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Just Tania
Mexico
La autora, conocida en los ámbitos afectivos y menos académicos como La Milagrosa (milagrous, milagrera, milagrito), es antropóloga (a un capítulo y medio del grado de doctora), docente por vocación y agradecimiento (así como se lee), escritora por vital necesidad y aprendíz de equilibrista... Pero, sobre todo, es únicamente Tania.
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martes 7 de abril de 2009

La telaraña cósmica

A Enrique Campos Romo, apasionado conocedor del tema.
Ahora resulta que el vacío no es tal. Cuando miramos hacia arriba y nos maravillamos con el brillo de los cuerpos celestes suspendidos en la nada, lo que vemos son estrellas y planetas que se sostienen en una suerte de molde energético, cuya fuerza contrarresta la de la gravedad. Se trata de la Teoría de la Materia Oscura, producto del pensamiento de varios astrónomos que, desde hace al menos dos décadas, intentan explicar la estructura del universo invisible. Aunque el cosmos ha sido motivo de observaciones científicas mediante instrumentos cada vez más precisos, en la actualidad sólo “conocemos” el cuatro por ciento de sus componentes. Esto es así, en gran medida porque únicamente sólo es posible ver aquella parte del universo que refleja la luz o irradia energía u ondas electromagnéticas (galaxias, estrellas, planetas); el resto, es decir, el noventa y seis por ciento, sigue siendo un enigma. Hasta ahora, la pregunta de cómo podían estrellas y planetas estar suspendidos en el vacío, se resolvía con la Teoría de la Gravedad. Desde niños se nos enseñó que en la Tierra existe una fuerza ejercida constantemente sobre la materia y que la misma era responsable de que los objetos se precipitaran siempre hacia abajo. Se nos decía que, según diversos factores (como la fricción, el peso, el volúmen, etcétera), cada cuerpo presentaba mayor o menor resistencia ante la atracción gravitacional y que había un punto en el que se hacía posible el equilibrio. En el caso del universo, la gravedad también está presente y desempeña la misma función. Sin embargo, los astrónomos no lograban entender cómo es que la masa y características de los cuerpos visibles en el cosmos eran insuficientes para contrarrestar la fuerza de gravedad, de modo que empezaron a suponer que existía mucho más de lo que podían observar. Así surgió la hipótesis de la estructura oscura o invisible, también conocida como la telaraña cósmica. Según esta teoría, la mayor parte del universo está constituido por un tipo de energía que acelera la expansión del universo (que, por tanto, contrarresta la acción gravitacional) y por materia oscura. Esta estructura es invisible (aun con telescopios de alta resolución) porque no emite ni refleja luz alguna u ondas electromagnéticas. El modelo más aceptado entre los astrofísicos para explicar la constitución del cosmos, señala que la materia oscura se distribuye en el universo, formando una gigantesca telaraña cósmica que se condensa en filamentos y halos galácticos por acción de la gravedad que la comprime. Los halos atrapan el gas de la materia visible, atrayéndola a su interior y gestando en su centro, a manera de grandes semilleros, las constelaciones y las estrellas. Tejida en filamentos, con nudos en sus intersecciones y grandes espacios huecos, esta estructura sostiene, nada más y nada menos que al universo. El modelo computacional que recrea este cosmos invisible y la teoría que lo sustenta, fueron desarrollados en la Universidad de Durham, Inglaterra, por un grupo de científicos encabezados por el astrónomo mexicano Carlos Frenk Mora. Gracias al trabajo de este talentoso equipo, hoy es posible reconstruir en tercera dimensión las miles de galaxias que conforman al universo y pone sobre la mesa la maravillosa posibilidad de seguir estudiando el origen del mismo. Por eso, la estructura invisible figura ya entre los diez problemas más relevantes de la ciencia actual. El descubrimiento es fascinante por sí mismo, pero se vuelve verdaderamente extraordinario cuando se piensa en las puertas de conocimiento que abre: probablemente sea el inicio para la reformulación de viejas teorías, hasta ahora cimientos fundamentale de nuestra ciencia, como la de la gravedad y el famoso Big Bang; anuncia nuevas preguntas sobre los elementos que conforman la mayor parte del universo (algunos piensan en partículas exóticas como los neutrinos y el vacío cuántico remante) y se plantea la posibilidad de que existan otras dimensiones cósmicas. No sé a usted, pero a mí este universo invisible me deja, casi literalmente, gravitando. Pienso en que, con toda la arrogancia que nos distingue, los humanos somos tan mínimos con nuestra pequeña galaxia: la Vía Láctea (de la que el sistema solar, donde se encuentra nuestro planeta, ocupa únicamente una millonésima parte). Para la astrofísica esto es un avance de enorme relevancia, pero la telaraña cósmica trae consigo también cuestionamientos de tipo existencial; piense únicamente en lo que significa comprobar que hay cosas que existen, aunque no las podamos visualizar. Más de un filósofo ha pensado antes en el asunto y yo creo que los poetas, licántropos irremediables, miraremos de un modo distinto la luna.

