La felicidad es de quien la trabaja

“Es más fácil prescindir de la felicidad futura que de la pasada” asevera Fernando Savater, filósofo español contemporáneo. Pero ¿qué hay del presente, este único instante que tenemos cierto en nuestras vidas? ¿Será, como dijo Henry Thoreau, también fiolosófo, que cuando perseguimos la felicidad ésta se aleja como las mariposas? Pues todo parece indicar que la respuesta es no, ya que la felicidad tiene que ver con nuestra capacidad para procesar de manera positiva lo que la vida nos brinda, es decir que la felicidad es en gran medida una elección.

¿Cuántas veces hemos escuchado a alguien preguntarse por qué no es feliz? No es inusual que nosotros mismos justifiquemos este lamento cuando sabemos que la persona en cuestión ha sufrido diversas desgracias durante su vida. Sin embargo, hay individuos que tienen una capacidad verdaderamente sorprenderte para resguardar su amor por la vida, incluso en condiciones tan dramáticas como las que prevalecieron en los campos de concentración nazis, por ejemplo. Este es el caso de Viktor Frankl, psiquiatra y escritor sobreviviente del horror alemán durante la Segunda Guerra Mundial y padre de la logoterapia (método psicoterapéutico, según el cual la búsqueda del sentido de la vida personal está en la base del bienestar de los individuos).

A propósito de su experiencia en los campos de la muerte, Frankl reflexionó sobre la libertad humana; se preguntaba por qué algunas personas sobrevivían de mejor manera que otras a las constantes vejaciones que les eran impuestas por sus captores. La conclusión de Frankl es que el ser humano no está completa e inevitablemente determinado por su entorno, sino que mantiene su capacidad de elección, lo que le permite (si es que así lo decidiera) conservar un reducto de libertad espiritual y de independencia mental, incluso en los crueles estados de tensión psíquica y de indigencia física que los prisioneros de los nazis vivieron por años.

En su libro más conocido (El hombre en busca de sentido), Viktor Frankl explica que a las personas se nos puede arrebatar todo, salvo una cosa: la elección de la actitud personal que adoptamos frente al destino. Cada individuo, aún bajo condiciones en verdad atroces, guarda la libertad de decidir quién quiere ser espiritual y mentalmente. Mediante el ejercicio de esta libertad interior, asegura el psiquiatra judío, podemos conferir a nuestra existencia una intención y un sentido, sin los cuales la supervivencia no es posible. En palabras de Nietzsche, “el que tiene un por qué para vivir, puede soportar casi cualquier cómo”. La clave está en dejar de esperar algo de la vida y buscar qué es lo que la vida misma espera de nosotros, porque como apunta Frankl, “vivir significa asumir la responsabilidad de cumplir con las obligaciones que la vida nos asigna a cada uno en cada instante particular”.

El ser humano es “el ser que siempre decide lo que es”, señala Frankl, por eso es inútil esperar el momento en que la felicidad llegará a nuestras vidas; sentirse feliz no es una condición dada por el destino, sino una elección individual y cotidiana. La felicidad no es aquella que recordamos con nostalgia por “los buenos tiempos”, ni la que vendrá en un futuro incierto, sino la que hacemos día con día. Así, la felicidad es una construcción que depende de nosotros mismos; no importa cuán difíciles sean las circunstancias que nos toque vivir, siempre tenemos la posibilidad de elegir cómo les haremos frente: podemos lamentarnos de la situación en que nos encontramos, quedándonos paralizados ante nuestras desgracias, o encontrarle un sentido y una enseñanza a cada vivencia, lo que sin duda nos hará mejores personas.

Si pensamos que cada uno de nosotros es un ser irrepetible e insustituible, entenderemos lo trascendente que resulta encontrar un sentido a nuestra vida. Vivir es un privilegio que conlleva obligaciones; la primera de ellas y la más importante es ser feliz. En términos matemáticos es tan improbable que se produzca un nacimiento que, para quienes nos encontramos en este mundo, la felicidad es un deber. Se requiere la misma cantidad de esfuerzo para estar bien que para estar mal, sólo hay que elegir cuál de estos dos caminos recorreremos. Si, como aseguran los católicos, Dios nos hizo a su imagen y semejanza, estoy cierta de que compartimos la creación; no es ninguna blasfemia considerar que podemos, en alguna medida, construir parte de nuestra existencia. Aboquémonos entonces a nuestra labor y decidamos ser felices ahora, porque la felicidad es de quien la trabaja.