Antes y después

Novelista, cuentista, poeta, investigador y promotor de letras indígenas, el escritor Carlos Montemayor ha sido, ante todo, voz que denuncia la violencia de Estado en México: lo hizo siempre, valiéndose del arma de las letras. Como novelista, su ficción nunca ocultó la realidad, cruda y sangrienta, que marcó el sino de movimientos como el de Lucio Cabañas en Guerrero o el del grupo comunista -encabezado por Arturo Gámiz, Salvador y Salomón Gaytán, y Pablo Gómez- que participó del Asalto al cuartel Madera en su estado natal, Chihuahua. Como poeta, tampoco renunció a su compromiso ideológico y social, enérgico alzó la voz en las estrofas de Las armas del viento y Elegía de Tlatelolco. Analista riguroso y crítico, registró en varios ensayos, como pocos se han atrevido, valiente y claro, la historia contemporánea de los movimientos sociales que el Estado mexicano ha agredido de manera sistemática: La guerrilla recurrente, Chiapas, la rebelión indígena de México, La violencia de Estado en México, antes y después de 1968, por ejemplo.

Me atrevo a decir que este último libro, La violencia de Estado en México, antes y después de 1968, contiene las claves para comprender de una buena vez la magnitud del poder gubernamental en el país (que no es enemigo pequeño) y, sobre todo, para entender que muchas de las estrategias que el Estado ha implementado para “quebrar” los movimientos sociales que emergen a él contrarios, siguen vigentes; las alimentan los propios participantes en dichos movimientos o los simpatizantes de ellos que, en el mejor de los casos por ingenuidad, en el peor por actitudes que no puedo sino considerar de ego, “compran” las versiones del Estado, sin darse cuenta de quién realmente se las está vendiendo.

Así, tenemos casos en los que la historia no oficial, ¡qué curioso!, termina siendo la oficial: La noche de Tlatelolco, el ejemplo más claro, libro del que nadie se pregunta nada, pues su autora ha sido arropada por la izquierda mexicana, sea lo que quiera a estas alturas decir eso. Nadie se pregunta, por ejemplo, cómo es que en un momento histórico en el que prevalecía la censura y la persecución, una mujer, de la nada, tuvo acceso a toda la “información” que le permitiría escribir el libro que, hasta hoy, da cuenta de lo sucedido el 2 de octubre de 1968; un libro tan distinto a los escritos por José Revueltas o por el propio Carlos Montemayor, desafortunadamente menos leídos por las nuevas generaciones.

Como el título lo indica, el análisis de Carlos Montemayor va más allá de lo evidente. Primero en términos históricos: antes y después de 1968; sí, lo que ahora sucede no se gestó, como muchos todavía creen, en 1968, sino antes, mucho antes, en otros contextos geográficos e ideológicos: 1956, por decir lo menos, con el movimiento de médicos del Instituto Politécnico Nacional que terminó con la ocupación militar de las instalaciones de dicha institución el 23 de septiembre y con la aprehensión, un 2 de octubre también, de Nicandro Mendoza, líder estudiantil; o 1959 en la sierra de Chihuahua, donde se empezaba a gestar el movimiento popular que ocupó al autor en su novela las armas del alba; o 1963 en Morelia, donde surgió una organización estudiantil de ascendencia comunista: la Cened. Mención aparte merece la huelga que se gestó en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional Autónoma de México en 1966 y que, ¡otra vez sorprende!, culminó con la renuncia del rector. Mención a parte digo, porque ese “triunfo” deja de sorprender cuando se sabe, años después, que el grupo “triunfante” nada tenía que ver con las demandas de los estudiantes, fue pues un “triunfo” gubernamental.

Después también, 1968 no fue el final: le siguió el Jueves de Corpus de 1971, con la intervención de “Los halcones”, grupo paramilitar creado por el Estado y puesto “a prueba” durante la masacre de Tlatelolco de 1968; luego la guerra sucia, particularmente en Guerrero, más adelante Chiapas, Atenco y de ahí, “pal real”, como diríamos: todos y cada uno de los movimientos sociales surgidos en México han sido combatidos por el Estado de frente, pero también soterradamente, mediante grupos de guardias blancas, de agentes infiltrados en las organizaciones, de verdaderas masacres contra las poblaciones “simpatizantes” de dichos movimientos, pero sobre todo, con la generación de mitos.

Creer, por ejemplo, que el movimiento estudiantil de 1968, fue apoyado y financiado por grupos comunistas cubanos, es sostener la versión del Estado, falsa como lo prueba el análisis de Montemayor, pues en aquel entonces, el régimen cubano cuidaba con esmero la buena relación diplomática que tenía con México: no intervino para ayudar al gobierno mexicano, pero tampoco aceptó entrenar militarmente a los exiliados que sí recibió más tarde (¿podemos culparlos por ello?, a mí me parece natural que lo hayan hecho, su Revolución era lo primordial y en ese momento, sólo el gobierno mexicano se mantenía al margen del bloqueo que impuso a la isla el capitalismo encabezado por Estados Unidos de Norteamérica). Hasta la fecha, en Cuba se conoce más el perfil izquierdo que les mostraba Echeverría, aparente simpatizante de Fidel Castro y Salvador Allende, aunque ahora se sepa que, por la derecha, hacía planes con Nixon para “quitar la bandera de Latinoamérica a Castro” y para ayudar, como hizo, al grupo golpista en Chile contra Allende.