martes 3 de febrero de 2009

Decir "no": asertividad y autoestima

A Jacka, por su genial "No estoy, no quiero, no" que inspiró esta reflexión.
“No”: un monosílabo y, sin embargo, quizá sea la palabra que más trabajo nos cuesta articular de manera aislada. Responder negativamente a una petición es algo que con frecuencia nos causa sentimientos de culpa, a pesar de que esta capacidad para negarnos a hacer lo que no queremos constituye una de las cuestiones fundamentales en el terreno de las relaciones humanas y, en específico, de la llamada asertividad. Ser asertivos es una habilidad social esencial para todas las facetas de nuestra vida que consiste en expresar pensamientos, sentimientos y creencias propias, asumiendo las consecuencias (positivas o negativas) de los mismos y teniendo en cuenta los de los demás. El principio que subyace a la asertividad es el respeto hacia uno mismo seguido, por supuesto, del respeto al resto de las personas. Pero hay que aclarar que, en este caso, el orden de los factores sí altera el resultado obtenido y es que, si bien se insiste en la empatía y la necesidad de no ser insensibles antes las necesidades de nuestros interlocutores, lo más importante es poner por delante nuestros propios deseos. Es justamente esto último lo que nos dificulta la tarea de decir “no” cuando debemos hacerlo. Nuestras sociedades occidentales son, por decirlo de algún modo, afirmativas; en ellas se sobrevalora la disposición a servir a los demás por encima de nuestros deseos y se asocia la negación con el egoísmo, incluso cuando de ella depende en gran medida el mantenimiento de una sana autoestima. En lo que atañe a la educación femenina, el asunto se vuelve verdaderamente complicado y es que en las sociedades de tipo patriarcal se espera la sumisión de las mujeres. En el mejor de los casos, que no en todos lamentablemente, ésta condición subordinada ya no se expresa en la evidente violencia del maltrato físico, pero ello no quiere decir que esté ausente del todo; pervive de forma velada entre otras cosas mediante la asignación de ciertas características al “ser femenino” como la ausencia de agresividad y enojo, así como en la eterna disposición de servir a los demás antes que a sí mismas. Las enseñanzas trasmitidas obstaculizan a las mujeres para ser asertivas; decir claramente lo que sienten y quieren es toda una hazaña cuando sus sentimientos o deseos no coinciden con lo que de ellas se espera. Una chica capaz de asestar un “no” contundente y aislado de mayores explicaciones que lo justifiquen, será pronto calificada de rebelde, egoísta y agresiva, sin importar que su negativa sea justa para con ella misma y que, inclusive, se trate de la respuesta más adecuada ante peticiones francamente abusivas. En el centro de varios de los males sociales más frecuentes, como la codependencia y los distintos tipos de acoso, está precisamente la imposibilidad de decir “no” sin sentir que ello nos hace malas personas. Negarnos a lo que no deseamos o consideramos adecuado para nuestro propio bienestar no es ser egoísta, es un derecho de todos y todas; nadie está obligado a acceder, siempre y bajo cualquier circunstancia, a lo que los demás esperan, sobre todo cuando esa expectativa entraña para nosotros malestar o peligro de cualquier naturaleza. Entre la sumisión y la agresión hay un punto intermedio: la asertividad, habilidad que nos permite ubicarnos de manera autónoma, queriéndonos y respetándonos, sin pasar por encima de lo que sienten los otros. Tan es imprescindible aprender a decir “no” cuando hay que decirlo y tanto se nos hace algo increíblemente complicado hacerlo, que hasta existen técnicas sugeridas por los psicólogos para aprender a negarnos y salvaguardar de ese modo la salud emocional y psíquica. Por ejemplo, se propone “el disco rayado” (repetir una y otra vez nuestros argumentos sin violentarnos, evitando que nos convenzan de lo contrario), “el banco de niebla” (escuchar y dar la razón a lo dicho por el otro, sin dejar que sus palabras nos lleguen profundamente) y “la contra pregunta” (que hace pensar al interlocutor sobre lo que pide, algo como ¿por qué crees que debería hacerlo?). En realidad no importa cómo nos las arreglemos para decir “no” cuando eso queremos, lo fundamental es darnos permiso (nosotras antes que nadie) de ejercer ese derecho.

