Aurora Yaqui


Entre la luna y el sol, no media algún arcano, sólo el alba; instante acuarela que entinta los cristales del que despierta, negro segundo la noche que en el siguiente se hace mañana, a veces gris, casi siempre azulada, esta vez es roja. Ciudad de México, 6 de octubre de 2011, se presenta la aurora adelantada, eran casi las 10:00 p.m., temprano para mirarla, pero ahí está, con el cabello negro y lacio cubriéndole la cara. Aurora Yaqui se coloca en una silla al centro de la nave, a sus pies un micrófono, un sofisticado aparato que graba-reproduce sonido y la luz granada.
            Paredes con arcos de aguja apuntan al cielo, cubierto de lona porque no hay techo; nos cobijan las ruinas con la promesa institucional que se anuncia a un costado de la puerta: futura restauración por parte del INBA. Pero no hoy: este día, como cada jueves en la semana inicial del mes, el espacio se interviene artísticamente, iniciativa de las sesiones de improvisación y experimentación sonora de VOLTA 07, proyecto independiente gestionado por Juan José Rivas (http://juanjoserivas.info/volta/).
            El primer descubrimiento es que en medio de la calle, en el centro de la urbe, se ladea sin ser vista una vieja capilla anglicana en predios del Museo Británico Americano en México, en la calle de Artículo 123, casi esquina con Bucareli; ahí, muy cerca del campamento de indigentes que hace no tanto llegaron de La Alameda, temporales y en los márgenes como ellos, atestiguamos la construcción de piezas sonoras desde la performatividad y la voz amplificada que propone-dispone Aurora Yaqui.    
            No hay mar, pero dentro de la nave se escuchan tempestades que provienen de un centro más interno, el viento sale con fuerza desde el plexo femenino que se arquea. Del misterio a los buenos augurios está tendido el puente: en un extremo el oculto daño, en el otro la confianza ciega; en el medio, el cangrejo se descoraza, sin pinzas lo da todo, sólo entrega, deja el sombrero para que se oculte la liebre. Luego un ave (o varias), llamados agudos cuelgan del aire que aún suena y aparece con chasquidos de lengua una serpiente que sumerge el cascabel entre las aguas.
            No es magia, aunque ésta sin duda le presta más de un ingrediente: es momento que a fuerza de sonido se hace alquimia para llenar la laguna donde no hay reflejo: aguas oscuras del agorero que palpa lo incierto, porvenir, nunca se sabe si llegará a tiempo. Si en el fondo solemos pensarnos humano abismo, la voz sin palabras de Aurora Yaqui nos muestra el universo de adentro, el que nos habita, con frecuencia sin saberlo.
            “Aullidos, fonemas, gritos, suspiros y ronroneos desde el centro de mis huecos”, así es como presenta esta creadora lo que hace, pero hay más, mucho más: de las oquedades que la artista abre surge el aliento, da vida, hay árboles, ríos, montañas, alas, picos que graznan. De pronto, el llamado ritual de una vieja cantora que parece apoderarse de las jóvenes entrañas, “hervidero de gemidos vivientes hasta el soplo cálido de la diosa del clan”, como lo han descrito en la página web de Interregno (http://interregno.org/?q=node/26), a propósito de una presentación anterior de la artista en el Museo del Juguete Antiguo de México.
            Para mí, la creación de Aurora Yaqui derivó en sonósfera, la “armonía de las esferas”, de la que me enteré por Sofía Blanco y que los primeros habitantes de Babilonia y los antiguos griegos oyeron quizá entre sueños. Los sonidos inaudibles de los planetas, el ruido amortiguado del cosmos entero, ahora suben por la garganta de una mujer con blusa amarillo-negro, loop de por medio, para instalarse en el ambiente; desde ahí se van filtrando, líquidos, por las rendijas corporales de los que escuchamos.
            Atenta, empiezo a preguntarme ¿qué sonido me duele de la galaxia?; ¿cuál se aloja detrás del ovario izquierdo?; ¿por qué pasé de la calma que se vive en la cima         -aliviada cuando, esperando mar, encontré montaña-, a las ligeras punzadas en un costado de la cadera, justo en el momento celeste de lo inmenso?; ¿por qué el regreso de los cantos de la hechicera y de lo que oigo como un águila, tal vez más terrestre aunque vuele, coincide con la huída del rastro que se hincaba en el revés del vientre?
            No me atrevo a preguntarle a Aurora Yaqui si tiene las respuestas; no podría, ella parece existir únicamente en el instante (“espacio-ya”, diría la poeta brasileña Clarice Lispector) que fabrica exorcista este alter ego, apoderándose del organismo de otro ser también alterno: Bárbara Lázara (http://barbaralazara.yolasite.com/aurora-yaqui.php); mujer sonriente que camina despreocupada al término de la presentación… como si nada hubiera hecho.
            Lo confieso, me sorprendió el poder inmenso del arte sonoro, me cautiva la huella (presencia de la ausencia) que deja el sonido profundamente vivo del cuerpo: al inicio no fue el verbo, quizá un grito despacito, casi en secreto. “Esta mujer es bruja-cueva, mar de helechos, pluma-carda”, pienso, pero me falla la metáfora: para el arte de Aurora Yaqui no puede desearse sino largo aliento.

