Según la teoría psicoanalítica elaborada por Sigmund Freud, los seres humanos nos acercamos al amor de pareja a partir de dos posibilidades: 1- por apuntalamiento, esto es, cuando se busca a la madre o al padre en la persona que amamos y 2- desde el narcisismo, cuando lo que nos satisface del otro es el encuentro en él de una parte de nosotros mismos (ya sea de lo que deseamos ser, de lo que creemos ser o de lo que, efectivamente, somos). Aunque, sin duda, ambos extremos son patológicos, todos nos movemos, con matices o grados distintos, dentro de ese universo de acción posible.
Por sí mismos, los motivos que animan a cada persona en la búsqueda del amor, no son ni buenos ni malos; es decir, por ejemplo, en lo que atañe al primer tipo de posibilidad que referimos (el apuntalamiento), que una mujer se sienta atraída por un hombre que le recuerda a su padre o que un hombre ubique algunas actitudes de su madre en la mujer a la que ama, no es realmente un problema. Si hay conflicto o no, dependerá de cuáles son las características de los padres que se buscan: no es lo mismo sentir atracción hacia una persona que nos recuerda lo protectores, amorosos y cálidos que eran nuestros padres, que hacia alguien que se comporta autoritario, violento y agresivo, como lo hacen algunos progenitores.
En lo que respecta a la segunda posibilidad, podemos decir lo mismo que en el párrafo anterior: sentir afinidad con otra persona porque nos recuerda algo de nosotros mismos o algo de lo que deseamos ser está bien, siempre y cuando eso que nos “engancha” al otro sea positivo y no destructivo. Aunque normalmente asociamos el narcisismo a cuestiones negativas, todas las personas requieren de un cierto grado de amor propio para poder relacionarse con los demás y, en ese sentido, es precisamente la calidad de los nexos que entablamos con nosotros mismos, lo que puede determinar la manera en que nos vinculamos con los otros.
¿Ha escuchado alguna vez eso de que “lo que nos choca, nos checa? En efecto, cuando las actitudes o características de otras personas nos resultan verdaderamente insoportables, de un modo visceral y poco lógico, exagerado, casi siempre se trata de una proyección: vemos en el otro, algo de nosotros mismos que nos repele, tanto que ni siquiera podemos aceptarlo como nuestro. Sin embargo, en algunas relaciones afectivas, eso que no nos gusta de nuestra manera de ser, es lo que nos atrae en el otro, dando lugar a nexos sumamente destructivos, donde lo que prevalece es la ambigüedad de sentimientos, amor y odio se entremezclan peligrosamente.
Parece que lo más importante es, cuando somos adultos, afianzar nuestras relaciones sociales (de pareja, amistosas, laborales, familiares, etcétera) en vínculos saludables emocional y psicológicamente desde nuestra niñez. Desafortunadamente, esto no siempre es posible y ahí es cuando debemos considerar algunas estrategias para modificar los patrones aprendidos durante la infancia. Una de estas estrategias es lo que, a falta de un mejor concepto, llamo aquí “el espejo de Freud”; consiste en observar atentamente, a nosotros y a los demás, con la intención de localizar aquellas cosas que nos gustan o no de quienes somos, de quienes creemos ser y de quienes deseamos ser.
Hacernos preguntas es también primordial para conformar una auto imagen adecuada y para reubicar en su justa dimensión los vínculos con las personas que nos han rodeado desde niños: ¿qué cosas nos gustan de nuestros padres?, ¿qué características de ellos como personas, y de sus relaciones como pareja, como progenitores, como amigos, etcétera, son valiosas para nosotros y cuáles no?, ¿cuál es la imagen que tenemos de nosotros mismos?, ¿cómo nos relacionamos con quienes somos?, ¿cómo nos dijeron que éramos o que debíamos ser?. Haga un experimento: escriba diez cosas que le dijeron cuando era niño y piense con tranquilidad cuáles de ellas son realmente ciertas y cuáles ha creído usted durante mucho tiempo, sin que en realidad fueran de ese modo. Le aseguro que se sorprenderá con el resultado. Mientras tanto, yo le pregunto: ¿y usted, ya se encontró, o sigue perdiéndose en el reflejo de los demás?



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