miércoles 28 de enero de 2009

Amar es conocer

A Bárbara, cómplice, como sólo desde lo femenino se puede serlo.
“Para amar, hay que ser no sólo fuerte sino también sabio” dice Clarissa Pinkola, psicoanalista y antropóloga que ha dedicado buena parte de su vida profesional a desentrañar la esencia de lo femenino. En uno de sus libros (Mujeres que corren con los lobos), Pinkola –quien también sigue la tradición familiar de contar y curar a través de los cuentos–, narra la leyenda de la mujer esqueleto, hermoso relato que aborda de manera profunda el amor de pareja y que resumo a continuación. En una lejana bahía fue arrojado el cuerpo de una hermosa mujer. Su esqueleto yacía en el fondo del mar hasta que un distraído pescador lo sacó a la superficie, enredado en su anzuelo. El hombre quedó aterrorizado ante la presencia de tan peculiar botín, remó hasta la orilla intentando alejarse del cúmulo de huesos que, atrapados por el sedal, parecían perseguirle. Corrió sobre las rocas sin darse cuenta de que era él quien jalaba a la mujer descarnada tras de sí. Exhausto llegó a su casa, trayendo casi a cuestas el esqueleto del que buscaba huir. Dejó sus cosas en una esquina y entre ellas quedó la osamenta desordenada. El hombre la miró largamente; viéndola frágil y temblorosa, se acercó para acomodarla y la arropó con una manta. Cansado por la persecución, el hombre se fue a dormir; después pensaría en el destino que habría de darle a ese terrible tesoro surgido del mar. Mientras dormía, el esqueleto se acercó despacio y notó en la mejilla de su involuntario captor una lágrima que bebió con dulzura; el pecho de aquél varón se abrió y la mujer tomó su corazón para hacerlo sonar como a un tambor. A cada vibración de la víscera tornada música, el esqueleto se iba encarnando, dando forma al cuerpo de la bella fémina. Terminada su labor, ella devolvió a su lugar el corazón, se tendió amorosa junto al hombre y despertaron en un abrazo que anunciaba el inicio del amor perdurable. Mediante el análisis de este cuento, la doctora Pinkola trasmite una serie de enseñanzas que tienen que ver con el ciclo vida-muerte-vida presente en todo lo humano, incluyendo, por supuesto, el espinoso asunto del amor. Una de las cosas más importantes señaladas por la autora es que dentro de una relación de pareja hay muchos finales; la muerte y el renacimiento, en otras palabras la transformación, es quizá el aspecto con el que peor lidiamos las personas de culturas alejadas de los ciclos de la naturaleza que nos enseñan que todo fin trae un inicio y que “hay que saber dejar morir lo que tiene que morir, para permitir que nazca lo nuevo”. ¿Qué muere en el amor? Todo, nos contesta Clarissa, “la ilusión, las expectativas, el ansia de tenerlo todo, de querer tan sólo lo bello, todo muere”. Dentro de los múltiples cambios que surgen en un vínculo estable, para el que menos nos encontramos preparados es para aquél que transforma el enamoramiento en amor y es que confundimos las sensaciones de euforia y placentero