Marcha con rumbo... hacia la paz

Curiosa paradoja la de nuestros tiempos. La "modernidad" va quitando obstáculos en los senderos que recorren buena parte de los seres humanos. Aquí estamos, procurándonos alimentos que no hemos tenido que cultivar o cazar; haciendo uso del agua que llega hasta nuestras viviendas a través de largas tuberías que conducen al grifo que tenemos más próximo; prendiendo una computadora para saber de los amigos, arreglar negocios e, incluso, cumplir con nuestro trabajo sin tener que aparecernos necesariamente en una oficina que nos quede lejos de casa.

Sí, la "sobremodernidad", como llama Marc Augé, antropólogo francés, a la abundancia de esta época en las sociedades capitalistas, nos allana el camino y facilita la consecución de metas, sobre todo de aquellas que están dirigidas al consumo y a la generación de capital, pero también nos quita el sentido, el rumbo y eso, hay que decirlo, es probablemente lo peor que puede sucederle a un ser humano. Estamos tan inmersos en la lógica del consumo, que vamos perdiendo el camino, un día nos sentimos perdidos, tan perdidos que cada vez más seres humanos jóvenes y en pleno uso de sus facultades optan por el suicidio. "¿Pero cómo?, si lo tenía todo", exclaman consternados los familiares... Todo no. Había algo que le faltaba a su vida: no tenía sentido.

En términos estrictos, vivir no requiere forzosamente un sentido; al parecer, animales y plantas viven cumpliendo el cometido que la vida les ha asignado, sin conciencia del mismo y sin falla. Nacen, crecen, se reproducen y mueren; de este modo dan continuidad a la existencia de su especie que, a su vez, posibilita la vida de otras especies, en un delicado equilibrio al que llamamos naturaleza. Sin embargo, los seres humanos somos "bichos raros", pensamos de un modo, sino exclusivo, sí único y, por eso, nuestra vida es algo que no podemos asimilar sin un sentido, al menos no de manera que nos satisfaga y nos permita sentirnos felices. 

Como ha demostrado Viktor Frankl, psicoanalista sobreviviente a los campos de exterminio alemanes durante la Segunda Guerra Mundial, incluso para sobrevivir, los seres humanos necesitamos otorgarle un sentido a nuestra vida. En su libro "El hombre en busca de sentido", Frankl asegura haber visto cómo algunos reclusos en los campos de concentración nazis eran capaces de sobrevivir a los peores tormentos. La gran mayoría de los que sobrevivieron a las atrocidades del mandato de Hitler, lo hicieron entre otras cosas gracias a que su vida tenía sentido para ellos, un sentido que ellos eligieron darle; si su vida entera llevaba un rumbo definido conciente y previamente por sí mismos, cualquier suceso en el camino tendría sentido de igual manera.

No se trata de resignación, sino de comprensión, de saber que lo que nos pasa sucede dentro de un contexto más amplio: el de nuestra vida que no se reduce a los momentos de desgracia. Se trata también de compromiso, de actuar conforme el sentido que otorgamos a nuestra vida. ¿Se ha preguntado para qué vive?, no por qué vive, sino para qué. Saber cuál ha sido la intención de un ser supremo o de alguna energía divina (a la que podemos llamar Dios o como usted prefiera) cuando nos puso, a cada uno de nosotros, en este mundo a vivir, es imposible; podemos creer lo que mejor nos parezca, pero saberlo con certeza no es algo que nos esté permitido, por eso resulta ocioso preguntarse en tales términos para qué vivimos.

La única respuesta que podemos dar a la pregunta "¿para qué vivo?" es la que nosotros elijamos arbitraria e individualmente. Vivimos para lo que decidamos que vamos a vivir. Así de sencillo, así de complejo. Umberto Eco, erudito italiano, considera que la ética laica (la de quienes no nos asumimos como practicantes o creyentes de alguna religión institucionalizada), se funda en la certeza de "un otro futuro", es decir, en la convicción de que el sentido de nuestra vida es construir y heredar a las siguientes generaciones un mundo mejor del que tenemos. Coincido. Para mí (ya que ésto es personal) el sentido de mi vida es seguir el camino que creo que desemboca en la consecución de una sociedad mexicana más equitativa, menos violenta, más creativa, más constructiva. En el rumbo que sigo, el próximo 8 de mayo me encuentro con otras personas, las que vienen caminando en la Marcha por la paz.  ¿Idealismo? Quizá, pero el sentido vital de cualquier persona tiene que ser un ideal que le mantenga vivo, con rumbo, luchando, ganando, en este caso la paz social.