El Estado también crea a modo “traidores” dentro de las organizaciones sociales: si bien es cierto que es práctica frecuente la infiltración de agentes de Gobernación, e incluso de la CIA, entre los participantes de movimientos sociales, también es verdad que la paranoia creada mediante este método por el gobierno, es utilizada por el propio Estado para “descabezar” a los movimientos: basta con decir que el líder más carismático es un “provocador” para que el rumor corra como la pólvora y estalle la bomba en el mismo centro de la organización que se dispone, presta, a enjuiciar y condenar (ahí están los juicios casi sumarios que dictaminaron la salida de José Revueltas del Partido Comunista; en su caso, por ser “demasiado” crítico).

Personalmente he vivido las consecuencias. Conozco bien la urdimbre sutil que teje el Estado para callar, no sólo a los líderes, sino a las siguientes generaciones que habremos de pensar muy bien si es conveniente para cualquiera a nuestro alrededor que nuestro nombre aparezca y es que, tienen razón, uno no lo hurta, lo hereda; ya sabemos que al Estado le preocupan las “semillas” incluso en el vientre, lo vimos con la masacre de Acteal o con el encarcelamiento de los hermanos Cerezo; lo vemos ahora con el reciente asesinato de la esposa de Lucio Cabañas; lo veo yo, con mi familia, callada hasta ahora en que me atrevo a sentarme aquí para hablarles de lo que nunca hablamos porque sabemos que, en nuestro caso, la acusación contra mi padre nos resta legitimidad, no desde la derecha, sino desde la propia izquierda, como seguramente calculó el Estado que sucedería.

Soy hija de Sócrates Campos Lemus, el “infame”, como hace poco vi en Internet que pregunta por él un joven en un foro de Yahoo, al que otro joven responde que “desafortunadamente sigue entre nosotros”; soy hija de “la leyenda negra”, como leí que una chica lo llamaba en su bien intencionado blog cuando intentaba informar sobre el movimiento estudiantil de 1968; soy hija del “provocador”, del “agente pagado por Gobernación” que luego se convirtió a golpe de discursos en “agente de la CIA”, como aseguran algunos de los integrantes del Comité de la Verdad (ante quienes, por cierto, compareció sin que resultara de ello una denuncia formal); soy hija del que “fue diputado tres veces” (por lo visto sin que nosotros, su familia, nos enteráramos), como señaló frente a mi madre una periodista sin imaginar a quién tenía enfrente. Durante mucho tiempo, por obvias razones, me negué a hablar sobre mi padre y sobre el movimiento de 1968; es más, hubo momentos en que yo misma me preguntaba qué había de verdad en lo que de él se ha dicho, buscaba saber, no pretendía defenderlo si no tuviera defensa e, incluso, ahora sabiendo que la tiene, no defiendo porque nada hay que defender. Si hablo ahora de esto es porque considero importante sacar a la luz los hilos que, al parecer, no vemos: como bien dice Carlos Montemayor, “las cosas no son simples (…) la guerra y la represión no son simples”.

En el caso de mi padre, para quienes no lo sepan, la acusación se “sostiene” en dos argumentos principalmente. El primero es que era un “provocador” porque “en un mitin en el zócalo, tomó el micrófono y preguntó a la gente si querían quedarse en un plantón hasta el día del Informe Presidencial”. Es cierto, lo hizo, hay videos que así lo atestiguan, pero podríamos pensar que era un joven de 23 años radical, sí, como lo sigue siendo, como lo soy yo también, como quizá muchos de ustedes lo son igualmente; de ahí a considerar que él calculaba la represión que esto provocaría hay largo trecho, pues nadie entonces imaginaba que el Estado haría lo que finalmente hizo. Además, habría que preguntarse, entonces, por qué si era empleado de Gobernación, fue encarcelado, torturado y exiliado.