bienestar que caracterizan las primeras etapas de una relación, con la construcción de un sentimiento sólido que implica la aceptación del lado oscuro de nosotros y de los otros. A la gente hay que quererla como es, dice una vieja sentencia. Nada más cierto. Pero para llegar a eso se nos olvida con frecuencia que primero hay que mirar a la gente como es. Cuando nos enamoramos somos incapaces de pensar y ver los defectos de la otra persona en su justa dimensión. Si bien hay que vivir y disfrutar intensamente de esta fase de enamoramiento, es necesario igualmente aprender a dejarla ir sin sacrificar el nacimiento de un amor fuerte y duradero, al menos si eso es lo que deseamos obtener. Cuando pasan los efectos de esa explosiva mezcla de hormonas y sentimientos surgida al principio de una relación pasional, la gran mayoría de nosotros anunciamos la muerte definitiva de ese nexo y perdemos la oportunidad de iniciar un camino que, aunque arduo, es absolutamente maravilloso. Así es, el amor verdadero surge únicamente después de que hemos dejado morir nuestras expectativas e ilusiones, cuando enfrentamos de lleno el lado oscuro de la persona con quien un día decidimos compartir la vida y aprendemos a amar sus debilidades y defectos, del mismo modo en que adoramos lo que de ella nos cautiva. Bien lo apunta Clarissa Pinkola: “el deseo de obligar al amor a vivir sólo en su forma más positiva es la causa de que, al final, el amor muera definitivamente”. Amar es conocer. No se trata de pasar por alto lo que no nos gusta del otro para mantenernos estoicos ante sus defectos, sino de tener ganas y esforzarnos por descubrir en todas sus facetas (unas más agradables que otras) a la persona que nos interesa y que, durante el enamoramiento, inventamos en gran medida a partir de nuestros deseos. Por eso es que las relaciones de pareja actuales se han vuelto efímeras: la mujer esqueleto, como representación de esa parte difícil y herida de ambas personas (esa que todos tenemos y que ciertas tradiciones psicoanalíticas llaman “la falta”), emerge del fondo y toma por sorpresa a los amantes; si para entonces no hemos hecho acopio de la sabiduría y el valor que requiere amar profundamente, lo más seguro es que emprendamos la huída y busquemos otra relación. Correr es humano, pero no siempre se enredará en nuestro sedal la osamenta que nos permita amar por encima de nuestros miedos. No hay mejor modo para iniciar una relación de pareja que el de enamorarse y caer irremediablemente en el centro mismo de ese torbellino de emociones que nos hace sentir inmensamente felices, pero tampoco hay mejor manera de asesinar para siempre la posibilidad de un vínculo duradero y estable que el mantenerse más tiempo del debido lejos del lado oscuro. No olvidemos que allí es donde aguarda paciente su nacimiento el verdadero amor, ese que puede brindar un nuevo significado a la unión de dos personas: la existencia creadora en la mutua transformación.

miércoles 21 de enero de 2009

Síndrome "mujer que sabe latín"

