakespeare, “¿somos la crónica y el reflejo del presente, o somos pura mentira? Quizá ningún otro cuestionamiento respecto al arte en general sea tan pertinente como éste, ahora que vivenciamos el horror de la violencia. Hace unas semanas, Javier Sicilia, poeta y filósofo, hizo un llamado a la ciudadanía; el asesinato de su hijo lo condujo sin remedio hacia el desgarrado territorio que habitan los deudos de nuestro país: miles de padres, madres, abuelos e hijos, que dejan de llorar la pérdida sólo porque necesitan justicia; ya vendrá la época del duelo sereno que consuela, ahora son tiempos de lucha, de peticiones, de exigencia: “Ya basta”.

“El mundo ya no es digno de la palabra, nos la ahogaron en la garganta. No hay más poesía en mí”, aseguró el poeta. Pero los artistas como él son irremediablemente biofílicos, para ellos la vida sigue valiendo la pena del mundo y por eso acude al arte, ese que hoy le falta, convencido de que en la creación se gesta la vida misma. La de Sicilia es una voz que se reúne a las de otros escritores que ya no están (como la de Susana Chávez, activista de Ciudad Juárez recientemente asesinada, o la de los maestros José Revueltas y Carlos Montemayor, cuyas denuncias fueron escasamente escuchadas); pero también se mezcla con los gritos desoídos de la gente que no habla más que desde dónde les mataron a alguien, en prosa, sin poesía quizá, y a los susurros de los presos sin juzgar o juzgados mal, así como a los de su gente, juzgada también sin deberla, aunque, eso sí, temiéndola.

Es un coro que nos invita a decir a los que todavía no pasamos por las funerarias, a los que aún no estamos tentados a asomarnos a las fosas buscando lo que nos hace falta y que no sabemos todavía qué más hacer sino arte. Arte frente a la muerte, arte frente a la sangre, arte para las cruces desérticas, arte para los cadáveres, arte para la discriminación, arte para quienes seguimos vivos; creación con causa para seguir creyendo. El Ciclo de Teatro Útil es un proyecto concebido por el Foro Shakespeare bajo tales premisas.

Se trata de teatro social, teatro documental, teatro político, teatro periodístico, teatro de denuncia, teatro contemporáneo, teatro que refleja la realidad nacional actual y de los años recientes, en resumidas cuentas, Teatro Útil. Desde hace un mes y hasta junio, todos los miércoles a las ocho de la noche, en el Foro Shakespeare, se presenta una obra distinta sobre diversos temas que, desafortunadamente, nos atañen hoy a los mexicanos: la tragedia de la Guardería ABC, los feminicidios en Ciudad Juárez, la diversidad sexual, el VIH-SIDA, la represión en Atenco, los presos políticos, la violencia de género, la niños de la calle, etcétera. Al final de cada función hay una charla-debate entre los integrantes del grupo teatral y personalidades expertas en el tema de la obra, con el público. Parte de las ganancias de la taquilla se entregan a una organización no gubernamental vinculada con el tema abordado.

Humberto Robles, coordinador del ciclo, e Ítari Martha, codirectora del Foro Shakespeare en la Ciudad de México, explican que el término “Teatro útil” fue acuñado por el dramaturgo Bertolt Brecht, considerando que el mismo trataría de temas del acontecer nacional, como una forma de denunciar, informar y concienciar al público. “Es Teatro Útil porque al final de la función hay charlas-debate con expertos en los temas relacionados con cada obra y el público, lo que permite informar. Es Teatro Útil porque parte de las ganancias se destinan solidariamente a organizaciones no gubernamentales en lucha y resistencia”.

El Ciclo de Teatro Útil es, sin duda, un espacio de creación, no sólo artística, sino social, que busca informar de un modo creativo a la gente sobre los temas que deben interesarnos si queremos modificar el rumbo que hemos tomado en México. Esto es algo que escasamente vemos en la cartelera de espectáculos de nuestro país, por ello constituye una oportunidad única para asomarnos a lo que nos acontece cada día de manera responsable, contribuyendo en algo al arte, a la cultura y a la sociedad misma. Quienes creamos (actores, directores, dramaturgos, escritores) queremos seguir creyendo; su asistencia lo hará posible porque, como afirma Humberto Robles, “el teatro no existe si tú no asistes”.

