Verde Shangai de Cristina Rivera Garza

Aludo a algunos de los factores que conforman mi identidad o, si lo prefieren, a unas cuantas de mis múltiples identidades. Lo hago, no por un afán egocéntrico que, confieso, tengo sin duda en cierta medida, sino porque la presentación de Verde Shangai, el libro de Cristina Rivera Garza que nos reunió en la Universidad Autónoma de Querétero hace poco más de un mes, me convoca de forma irremediable a empezar con un tono un tanto autoreferencial.

Podría hablarles de este libro como lectora que suelo ser de casi todo lo que pasa por mis manos y tiene letras; entonces les diría que las diversas historias que conforman Verde Shangai “me atraparon”, que iba de página en página persiguiendo la continuación, el fin, el destino de alguien o de algo, para encontrarme con una esquina donde otro personaje o suceso me llamaba a una nueva persecución que dejaba momentáneamente en la siguiente encrucijada. En ningún momento logré saber, ¡vamos, ni cerca estuve!; imposible adivinar lo que sucedería con nadie y con nada. Ahí seguí, hasta el último punto, literalmente encantada.

Como persona que necesita escribir, con ese apremio que, supongo, tenemos la gran mayoría de quienes no conocemos otro modo de vivir que el constante reinscribirnos (dichos para los hechos) en el mundo, admiro el talento y la capacidad de Cristina Rivera Garza para narrar, para construir la realidad con toda la complejidad que cualquier realidad, incluso la ficticia, supone. Verde Shangai no es una historia “plana” por la que se vaya de principio a fin con facilidad, siguiendo el hilo tendido desde el inicio; fluye, sí, pero como agua que hace meandros, que va subterránea a veces, que cae en cascadas imprevistas, que se bifurca múltiples arroyos, que llega a esteros donde los finales son río y mar al mismo tiempo. Las letras de Cristina son, para mí, líquidas. Eso, tengo que aclararlo, es un elogio; el tipo de arte escrito que me gustaría lograr algún día.

Como antropóloga, la única materia en la que los grados me avalan (cualquier cosa que ello quiera decir, con la poca importancia que eso tiene ahora y siempre en mi vida, además), tengo mucho que decir. Es que, aunque de literatura se trata, Verde Shangai aborda por lo menos tres “problemas” fundamentales para el quehacer que desvela a los etnólogos como yo: la identidad-alteridad, la nominación y la complejidad del objeto social.

Empiezo por el final: la realidad social es compleja, no complicada, compleja, es decir, no puede explicarse alguno de los múltiples factores que la conforman, sin afectar con la propia explicación el resto del entramado sociocultural. Los antropólogos contemporáneos intentamos interpretar, ya ni explicar, el mundo social de ese modo: complejizándolo.

Eso, complejizar la realidad, es precisamente lo que hace Cristina Rivera Garza en Verde Shangai: describe los mundos y las realidades (temporales, espaciales, sociales, culturales, históricas, emocionales) que habitan sus personajes; ubicados en una suerte de laberinto, abren puertas que conducen por pasillos sinuosos a distintos tiempos y geografías, a veces lejos, a veces cerca, recuerdos que viven no sólo en la memoria, que asaltan la vida, tan reales como pueden serlo las percepciones de un color, por ejemplo el verde. Aguamarina que, dicho sea de paso (aquí me concedo en legítimo derecho de todo antropólogo a exponer el dato folk), es justo el tono que en otras culturas no tiene un vocablo particular: se llama igual que el azul, aunque para ellos, me refiero a los pueblos hablantes de lenguas mayences, exista una variedad de palabras que designan con mucha precisión lo que, para nosotros, es solamente negro.

Decía hace un momento que la nominación es otra de las cosas que nos ocupan y preocupan, sobre todo esto último, a los antropólogos (y no sólo a nosotros, pregúnteles a los psicoanalistas y a los filósofos). Nombrar es mucho más que colocar un nombre, el acto de nombrar es también significar, dar un significado a lo que se nombra y, si nos ponemos estrictos, es destinar. No es casual que se prefiera llamar Abel que Caín, Jesús que Judas, Flor que Espina, aunque no falten Dolores y Angustias. El nombre es tan importante que existen culturas donde se mantiene en secreto el nombre real de la persona y se le llama con algún sobrenombre que indica cosas como que es el más pequeño de la familia; el nombre real es al que responde el alma, la esencia de la persona, debe cuidarse puesto que con él se puede enfermar a su portador.

Verde Shangai comienza con un accidente donde hay cristales rotos, heridas, sangre, pero sobre todo, donde se nombra: Xian, mujer, lugar y tiempo. Marina que se hace mujer, lugar y tiempo a la caza de Xian, la chica que fue porque no es y es necesario que sea. Xian, esencia que enferma de memoria para curar de olvido. Marina no se equivoca: “los nombres siempre significan algo”, recordarlos nos salva del olvido porque, cita la autora en la página 118 a Margaret Atwood, “somos, preponderantemente, lo que olvidamos”. Buscando a Xian, Marina se encuentra a sí misma; entre la gente con la que fue y es (Julia, Cristóbal, Su Muy, Horacio, Chiang) recuerda aquello que no ha sido para saber quién es.

Entramos entonces en los terrenos de la identidad-alteridad, la tercera “ocupación preocupada” de la antropología. En síntesis, la identidad se construye mediante la negación, es decir, los seres humanos nos definimos a partir de lo que no somos y que es (re) presentado por el “otro”: la alteridad, lo distinto a lo que somos. Cristina Rivera Garza nos muestra en Verde Shangai el juego de espejos que es la identidad, el “nosotros”, móvil, dinámico, que se convierte en “ustedes”; la invención recíproca de la interacción humana: dime quién soy y te diré a dónde perteneces.

Dejo fuera de mis comentarios gran parte de los senderos que se recorren leyendo este libro; muchos más merecería, por ejemplo, la virtud de los “subtextos”, por llamarlos de algún modo inexacto, en la novela de Cristina Rivera Garza; textos dentro del texto: las referencias históricas y sociológicas; los escritos que comparten mutuamente Marina y Chiang; los cuadros que pinta Xian; las cartas de hijos sin más nombre que iniciales, olvidados letra a letra por el padre que se borra; las noticias de los periódicos; los pensamientos de cada personaje, el diálogo interno sobre un día corto o largo; los poemas y el sentir que “es un verde demasiado amplio”, o la cercanía de la “araña que ora” cuando se añora.

Un par de semanas antes de ser invitada a la presentación (causalidad más que casualidad, creo yo), escuché una entrevista que le hicieron a Cristina en algún programa de radio del que no recuerdo el nombre. La autora decía que el barrio Chino descrito en su libro era el de Ciudad de México, pero también el de San Francisco y cualquier otro en distintas urbes. De visita en Cuba, movida por la curiosidad que me causaron sus palabras y con su libro en la mano, fui al Barrio Chino de La Habana. Bastante cerca de la calle Amargura (donde, por cierto, se sirve el más dulce chocolate) y muy lejos de la de Dolores en el Distrito Federal, encontré el contexto, sujeto-laberinto con puertas por las que también podría llegarse al Verde Shangai.