Aurora Yaqui

Between the moon and the sun no arcane mediates, only the dawn; watercolor instant that inks up the crystals of those who awake, black second the night that becomes morning at the next, sometimes gray, almost always blue, this time red. Mexico City, October the 6th of 2011, the dawn comes ahead of schedule, it was almost 10:00pm too early to see her, but there she was, with black hair covering her face Aurora Yaqui places herself upon a chair on the center of the structure, at her feet a microphone, a sophisticated device that records reproduces sound and the pomegranate light.

Walls with needle arches pointing to the heavens, covered with a tarp because there is no roof; we are sheltered by the institutional promises advertised alongside the door: Soon to be restored by the INBA. But not today: on this day, as on every Thursday of the first week of the month, the space has been artistically intervened, as an initiative form the VOLTA 07 sound improvisation and intervention sessions, an independent project managed by Juan Jose Rivas (http://juanjoserivas.info/volta/).

The first discovery is that in the middle of the street, smack in the metropolis core, there crumbles unseen an old Anglican church inside the British-American Museum of Mexico’s land, on Articulo 123 street almost at the corner of Bucareli; there, very close to the homeless campsite that not so long ago arrived at the Alameda, temporary and in the margins like them, we witness the construction of sound pieces from the performance and the amplified voice that Aurora Yaqui proposes-decides.

There is no see, but inside the structure tempests are heard coming from an innermost center, the wind is powerfully expelled from within the feminine plexus that arches up. From mystery to good omens is set the bridge: on one end the hidden damage, on the other blind faith; in the middle, the crab sheds its shell, without claws it gives it all up, it only gives away, leaves the hat for the rabbit to hide. Then a bird (or many), loud shrieks hang from the air that still rumbles and a snake appears with tongue clicks and submerges her rattle into the waters.

It is not magic, although it surely borrows more than one ingredient: it is a moment that thanks to the sound becomes alchemy to fill up the lagoon where there is no reflection: dark waters from the oracle that palpate uncertainty, the future, one never know whether we will be on time. If at the bottom we usually think of ourselves as human abyss, the voice without words of Yaqui Dawn shows us the inner universe, the one that inhabits us, often unknowingly.

“Howlers, phonemes, screams, moans and purrs from the core of my holes”, that is how this creator presents her work, but there is more, much more: from the hollows that the artist opens flows the breath, gives life, there are trees, rivers, mountains, wings, beaks that croak. Suddenly, the ritual calling from an old singer that seem to take over the young entrails, “boiling of living moans all the way to the clan’s  goddess’ warm blow”, as it was described on Interregno’s web site (http://interregno.org/?q=node/26), about a prior presentation of the artist at the Mexican Museum of Ancient Toys.

To me, Aurora Yaqui’s creation became sonosphere, the “armony of the spheres”, about which I heard from Sofia Blanco same that the very first inhabitants of Babylon and the ancient Greeks perhaps heard in dreams. The inaudible sounds of the planets, the muffled noise of the whole cosmos, now going up through the throat of a woman in a black-yellow blouse, via loop, to settle in the ambience, from there they gradually filter in, liquid, through the bodily cracks of us listeners.

In attention, I start to wonder, in what galaxy’s sound am I hurting? Which one is lodged behind the left ovary?; why did I go from the calm felt at the top –alleviated when, expecting sea I found mountain-, to the slight twinge on the side of the hip, right at the celestial moment of the immense?; why the return of the sorceress chanting and or what I perceive as an eagle, maybe more terrestrial eve if it flies, coincides with the flight of the trace that sat on the back of the gut?

I do not dare ask Aurora Yaki whether she has the answers; I could not, she seems to exist only in the instant (“now-space” Brazilian poet Clarice Lispector would say) that this alter ego exorcises manufactures, taking over the organism of another also alternate being: Bárbara Lázara (http://barbaralazara.yolasite.com/aurora-yaqui.php); smiling woman who carelessly walks at the end of the presentation… as if she had done nothing.

I confess, I was surprised by the immense power of sound art, the footprint (presence of the absence) left by the body’s profoundly alive sound captivates me: on the beginning it was not the verb, perhaps a quiet shout, almost secret. “This woman is witch-cave, sea of ferns, feather-teasel“, I think, but I am lacking the metaphor: for the art of Aurora Yaki one cannot wish but for a long breath.