El segundo argumento es que “traicionó al movimiento” porque hizo una declaración ministerial implicando a varias personas, entre ellas a la escritora Elena Garro (compañera sentimental de Octavio Paz, quien acababa de manifestar abiertamente su rechazo a la “mano dura” del gobierno mexicano) y porque, según algunos testimonios, le llevaron celda por celda a señalar a cada uno de sus compañeros. Sí, también es cierto: la declaración puede incluso consultarse por Internet, lo que habrá que preguntarse es si puede llamársele traición a las palabras “dichas” luego de sesiones interminables de tortura, ¡como si no conociéramos los métodos!, tortura que pocos soportan sin abrir la boca, mucho menos negándose a firmar documentos ya redactados por el propio Ministerio Público (como sí pudo negarse Tomás Cabeza de Vaca, mis respetos, cuando quisieron del mismo modo implicar con su “denuncia” a quien era entonces Secretario de Agricultura); es conocido que dentro de los movimientos guerrilleros se impone un plazo de unas cuantas horas en el que el detenido soporte la tortura, antes de “abrir el pico”, para dar tiempo a que los demás se cambien de lugar y no sean aprehendidos por lo que él acabe diciendo. En cuanto al señalamiento de sus compañeros, me parece que es una práctica de tortura o parte de la misma: ¿qué necesidad tiene la policía de que algún miembro de un movimiento que no es clandestino, como fue el caso, diga los nombres de los otros presos que aparecían en todos los periódicos?

En fin, por acusaciones sobre la actuación de mi padre en el Movimiento Estudiantil de 1968 no paramos. A estas principales, le siguen muchas más: desde que andaba armado (cosa que en realidad desconozco), hasta que le prestó un suéter color cereza a otro de los dirigentes del movimiento con la intención de que los del Batallón Olimpia lo detectaran con facilidad; no sé, puede que lo del color del suéter sea cierto, porque a mi padre le gusta la ropa subida de tono, digamos. Sin embargo, tanto José Revueltas como Carlos Montemayor, refieren que el líder al que principalmente se buscaba apresar en el Edificio Chihuahua era mi padre y no al que portaba el colorido, dichoso, suéter. Podría también hablarles de la historia de mi madre y de las medidas de precaución que ella debió tomar por años, muy distintas a las que haría la esposa de un servidor del Estado que habría sido premiado por el buen servicio de acabar con todo un movimiento, el mismo cuyo origen atribuyeron eventualmente a mi madre porque era extranjera. Ya ven que en las versiones oficiales y no oficiales, los movimientos se traen y se llevan en la cartera de una sola persona. Pero esa historia no es mía y, además, reitero que mi intención con este suerte de “confesión-rendición de cuentas pendientes”, no es en realidad hablarles de mi familia, sino de cómo el Estado teje fino y se apoya en la necesidad de creer en algo que todos tenemos, quizá con mayor urgencia quienes denunciamos la violencia de Estado.

Dos de octubre no se olvida, pero debemos reconocer que la memoria es hoy recuerdo acotado, dirigido por el propio Estado, alentado porque le conviene: da para marchas; da también para no enterarnos de fechas igual de importantes antes y después de 1968; da igualmente para no saber la cifra exacta de los muertos que hubo en el país mientras marchábamos; da para que el enojo y la indignación por lo que ahora mismo está pasando, se encauce en el río de consignas, de pancartas, de palabras que está bien decir, pero que nos dejan agotados, sin ganas, sin ánimo para asistir, por ejemplo, al movimiento mundial de indignados que en México no sumó ni 500 personas. Estamos (y me refiero a los activistas, a los luchadores sociales) muy ocupados rastreando entre nosotros mismos la sospecha que el gobierno promueve: ¿quién es el próximo agente de la CIA infiltrado?, ¿quién el extranjero que manipula los movimientos sociales?, ¿quién el líder al que haremos mártir para conducirlo al cadalso?, ¿quién el próximo sacrificado? Mientras tanto, casi 60 mil muertos y un número indeterminado de desaparecidos, son resultado de una “guerra contra el narcotráfico” que un señor llamado Felipe Calderón Hinojosa inició como respuesta a su bien ganada ilegitimidad, una “guerra” que bien podría estar ocultando la “limpieza social” y la agresión contra activistas o grupos guerrilleros como lo han apuntado varios analistas, entre ellos Carlos Fazio.

Tiro la piedra de la autocrítica, siempre en el sentido de la construcción, con el afán de dejarles pensando; lleva buena intención, la prueba es que no escondo la mano: hay que conocer de fondo la violencia de Estado, reconocer, alertas, las estrategias con las que nos ha ido desarticulando, con las que poco a poco, luego de décadas, nos han callado. Leamos para ello, además de los libros que he mencionado, Rehacer la historia, Guerra en el Paraíso, Las mujeres del alba y Los informes secretos. Leamos a Carlos Montemayor, por cierto, padre de mi amiga Victoria, como también es amiga mía la hija de Nicandro Mendoza, primer líder estudiantil apresado; causalidad más que casualidad: somos otra generación, quizá más generosa, menos dispuesta a comprar la cizaña sembrada por el Estado. Sólo quien carece de raíces, del árbol caído hace leña; llegadas desde el poder, en las manos de algunos militantes, las buenas intenciones dejaron de ser piedras y se hicieron dudas, filosas como hachas: igual conducen al infierno, hay que tener cuidado. A los intereses de la derecha les falló conmigo: aunque en esa misma tierra se abonen las acusaciones contra mi padre, esta semilla cayó en el surco izquierdo del arado; no sé de alguien que haya nacido con el corazón del otro lado; los hay, pero eso es una malformación genética.