A Jenn, bella e inteligente
Rosario Castellanos, escritora mexicana de extraordinarias palabras, sentenció hace mucho tiempo: “mujer que sabe latín, no tiene matrimonio ni buen fin”. Era el México de 1970, cuando lo que se dio por llamar “liberación femenina” apenas se expresaba tímidamente en nuestro país con la aparición de mujeres como Rosario que llevaron la defensa por la equidad de género al nivel del ejemplo. Han pasado más de tres décadas y nadie en su sano juicio puede decir que las mujeres no hayan demostrado ser más que capaces desempeñándose en ámbitos que antes les eran vetados. Aun cuando lamentablemente todavía es necesario enfrentar algunas batallas, el trabajo, el reconocimiento profesional y la obtención de dinero se volvieron parte del mundo femenino hace ya bastantes años. Sin embargo, en algún lugar de este camino arduamente recorrido por las valientes féminas que nos anteceden, algo sucedió con las relaciones intergenéricas; pareciera que la sociedad patriarcal decidió cobrarnos la factura, apartando de las mujeres independientes la posibilidad de formar un vínculo de pareja amoroso y estable. No podría ser de otra manera cuando las legítimas causas se confundieron con una guerra entre géneros que hoy demuestra no tener ningún sentido. El problema no son los espacios conquistados por las féminas, si no el hecho de que la mayoría de los varones no fueran invitados a una lucha que debió ser y sigue siendo de todos. Para mujeres distintas se requieren hombres diferentes y eso es algo que se pasó por alto más tiempo del debido. Aparentemente seguimos teniendo que elegir: seremos amas de casa sosegadas y dispuestas a asumir el rol tradicional de pareja o nos realizaremos profesionalmente, renunciando a compartir la vida con un hombre que nos ame y nos respete. Lo dicho por Rosario Castellanos, quien sufrió en carne propia el desamor, es algo que se sigue viviendo. Entre las chicas este es un tema frecuente: los hombres desean una mujer bonita e inteligente, pero no saben cómo relacionarse con ella. Ya no es suficiente ofrecer protección social y financiera, una mujer que ha estudiado, que trabaja y que se desenvuelve bien de manera independiente no busca quien la mantenga, ni quien cuide de ella en un sentido práctico, pero ello no implica que no quiera tener un compañero. Estoy segura de que esto desconcierta a cualquier varón que haya sido educado bajo normas tradicionales; es complicado comprender que su función como proveedor ya no basta para formar una familia. El síndrome “mujer que sabe latín” se está apoderando de las relaciones de pareja. Ellos se quejan de que las mujeres lindas y con ideas propias creen que nadie las merece y ellas se sienten confundidas cuando un varón les dice que las admira para después salir corriendo. Quizá sea cierto que es más difícil entablar un vínculo amoroso con una mujer que cuestiona y tiene opiniones, pero esto es así sólo cuando se sigue pensando que el amor femenino debe basarse en la necesidad y no en la búsqueda conjunta por compartir una vida plena para ambos. A las mujeres bellas e inteligentes se les estigmatiza, se cree que por mostrarse autónomas e independientes no están interesadas en compartir con un compañero sus logros y los días de su vida. Nada más equivocado: como todo ser humano, estas chicas desean una pareja y no es cierto que el éxito les reste feminidad o capacidad para mostrarse cálidas y amorosas con quienes son parte de su existencia. La admiración no sólo no debería ser un problema cuando de amor se trata, sino que es un ingrediente fundamental para establecer nexos afectivos duraderos y trascendentes. Por supuesto, hay muchos hombres que valoran enormemente la compañía de una mujer hecha y derecha, decidida, fuerte, autónoma. Son quienes no le temen a la renuncia del control, los que se quedan con la mejor parte del universo femenino, ese que sabe dar desde la fortaleza el cariño y el cuidado. Ojalá más varones lo supieran porque, además, parece lógico pensar que es mejor tener como compañera a una persona con la que es un placer hablar. ¿No dicen que al final es eso lo único que queda?

