Acoso escolar en la era de las nuevas tecnologías

Tengo un par de amigos que recuerdan con verdadera angustia sus años preadolescentes; ambos eran “buenos niños”, tímidos y tranquilos, poco extrovertidos y nada “populares", por eso cada día en la escuela tenían que enfrentarse a las bromas pesadas e, incluso, a las agresiones de otros jovencitos que se divertían a sus costillas. Hoy adultos, la situación que vivieron mientras cursaban la educación Primaria y Secundaria los marcó de manera irremediable, al grado que sólo después de algunos años en trabajo psicoanalítico lograron restaurar su autoestima y su seguridad que habían sido minadas de manera muy importante por el llamado acoso escolar.

Si antes las víctimas de los pequeños tiranos sufrían porque eran amedrentadas, ridiculizadas o, en los casos más extremos, violentadas dentro las instalaciones escolares, actualmente la situación padecida por los niños acosados puede ser en verdad alarmante, debido a que la tortura se extiende más allá de la escuela gracias al uso de las nuevas tecnologías. Los chicos de la llamada generación digital crecen haciendo uso de celulares que toman fotografías y video, acceden a internet y son expertos en el manejo de la WEB, herramientas que les sirven lo mismo para hacer investigación que para llevar sus “travesuras” a terrenos insospechados.

Lejos quedaron los tiempos en que un chicle puesto estratégicamente en la silla del compañero martirizado era motivo suficiente para la diversión o cuando la advertencia “nos vemos a la salida” anunciaba el inminente pleito entre dos o más estudiantes (la verdad es que pocas veces se pasaba de algunos golpes y la rotura de los uniformes). Ahora, ser el blanco de los acosadores significa sufrir situaciones mucho más violentas física, emocional y psicológicamente, desde ser el triste protagonista de una página de Internet hecha con el fin exclusivo de denigrar a la víctima mediante comentarios hirientes dejados por sus compañeros, hasta tolerar golpizas que son grabadas por los agresores para subirlas a la red donde quedará registrado el maltrato para satisfacción de quienes se jactan de sus actos delincuenciales.

Entre las muestras de acoso escolar que se sirve de las nuevas tecnologías existen diversas modalidades, cuál más cruel y dañina para los afectados: amenazas recibidas continuamente por medio del celular, blogs que acaban con la reputación de los jovencitos (evidenciando su vida sexual, por ejemplo, mediante fotografías y videograbaciones) o que son utilizados para burlarse de ellos de manera constante, etcétera. Pero quizá lo más grave es que, con el acceso a la tecnología, se ha incrementado el grado de violencia del que son capaces los niños; las fechorías que cometen van subiendo de tono, en parte porque el hacerlas públicas aumenta la demanda de “mejor material”, lo que en este caso implica someter y vejar de maneras cada vez más audaces.

Así, en las páginas usadas como bitácora de los actos violentos cometidos en contra de algún infortunado, son usuales las convocatorias mediante las cuales se invita a “colgar” en el site registros visuales de las agresiones cometidas en su perjuicio. De este modo, no sólo hay episodios más violentos, sino que se es víctima del maltrato ejercido por un número mayor de personas que estarán encantadas de grabar sus propias hazañas, aún cuando antes no tenían en realidad una actitud hostil hacia el individuo que es atormentado.

En la red es fácil encontrar videos en los que puede verse cómo, sin explicación alguna, un grupo de jóvenes ataca a alguna persona. Hace no mucho tiempo, fue dado a conocer en los noticieros el caso de una adolescente a la que golpearon sus compañeras, hecho que denunciaron los padres de la niña utilizando como prueba de la agresión el video que las propias implicadas habían subido al sitio de videos YouTube.

Pero el llamado ciberacoso estudiantil no se limita a la violencia entre iguales: cada vez con mayor frecuencia algunos adultos se ven implicados en estos acontecimientos, en ocasiones siendo víctimas de los jóvenes (como en el caso del bibliotecario de una universidad en Londres que fue golpeado en varias ocasiones por estudiantes del mismo centro educativo en el que él laboraba), pero en otras haciendo de verdugos contra adolescentes que sufren de baja autoestima. Este último es el caso de una mujer juzgada infructuosamente en Estados Unidos por la muerte de una amiga de su hija, un niña de 13 años que se suicidó en octubre de 2006, luego de que Josh, el “amigo” virtual inventado por la señora en My Space (red de socialización en internet) para ganarse la amistad de la chica y entretener a su hija con el engaño, atacara emocionalmente a esta jovencita que padecía depresión y estaba en tratamiento psiquiátrico.

En la era de las nuevas tecnologías, el acoso escolar adquiere dimensiones impactantes que no podemos pasar por alto. Junto a los muchos peligros que supone la ampliación del universo social de las nuevas generaciones, este es un fenómeno frente al cual los padres de familia tienen que estar atentos. En la actualidad, la educación de los hijos, de por sí complicada, tiene que incluir valores en torno a la utilización de los medios de comunicación. Si antes se procuraba enseñar a los vástagos la manera en que debían cuidarse cuando andaban por la calle, ahora es fundamental también trasmitirles información sobre los riesgos de las navegaciones que hacen en Internet.

No se trata de aislar a los jóvenes de los espacios cibernéticos que son parte esencial del mundo en el que viven, pero sí es necesario asegurarnos de que no se expongan a situaciones riesgosas y de que sean personas de bien lo mismo en la vida cotidiana que en la virtualidad. Los adultos no pueden ser analfabetos tecnológicos, pues de su conocimiento en estos terrenos dependerá en buena media la protección que serán capaces de brindar a los adolescentes. Por ello no está de más indagar sobre las formas que existen para hacer del Internet un sitio más o menos seguro; afortunadamente hay asociaciones que brindan este tipo de información en sus páginas web.