A Sofía Blanco, humanista y musical.
Leonard Berstein, compositor, pianista y director de la Orquesta Filarmónica de Nueva York, aseguraba que “la música puede dar nombre a lo innombrable y comunicar lo desconocido”. Como músico, Berstein decía esto refiriéndose a su pasión artística, al sentimiento que lo impulsaba a crear el lenguaje que le permitiera “hablar” de lo “indecible”, igual por maravilloso que por terrible. Pero sin duda, la música no sólo da cause a las emociones de quienes la componen y ejecutan, sino también a sus escuchas que ponen “las dolorosas” para las penas y las “alegres” para festejar. Más aún, las piezas musicales pueden modificar el estado de ánimo de las personas y, aunque parezca increíble, ayudarlas a salir de crisis emocionales.
A ello se dedica la Musicoterapia, definida como el uso de la música (o de elementos musicales, es decir, el sonido, el ritmo, la melodía o la armonía por separado) con objetivos terapéuticos, tales como combatir el estrés, el insomnio, la angustia, la depresión e, incluso, algunos trastornos orgánicos como las atrofias musculares progresivas. Además, los musicoterapéutas señalan otros beneficios: ampliación de la conciencia, movilización de sentimientos reprimidos, aumento de la energía física, liberación de tensiones emocionales y físicas, incremento de la capacidad para expresar emociones y aumento de la autoestima. La música se usa también como parte de los tratamientos que reciben personas con problemas de lenguaje, Síndrome de Down, dislexia y autismo.
No obstante, las notas musicales tiene otra función de la que no es común enterarse: enseñar a escuchar, para comunicarnos mejor. En general, cuando pensamos en comunicación efectiva, asumimos que se trata de una habilidad necesaria para las personas que se dedican a trasmitir ideas de manera pública (docentes, periodistas, oradores, escritores, etcétera). Sin embargo, la comunicación es nuestra principal herramienta para lograr algo mucho más importante, dado que somos seres sociales: relacionarse efectiva y afectivamente. Escuchar distinto a oír, pues requiere de que los individuos que dialogan tengan la disposición de concentrarse y comprender en forma empática (poniéndose en el lugar del otro) las palabras de su interlocutor. Escuchar música de manera atenta y con regularidad es útil para ejercitar esa disposición indispensable para resolver nuestras diferencias mediante un verdadero diálogo y dejar de sostener “peleas orales”; monólogos colectivos, donde cada quien habla oyendo a los otros únicamente para “enganchar” a la palabra ajena su propio discurso. No es cierto que hablando se entiende la gente, nos entendemos escuchando y si es con música, ¡mejor!



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