martes 13 de enero de 2009

Matrimonios con fecha de caducidad

Según Stephanie Coontz, socióloga estadounidense, hasta hace unos doscientos años, el amor y el matrimonio no eran asuntos que se concibieran juntos; las parejas se unían con la idea de entablar vínculos sociales y políticos que garantizaran la protección financiera y jurídica de la familia que formarían, más que por razones románticas. Es para la década de 1950 que la libre elección en el contrato de matrimonio ocupó un lugar central, en parte gracias a que los Estados empezaron a proveer a sus ciudadanos de algunas garantías sociales (como el derecho a la salud y a la educación) y también porque las mujeres ganaron independencia económica cuando se les permitió insertarse en el mercado laborar. Como bien dice Alejandro Gándara, articulista de El País, la victoria del “amor matrimonial” acabó por hundir a un buen número de parejas que terminaron en divorcio o, peor aún, “aguantando lo inaguantable”. El problema radica en querer institucionalizar los sentimientos. El matrimonio, como unión reconocida social, cultural y jurídicamente entre dos personas, tiene como fin fundamental la fundación del grupo familiar y la protección del mismo; el amor es harina de otro costal y, aunque sin duda implica un compromiso, éste es de otra naturaleza. El resultado de confundir la institución social con el sentir de dos personas es más que evidente: el porcentaje de disoluciones matrimoniales aumenta cada día y las estadísticas sobre violencia doméstica son en verdad alarmantes; parece que el amor complica las cosas cuando se trata de vincularnos con fines exclusivamente jurídicos o monetarios. Sin embargo, lo que en verdad sobra no es el amor y tampoco el matrimonio (adquirir ciertos derechos a partir de un contrato voluntario nunca está de más, sobre todo en lo que toca a la progenie), sino las ideas erróneas que nuestra sociedad alimenta sobre ambas cosas: ni el matrimonio es la garantía de que el amor perdurará porque hemos firmado un contrato, ni el amor es suficiente para que una pareja conviva de manera sana. No es que el amor y el matrimonio estén peleados (aunque hay quien dice que la mejor manera de alejar al primero es sometiéndolo al segundo); pueden coexistir y, de hecho, es lo deseable cuando se tienen hijos en común. Sin embargo, mantenerse casado y enamorado no es una empresa fácil a la que hay que dedicarle tiempo, esfuerzo y pensamiento. La vida no es estática; si constantemente cambian nuestras circunstancias y objetivos individuales, es de esperarse que haya modificaciones igualmente en la pareja; a mi juicio, resulta imprescindible reflexionar en torno a ello cada cierto tiempo si es que queremos ser felices juntos. Una forma de lograr matrimonios comprometidos entre personas realmente dichosas con su relación sería evidenciar socioculturalmente el carácter temporal del matrimonio, poniéndolo a prueba cada cierto tiempo. Matrimonios con fecha de caducidad es la propuesta que lanza en su blog (http://elmismisimochuchelas.blogspot.com/) Jesús Carvajal Raviella, mejor conocido por quienes coincidimos en afectos e ideas con él como Chu. El asunto es sencillo: todo matrimonio sería convenido por ambas partes de manera libre y únicamente por cinco años con la opción de renovarlo en común acuerdo por otro periodo igual cada vez. No hay que asustarse por el futuro de la familia: en la medida en que existe el divorcio, el vínculo matrimonial es de hecho algo susceptible de ser disuelto, pero olvidamos con frecuencia esta posibilidad y nos quedamos inertes, anulando así la opción de dejar de estar donde no queremos y, más grave aún, de reconquistar el amor de nuestro cónyuge. No es una propuesta en contra de casarse, sino a favor de hacerlo por las razones correctas; se trata de salvar las uniones amorosas y el matrimonio en una época en la que las personas tenemos la maravillosa opción de juntarnos por razones más nobles que la de garantizar nuestra economía. Si nos hacemos verdaderamente responsables del cuidado de nuestras relaciones de pareja, evaluar el estado en el que las mismas se encuentran no es algo que deba evitarse. Por el contrario, obligarnos a reflexionar en este sentido es un buen modo de hacer posibles vínculos sanos y duraderos. Asumir lo anterior con todas las de la ley podría traernos muchas ventajas, pero mientras el marco jurídico no nos lo permita, yo sí creo que vale la pena reanudar la conquista de quien convive con nosotros cada cinco años ¿usted qué cree?

jueves 8 de enero de 2009

Enero del 2009 en el "México mágico"