El respeto a la mascota ajena es la paz

A Bruno Antoine, coordinador de Amazon CARES (Comunidad para Animales, Rescate, Educación y Salud), en Iquitos, Perú. Como él dice, trabajar por los animales lo hace más humano.

En México cada vez es más frecuente enterarse de medidas, incluso oficiales, que implican el maltrato a los animales. Autoridades de diversas ciudades se dicen preocupadas por los problemas ocasionados debido a la sobrepoblación de gatos y perros en situación de calle, por lo que autorizan matanzas que poco tienen de civilizadas, en lugar de apoyar a las asociaciones civiles que combaten el mismo problema con esterilizaciones masivas y con actividades para concienciar a las personas sobre sus obligaciones como dueños de mascotas.
Ahora, la novedad en las redes sociales es un comunicado mediante el cual, un grupo de personas que asegura conformar el Consejo Vecinal de la Colonia Condesa en la Ciudad de México, convoca a llenar las calles de esa demarcación con alimento envenenado para asesinar a perros y gatos; se dicen inconformes con los dueños irresponsables de mascotas a las que traen sin correa y que no levantan las heces de sus animales. Su molestia es comprensible, pues a nadie resulta agradable andar por aceras minadas de excrementos, ni respirar el aire contaminado por los mismos y, mucho menos, han de mostrarse felices frente a la preocupación de que ellos o sus hijos puedan ser atacados por alguna mascota que resulte peligrosa y no sea controlada por su dueño. Sí, la exigencia para que sean respetados sus derechos es legítima, pero no lo es la medida que proponen para lograrlo, puesto que, entre otras cosas, atenta contra uno de los principios básicos de la convivencia y la legalidad: no se puede hacer justicia cometiendo injusticias.
Podría hablar de los derechos que los propios animales tienen, pero me queda claro que, para quienes no los aman, este argumento resulta endeble. Sin embargo, hay otras razones que deberían interesarles a las personas que consideran el “exterminio” (palabra usada por ellos en su comunicado) como una opción para garantizar, dicen nuevamente los convocantes, “la seguridad de nuestros hijos”. Precisamente por sus hijos es que resulta necesario abordar el tema de manera seria y, sobre todo, analizar a fondo lo que, hasta ahora, les parece una solución viable a un problema que es mucho más complejo.
Puede ser que a los miembros de esta supuesta organización vecinal tampoco les importe matar “accidentalmente” a las mascotas de personas que sí son responsables, o a animales que se han extraviado por un lamentable descuido, haciendo pagar a “justos por pecadores”; “daños colaterales, tristes pero inevitables”, pensarán. Quizá también sean indiferentes frente a la posibilidad de que la víctima sea un ser humano, un niño que por curiosidad ingiera el alimento con veneno, por ejemplo; tal vez no les parezca grave la inseguridad para ese infante porque ese hijo es de alguien más.  Ni pensar en que les preocupe el bienestar emocional de los niños que comparten su tiempo y su vida con una mascota a la que probablemente verán morir en la calle sin poder hacer nada al respecto, angustiados, asustados, marcados psicológicamente por una experiencia que, a todas luces, es violenta.
Lo que sí debe importarles, en principio porque es una de sus obligaciones como padres de familia, es la salud mental y emocional de sus hijos. Sin duda, inculcar en los niños que la agresión contra seres vivos es una forma legítima y normal para resolver los problemas sociales de convivencia no es buena idea. Las consecuencias de fomentar la cultura de la violencia es palpable en nuestra sociedad y, en muchos casos, la criminalidad de la que tanto nos quejamos ha estado asociada al maltrato animal; basta con leer los peritajes psicológicos donde se señala que, de niños, asesinos seriales famosos, tristemente célebres por la crueldad con la que cometieron sus crímenes, torturaban y asesinaban mascotas.
Las medidas de exterminio que este y otros grupos de personas promueven, no contribuyen a crear conciencia en los dueños irresponsables (quienes ciertamente deben asumir las obligaciones adquiridas con sus mascotas para no afectar a los demás), ni ayudan a la armonía entre los seres humanos que se encuentran conviviendo. Por el contrario, fomentan la agresión social que de por sí estamos padeciendo. Además de la violencia desbordada que hoy vivimos y sufrimos en el país, en el extranjero se comenta con desagrado y franca desaprobación que los mexicanos somos un pueblo que maltrata a los animales. ¡Qué pena!, porque, como decía Mahatma Ghandi, “la grandeza de una sociedad se puede averiguar por la forma con que trata a sus animales”.