Terminaron las fiestas. El 2009 comenzó con noticias bastante desalentadoras en nuestro país: un plan económico de la federación para resistir la crisis que ya nos cayó encima; el anuncio de la estrategia que el gobierno del Distrito Federal piensa poner en marcha para coadyuvar a la inminente escasez de agua potable en la Capital de la República Mexicana; nuevos feminicidios en Ciudad Juárez; las primeras muestras de violencia atribuidas al narcotráfico y delitos cometidos por delincuentes comunes cada vez más salvajes. En fin, toda una miríada de eventos que lamentar y que terminan con el optimismo del más valiente. Pero como los mexicanos no somos personas simples ni nos distingue el pesimismo, el panorama noticioso de estos primeros días no deja de estar salpicado con sucesos y declaraciones curiosas, cuando no francamente hilarantes. ¿Qué me dice del sujeto que fue rescatado de la jaula de los tigres en el Zoológico de Chapultepec, luego de que por tomar una foto “más de cerca” a los felinos, tuvo a bien pararse sobre el muro de contención del que cayó directo a las garras de los silvestres animalitos? Por supuesto, el joven salvó la vida luego de que veterinarios y personal de protección civil lograron sacarlo de ahí para que lo atendieran de heridas que no comprometían su vida en el hospital más cercano. Luego, evidentemente, se hizo necesario descartar que el sujeto estuviera bajo los influjos del alcohol o de otro tipo de droga y que no padeciera algún trastorno mental. ¿Quién podía creer que en su sano juicio hiciera algo así? Pues sí, lo hizo así, sin más y, bueno, como corrió con suerte, ahora podemos comentar divertidos lo acontecido. A los capitalinos se nos anunció también, con extrema seriedad por cierto, que las aceras de la Ciudad de México han sido invadidas por gomas de mascar que los transeúntes arrojan luego de haberlas consumido. El dato es en realidad alarmante (un promedio de setenta chicles usados por cuadra recorrida no parece ser cualquier cosa). Por lo pronto, la situación ha hecho que el gobierno local adquiriera máquinas de limpieza alemanas (con tecnología de punta que utiliza vapor y químicos especiales para disolver la golosina, se nos informa) para lustrar las calles del recién restaurado Centro Histórico. Hasta aquí la noticia es al menos inusual, pero adquiere tintes verdaderamente cómicos cuando se lee en las notas que han salido al respecto, que el funcionario al que se entrevistó declaró que las autoridades buscan estrategias innovadoras para enfrentar la problemática, como la utilización de los modernos sistemas de limpia referidos y ¡pedirle a la ciudadanía que se trague el chicle!; “yo siempre me trago chicles y nunca me ha hecho daño” asegura, ahora sí que literalmente sin empacho, el Director de Conservación de Espacios Públicos del Distrito Federal. Una joya de humor involuntario, sobre todo por lo innovadora que resulta la táctica diseñada ¿no cree usted? Sin duda no son tiempos fáciles para el mundo en general y para nosotros en particular. No obstante, en medio de la agobiante cuesta de enero, los mexicanos seguimos dando notas que hacen reír con ese trágico sentido del humor que nos caracteriza y que posibilita las carcajadas ante situaciones que en otros sitios del planeta tendrían a todos consternados. Es nuestra manera de sobrevivir. Hemos aprendido a transformar la tragedia en una mezcla agridulce de sentimientos que, al final, ayudan a mantener la esperanza. Somos un país surrealista. El propio padre del surrealismo, André Bretón, lo aseguró, dicen los que saben. Solo una muestra de lo que sucede en enero de 2009 en este, como dirían los turistas que gustan de lo incomprensible, “México mágico”.

lunes 5 de enero de 2009

"No eres tú... soy yo"

Cualquiera que haya tenido una relación amorosa fracasada ha escuchado la frase. “No eres tú, soy yo”, dice uno de los amantes, compungido por ser quien decide el final del vínculo afectivo y temeroso de herir a la otra persona. Después de los treinta, esta expresión suele ser motivo de hilaridad, a los adultos jóvenes nos parece un enunciado que, de entrada, se interpreta como la manera más sencilla de deshacerse de alguien con quien ya no nos sentimos bien. Lo curioso es que, de hecho, en lo que toca a las relaciones humanas de todo tipo, la expresión a la que nos referimos encierra una verdad inalienable: siempre se trata de uno y nunca de los demás. En efecto, no eres tú, soy yo. No eres tú quien me enfada con tu forma de ser, es mi incapacidad para comprender y aceptar esas características o, simplemente, mi elección (válida, por cierto) de no querer estar con alguien que actúa de un modo que no me gusta. Entender la sabiduría vertida en la célebre máxima de la que tanto nos reímos, puede brindarnos herramientas sumamente eficaces para resolver los conflictos que tenemos con los demás y, más importante aún, con nosotros mismos. Saber que la responsabilidad de cada palabra y acción en nuestras vidas nos pertenecen por completo es algo que blinda la autoestima, protegiéndonos de la violencia emocional y psicológica y, seguramente, ahorrándonos un buen tiempo de depresión y ansiedad sin sentido. Lo anterior es cierto para cualquier tipo de relación afectiva, pero sin duda es más fácil ejemplificarlo con las que se entablan en busca de una pareja. Suponga que un par de personas se encuentran en una situación de ruptura sentimental, uno de ellos, el que usted prefiera, pronuncia la multicitada frase y se va. El que ha decidido el final del vínculo amoroso probablemente esté convencido de que esa era la forma menos compleja de hacer lo que deseaba (resulta muy engorroso explicarle a alguien que hay cosas que nos desagradan, sobre todo cuando las mismas tienen que ver con quién se es), pero que, en realidad, sí era por el otro y no por él. Por su parte, el que ha sido “abandonado” se quedará pensando que le han mentido y que, digan lo que digan, el “error” lo ha cometido él y no su, desde ahora, excompañero. La perspectiva de ambos sujetos está marcada por lo que podríamos calificar como una suerte de “mal hábito” amoroso: la búsqueda a toda costa por ser víctimas y no victimarios. Se nos enseña desde niños que hay que “ser buenos” sin definir realmente el contenido de la frase; pareciera que la bondad es algo que debe alcanzar a todos los que nos rodean, pasando de largo cuando se trata de nosotros mismos. Sin duda es ético evitar en la medida de lo posible lastimar a los demás, pero de eso a no poder tomar decisiones en favor de nuestro propio bienestar sólo porque no deseamos dañar a los otros, hay un gran trecho. Hay que ser buenos, sí, pero empezando con nosotros mismos. Las tácticas mediante las cuales procuramos, por encima de todas las cosas, no ser “el malo del cuento” tienen como objetivo eximirnos de la responsabilidad (lo que a simple vista resulta agradable o, por lo menos, motivo de “alivio”… temporal. El problema es que, en la medida en que lo que sucede “no tiene que ver con nosotros”, tampoco la solución radicará en nuestro ámbito individual. A la larga, sentirnos “víctimas” nos quita la capacidad para vivir felices. Es cierto, hay circunstancias en las que, sin lugar a dudas se es una víctima (piénsese, por ejemplo, en situaciones de guerra). Pero incluso la superación de las secuelas emocionales y psicológicas dejadas por situaciones extremas, requiere de que la persona abandone decididamente el papel que se le ha asignado para volverse responsable del camino que seguirá recorriendo: no puede cambiar lo sucedido, pero sí depende de él cómo eso afectará el resto de su existencia. Es fundamental comprender que, frente a cualquier evento de nuestras vidas, la última palabra siempre la tenemos nosotros porque, al fin y al cabo, se trata precisamente de nuestra (y subrayo el pronombre posesivo) existencia. Aunque parezca cruel, los demás no nos hacen cosas, sólo hacen cosas y están en su derecho a hacerlas (así nos parezcan incorrectas). Como dice una buena y sabia amiga, no hay víctimas, nomás voluntarios. Para ambos miembros de la pareja que supusimos, lo mejor sería verdaderamente asumir la frase “no eres tú, soy yo” para centrarse responsablemente en lo que a cada uno corresponde. De este modo, ninguno será la víctima resignada al fracaso y sus consecuencias, pero tampoco, como se cree, serán victimarios, al menos no de la actitud pasiva que destruye la autoestima y nulifica el auto respeto.